Pensamientos y obsesiones recurrentes en la poesía femenina.

Lic. Isabel Monzón

freud

El Psicoanálisis abre sus ojos, despierta, al escuchar la palabra sufriente de una mujer, Anna O. En el invierno vienés de 1880, el Dr. Joseph Breuer, iniciador junto con Freud de la que luego éste fundara como terapia psicoanalítica, es requerido para atender a esta joven de 21 años, que, entre otros síntomas, tiene una grave perturbación funcional del lenguaje. Al principio, le faltaban algunas palabras. Luego, su lenguaje perdió toda gramática, toda sintaxis, la conjugación íntegra del verbo; por último, lo construía todo mal. En un desarrollo ulterior, le faltaron casi por completo las palabras, a las que rebuscaba trabajosamente entre las cinco lenguas que dominaba. En consecuencia, apenas si se le entendía. En sus intentos de escribir, al principio, porque luego una contractura se lo impidió por completo, lo hacía en ese mismo particular dialecto. Breuer fue llamado a la consulta cuando Anna – que, en realidad, se llamaba Berta Papenheim-entró en un absoluto mutismo. Al recuperar el habla, primero lo hizo en inglés. Fue en este idioma que bautizó a la terapia usada por Breuer como “Talking cure”- curar con palabras o “Chimney sweeping”-limpieza de chimenea. Luego, se entremezclaron el francés y el italiano en esa personal Babel. Al cabo de un tiempo de tratamiento, Anna volvió a hablar y a escribir con toda la riqueza de la que era capaz. Recuperó sus dotes de traductora y poeta y, años después, se transformó en una activa feminista. Resulta paradojal el hecho de que Anna, con su síntoma, hablara. Sólo hacía falta quien pudiera escucharla, descifrando el mensaje que transmitía a través de los trastornos de su lenguaje. Breuer no entendió demasiado y hasta se asustó de los intensos sentimientos que Anna desplegó sobre él. Pero si su labor resultó terapéutica fue porque, atentamente, escuchó y valoró a su paciente, a la que describía como una “muchacha de desbordante vitalidad espiritual”, poseedora de “ricas dotes poéticas y de una frondosa fantasía”. Los síntomas de Anna aparecieron cuando empezó a hacerse cargo del cuidado de su padre enfermo, debiendo abandonar, por lo tanto, todo lo que significaban para ella sus propios intereses. Ser enfermera de su padre representaba, como diría Virgina Woolf, perder su “cuarto propio”. Por eso quedó afectada precisamente la función que más valoraba de sí, el lenguaje. Con su mutismo expresaba lo mismo que Charlotte Bronté a través de uno de sus personajes de Cumbres Borrascosas “No puedo vivir sin mi vida. No puedo vivir sin mi alma”.

Si he tomado a la encantadora y singular personalidad de Berta Papenheim es porque representa a muchas mujeres de su época, las calificadas de histéricas. Pero en ella también se pueden encarnar mujeres de nuestros propios tiempos, ya que ciertas problemáticas son comunes y recurrentes.

Perder y recuperar el yo. Espejo y sombra

Barbara Deming observa que uno de los temas constantes de las novelistas y poetas mujeres es el del yo, “un yo que se ha perdido o que está en peligro de perderse”. Nombra, en este contexto, a Emily Dickinson, de la que cita este poema: “Nuestro yo detrás de nosotros mismos/Nos espantaría más/ que un asesino oculto / en nuestra casa”. El propio yo es demasiado valioso como para dejarlo expuesto si hay temor a algún ataque. Tenemos muchos recursos para esconderlo. Los más desesperados son la histeria y la locura. Pero hay formas sutiles y efectivas de dejar en libertad al propio yo. Una de ellas es la poesía. Alejandra Pizarnik escribe: “Nadie me conoce yo hablo la noche/ nadie me conoce yo hablo mi cuerpo/nadie me conoce yo hablo la lluvia/ nadie me conoce yo hablo los muertos” (Los pequeños cantos. Textos de sombra y otros poemas_). Pizarnik tiene otra forma de expresar su yo, y es disfrazándolo de sombra: “palabras reflejas que solas se dicen/en poemas que no fluyen yo naufrago/ todo en mí se dice con su sombra y cada sombra con su doble”. (Los pequeños cantos ). Y también: “sombras /recintos viscosos donde se oculta/la piedra de la locura”. (En esta noche, en este mundo)

La sombra y el espejo, símbolos recurrentes en los textos de escritores y poetas, significan, entre otras cosas, la posibilidad que tiene el yo de encontrarse o de perderse de sí. La mujer, que tan habitualmente ocupa un lugar de espejo para el otro, por esta razón corre el riesgo de perder su propia imagen. Tal vez sea por eso que se contempla

tanto en el espejo, para buscarse.

Romper el silencio, tomar la palabra

Otros temas intrincados con el del espejo son el silencio y la palabra, que tan bien se expresaban en el mutismo y el habla de Anna, la paciente de Breuer. Dice Pizarnik “Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo(..) No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo canto florecer mi silencio gris”. Y terminan así estos Fragmentos para dominar el silencio: “La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino”.

Si la paciente de Breuer enmudecía, si las histéricas de Freud se ahogan, tienen tos o no pueden cantar, si la poeta transgrede el silencio, es porque todas estas mujeres denuncian que han estado forzadas a sobrevivir en civilizaciones patriarcales, misóginos, en las que muy tardíamente pudieron adueñarse de la palabra. Una de esas mujeres fue Sor Juana Inés de la Cruz, acusada por el obispo de Puebla de actos de profanación, por dedicarse a actividades que no le correspondían: escribir versos. Su famosa respuesta a Sor Filotea puede considerarse el primer tratado feminista escrito por una mujer latinoamericana. Según Josefina Ludmer, el texto de Sor Juana es un producto de las tretas del débil, un relato de las prácticas de resistencia frente al poder.

La histérica de Freud, a su modo, también se opone a la colonización de su yo, pero utilizando su cuerpo como vehículo a través del cual simboliza los conflictos. Con su frigidez se resiste a ser usada como objeto sexual, con su parálisis dice que prefiere no transitar un camino que no sea el de su propia vida.

Escribir el propio cuerpo

La feminista francesa Hélene Cixous recomienda que las mujeres escriban sobre su cuerpo, ya que al hacerlo podrán liberar su inconsciente, silenciado durante tanto tiempo. Yo agregaría que si la mujer se apropiara de su cuerpo, por ejemplo, escribiendo sobre él, dejaría de padecer por las ancestrales conversiones histéricas y por las modernas anorexias y bulimias. Pero ¿escriben las poetas sobre sus propios cuerpos o sobre el de las otras mujeres? ¿es este un tema recurrente en la poesía femenina?

En un hermoso texto en prosa de Alejandra Pizarnik, La Condesa Sangrienta, este mítico personaje desnuda cuerpos de mujer y los mutila. Ella, Erzsébet Báthory “pinchaba a sus sirvientas con largas agujas; y cuando, vencida por sus terribles jaquecas, debía quedarse en cama, les mordía los hombros y masticaba los trozos de carne que había podido extraer. Mágicamente, los alaridos de la muchachas le calmaban los dolores”. Para mantener intacta su belleza, la Condesa se bañaba en sangre eligiendo la de muchachas jóvenes y bellas. Su horrible sirvienta “vertía el rojo líquido sobre el cuerpo de la condesa que esperaba tan tranquila, tan blanca, tan silenciosa”. Detrás de tanta siniestra mutilación hay una búsqueda y un intento de apoderarse del cuerpo perdido.

Más tiernamente, en su Carta lírica a otra mujer, Alfonsina Storni también habla de sus cuerpos: “…Y vuestras manos, finas, como aqueste/Dolor, el mío, que se alarga, alarga/Y luego se me muere y se concluye/ Así, como lo veis, en algún verso./ Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca/Tenéis un rumoroso colmenero/ si las orejas vuestras son a modo/ De pétalos de rosas ahuecados…/”.

Hasta Melanie Klein, ningún psicoanalista había advertido que el cuerpo y la sexualidad femeninos tenían su propia especificidad, y que la mujer, desde muy pequeña, posee clara conciencia de su interior creativo. Según la mirada de Freud, la niña sufría por su complejo de castración, envidiando, hasta la llegada de un hijo, al pene. Fue una poeta, Tamara Kamenszain, quien me hizo advertir que Melanie Klein también “escribió el pecho materno, lo dejó perderse en la imagen literaria para así recuperarlo como objeto teórico”.

Quisiera finalizar estas reflexiones con la lectura de un poema de Diana Bellessi, en el que se pone en evidencia la apropiación del cuerpo de mujer: “El Magnificat/cae/sobre tus nalgas/ Cabalga/cubriendo de jugo/la grupa entera/Los pechos duros/y aceitados avasallan/ El Magnificat sale de tu boca/Corre por canales/ de aire líquido/y leche/entre los labios / de la concha/ el matorral de pelo azafranado/ Magnífica yegua/que me lleva en su salto/Cae/disuelta en mí/me deshace/ Magnificat/ entre tus brazos”.


Bibliografia

Agosín, Marjorie: Las hacedoras: Mujer imagen y escritura. Editorial Cuarto Propio. Chile. 1993.

Bellessi, Diana

  • Contéstame, baila mi danza. Seis poetas norteamericanas. Ediciones Ultimo Reino. Bs. As. 1984.
  • Abdicación de la reina y del maestro. Primer Encuentro de Literatura y Crítica. Universidad Nacional del Litoral.1986. Cuadernos de Extensión Universitaria
  • Eroica. Ediciones Ultimo Reino. Buenos Aires. 1988.

Dío Bleichmar, Emilce: El feminismo espontáneo de la histérica. Editorial Adotraf.

Kamenszain, Tamara: El texto silencioso. Universidad Nacional Autónoma de México. 1983.

Ludmer, Josefina: Las tretas del débil.

Monzón, Isabel: Psicoanálisis y mujer. Buscando la palabra perdida. Revista Feminaria. Abril de 1990.

Pizarnik, Alejandra:

  • La condesa Sangrienta. Editorial. Aquarius.Buenos Aires. 1971.
  • Textos de sombra y últimos poemas. Editorial. Sudamericana. Buenos Aires. 1985.
  • Extracción de la piedra de locura y otros poemas. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires.1988.
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