COCO BUSCARONI

Durante la campaña política Coco Buscaroni hizo muy buena

letra: no faltó a ningún acto, recorrió los barrios hablando a la

gente y, pintorescamente buenazo como era, a la hora de votar

eso sirve, eso arrima. De manera que, apenas ungidas las nuevas

autoridades municipales, Coco comenzó a revistar como

inspector de calle.

 

Su actividad; lejos de ser rutinaria, estaba mechada de extensas

recorridas callejeras, muy amenas charlas con los vecinos que

veredeaban, algún mate por aquí, alguna copita por allá. Y,

necesariamente, porque la ley obliga, la infaltable multa al

infractor que descaradamente gambeteaba la ordenanza.

 

Ese atardecer de enero era un infierno, consecuencia de la

jornada de fuego que había tenido la zona. Ni los regadores

conseguían llevar frescura a las calles de tierra, de las que se

levantaban bocanadas ardientes. De las paredes se desprendían

vahos pavorosos. A Coco, que iba cruzando la Plaza 25 de Mayo,

lo atormentaba la idea de un liso bien helado en la “Gloria” o en

“La Perla”. Pero ¿,de dónde sacar esos 80 centavos que valía el

líquido ambarino y espumante?…

 

De repente descubrió a un hombre, semioculto entre las

ligustrinas que ornaban la rotonda, en la incipiente oscuridad que

comenzaba a cubrir la ciudad, orinando con aire distraído. Coco

se le fue al humo.

 

–          Querido: eso no se hace. Tengo que cobrarte multa.

 

 

– ¿Multa?…¿,Y por qué?… – preguntó el transgresor, volviendo

ligeramente la cabeza y sin dejar de hacer lo que estaba haciendo.

 

Tampoco requirió la identificación del inspector, que era más

conocido que la ruda.

 

– ¿Cómo por qué?. Por hacer las necesidades en la vía pública

que está prohibido.

 

–          Che Coco, si nadie me vé…

 

 

-Yo te vi. Además, estás secando el ligustrín que plantó la

municipalidad con la plata del pueblo. Eso es multa. – Y comenzó

a sacar la libreta y el lápiz El otro, de buena vegiga,

continuaba en lo suyo pero ya convencido ciudadanamente de

que estaba procediendo mal y que el que mal hace pronto paga.

 

-Tá bien. ¿Y cuánto sale la multa?

 

 

Rápido como una yarará, Coco le hizo la cuenta:

 

– Ochenta guitas, nomás.

 

Ya en las últimas acciones de su infracción, el tipo sacó un

billete de un peso del bolsillo de la camisa y se lo tendió a1

inspector con la mano izquierda; sin darse vuelta siquiera.

 

– Cobrate un peso derecho. Ochenta por la meada y veinte porque

me estoy por largar un pedo….

 

PABLO ALCIDES PILA

PABLO ALCIDES PILA

 

 

 

 

 

 

 

Autor: PABLO ALCIDES PILA

 

Nació en Reconquista (Santa Fe) en 1936.

Fue docente y directivo es escuelas primarias, secundarias y terciarias durante más de tres décadas.

 

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