Los Abipones

Los Abipones,  con los tobas y mocovíes,  pertenecían a la gran familia lingüistica guaykurú de la región chaqueña, conocidos como “los frentones”. Cazaban para alimentarse, tapires, venados, pecaríes y tatúes; esta dieta la completaban con la recolección de  hierbas y frutos.

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Muy habilidosos en la guerra, defensiva y luego obligadamente ofensiva, resistieron hasta el final del siglo XIX, cuando las campañas militares exterminaron a sus últimos representantes.

 

Los Abipones, ocupaban el terreno comprendido entre el arroyo El Rey, en el norte de la provincia de Santa Fe, hasta las postrimerías del Río Bermejo. No estaban organizados como nación, pero pese a la vastedad de la región ocupada, y a la ausencia de un Estado como se lo entiende jurídicamente, se identificaban por la cultura. Los aspectos económicos y sus actividades, diferían de un lugar al otro, estando condicionados por las distintas características geográficas.

 

Muy antiguamente, un cura jesuita, Martín Dobrizhoffer, convivió con nuestros Abipones, en los albores de la invasión española perpetrada en estas tierras, dejándonos una historia de estos aborígenes, en la que destaca que entre los mismos se diferenciaban tres fracciones, distinguidas entre ellas, por el hábitat  en el que desempeñaban sus habilidades. Los nativos abipones, más o menos asentados en el campo, eran los Riikahé, mientras que los Jaaukanigás  estaban más cómodos en las zonas de aguas, conformando finalmente la gente del monte el grupo de los Kakaigetergehé.

Perseguidos y casi aniquilados por los españoles, durante el siglo XVII, estos tres grupos se unen, adoptando las mismas costumbres, y unificando su lenguaje; de esta forma vivían amistosamente entre ellos, con un único enemigo natural y lógico: el español. Otro jesuita, el padre Guillermo Furlong, en su obra “Entre los Abipones del Chaco”, dice: “Pocos fueron los grupos indígenas americanos que en forma metódica e intensa tomaron la ofensiva contra los invasores. Entre los más destacados que actuaron en la región oriental de Argentina, merecen especialísima atención los Mocobíes, los Tobas y los Abipones. Estos últimos apenas molestaron a los españoles en todo el curso del siglo XVII, pero su saña y enemistad fue creciendo más y más durante la primera mitad del siglo XVIII, hasta llegar a ser en tiempos posteriores el terrible flagelo de las ciudades de Salta, Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, Santa Fé, Corrientes y Asunción.”

Tratemos de ponernos en su mente y comprenderemos como veían y padecían al invasor; un opresor invisible que destruye su precaria ley y organización social tribal; citando a Manuel Enrique Landsman, el enfrentamiento con el español, hizo que el aborigen tomara conciencia de su fortaleza, resistencia, velocidad –eran unos magníficos jinetes- y también de su territorio. Esto último, en mi opinión, un primitivo sentimiento de “patria”, por otro lado totalmente legítimo.

 

Cuando los españoles cayeron en la cuenta que eran unos ineptos para hacerle la guerra a tan aguerrido pueblo de aborígenes, optaron por las Reducciones, que podían en los menos de los casos ser voluntarias, por pactos logrados, siendo las más forzosas, cuando lograban vencerlos en alguno de los encontronazos.

 

Es conveniente volver a leer al jesuita Furlong. Escribía esto: “Una de las cosas que los inclinaba a la vida civilizada y estar en las Reducciones era el que había ovejas de cuya lana se aprovecharían para vestirse. Esta ventaja y la de tener carne abundante eran dos razones que los detenían en la Reducción pues ellos decían abiertamente que por lo demás la guerra con los españoles les era más provechosa que la paz con ellos, pues en la primera se posesionaban de sus bienes. Con gente de esta índole nada se podía si no había algo para darles. Ningún orador, ningún apóstol podría con ellos si no era mediante regalos y ventajas materiales. Aunque les apareciera un Angel no le harían caso si venía con las manos vacías, y recibirían con júbilo al Demonio si traía una de las cosas que ellos desean”.

 

 

Dice el Fraile Martín, de apellido difícil, que aparte de destacarse por su porte, se tatuaban el rostro –las figuras que los adornaban no solamente eran pura coquetería sino que indicaban pertenencia a una determinada familia y rango militar- y el cuerpo y que sus formas eran “nobles, rostro hermosos y rasgos similares a los europeos…”

Al describirlos físicamente, destaca el citado cura que no criaban panza, se mantenían atléticos, y que mantenían  formas proporcionadas carentes de defectos.

Si bien es cierto que los Abipones, al igual que otras tribus emparentadas con ellos, no crearon grandes civilizaciones ni mucho menos obras arquitectónicas, tenían su propia cultura. Por ejemplo, las mujeres de la tribu, eran las encargadas del arte funerario, dispensado a los muertos, que eran objeto de un gran respeto y complicado ceremonial. En la obra de este sacerdote, acerca de las creencias de estos indios, se puede leer lo siguiente: “…tienen la innata convicción de que al morir el cuerpo no muere el alma…”

Respecto a las pompas fúnebres, las había de primera y de segunda, y porqué no también de cuarta. En las primarias, el cuerpo del difunto era depositado tal cual, sin alteraciones o modificaciones. En las de segunda, el cuerpo recibía ya un tratamiento, que incluía el descarne, metiendo luego los huesos en una bolsa de cuero. Esto último era aplicable, y con toda lógica, a los individuos que morían lejos del asentamiento, como los guerreros en combate, los que sufrían un accidente como ser atacados por alguna fiera. El procesamiento de los despojos mortales tiene su explicación: debían acondicionarlos para transportarlos hasta su morada definitiva, con largas jornadas de marcha, porque nunca abandonaban a ninguno de sus muertos en el campo de batalla.

Dobrizhoffer dice también: “Una de las rarezas de los Abipones,… es depositar al lado de los sepulcros ollas, vestidos, armas y caballos… es increíble con cuánta religiosidad los Abipones rinden honores a sus muertos antes sus sepulcros”. Los más encumbrados miembros de la tribu, recibían en el sepulcro honores especiales, los que incluían  los adornos con vasos ceremoniales.

 

Destinaban el terreno de sus camposantos, a parcelas alejadas de la población, por una doble razón de mucho peso en sus creencias: la primera, no interrumpir el descanso de sus antepasados con las celebraciones o demás ruidos “urbanos” y la otra para no toparse con los espíritus que en sus creencias, deambulaban por los montes, en forma de sombras, volviendo a veces al cuerpo de sus muertos. Esos espíritus emitían diversos sonidos que llegaban a los oídos de la indiada, a veces con forma de canto de patos, cuando una bandada nocturna de éstos sobrevolaba el poblado.

Al producirse la muerte de uno de los suyos, estos bravíos abipones no ocultaban sus muestras de dolor. Así lo describe nuestro mentado jesuita escriba: “la mujeres rodean al muerto, forman dos largas filas que se sitúan a ambos lados del difunto, todas tienen en su mano derecha instrumentos musicales hechos con calabazas. En el frente, la de mayor edad  hace sonar una trompeta y comienza una danza que es acompañada con tristes lamentos. En la calle, todas las mujeres casadas y viudas acuden con sonajas que agitan constantemente; otras lleven tambores hechos con vasijas de cerámica a las que les colocan cueros de ciervos, así, en una larga fila expresan su dolor moviendo el cuerpo y llorando en forma colectiva.

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Las mujeres también preparan la sepultura y lo hacen de esta manera: Cavan una fosa de poca  profundidad en el lugar donde se han de colocar el cadáver… Colocan una olla en lo alto del sepulcro, a modo de corona…

Dice la señora del profesor y paleontólogo Ruggeroni: “…en el mes de julio de 1975, haciendo excavaciones en el Cerrito I del Arroyo Aguilar, en un lugar cercano al puerto de Reconquista, hemos exhumado una tumba… Se trata de un enterratorio primario. El individuo está acostado, boca arriba, con los brazos extendidos a ambos lados del cuerpo. En la cabeza se observa un vaso de cerámica que fue colocado a manera de corona. Lo que queremos destacar es lo siguiente: que el sacerdote Jesuita describe un enterratorio que él conoció entre los Abipones hacia el año 1750. Esa tumba por lo tanto tiene una antigüedad de 250 años. La que nosotros exhumamos en el Arroyo Aguilar fue fechada con el método del radiocarbono en la Universidad Nacional de La Plata y dio una antigüedad de 1830 +/- 50 años. Nunca como en esta oportunidad los testimonios arqueológicos y los datos proporcionados por los documentos  históricos coinciden con tanta aproximación. Las tumbas dejadas por los primeros habitantes de Reconquista hace unos 2.000 años eran de los Abipones éstos heredaron de aquellos las técnicas inhumatorias. Tal vez nunca podamos aclarar este interrogante pero debemos tener en cuenta que en una cultura el ceremonial vinculado con la muerte no cambia con mucha facilidad.”  

El sustento material de esta gente, provenía fundamentalmente de lo que lograban con la caza; de allí que los grupos no eran muy numerosos en cantidad de miembros; estos grupos no tenían una autoridad política propiamente dicha u organizada, siendo comandados por Nclareyrat  (cabeza) que los españoles denominaron luego como caciques.

Los jefes formaban parte de la nobleza india, y los cargos de mandones se heredaban de padres a hijos. Pero el populacho podía destituir muy legalmente, a cualquier cacique de sangre, si no tenía las cualidades que lo hacían digno para la jefatura. Estas cualidades estaban emparentadas fundamentalmente con el valor y destreza militar, pero tenían en cuenta también valores como la honestidad y la sinceridad. Se cuenta de un heredero que no pudo hacerse cargo del mando al morir su progenitor, simplemente por ser muy mentiroso. Además el aspirante o pretendiente al cargo, debía someterse a rigurosas pruebas. Lo cierto es que para nada eran machistas, ya que la mujer, aparte de ser gran animadora de la ceremonia de la toma del poder por un nuevo cacique, podía también ser elegida para desempeñar ese cargo. El rol político y económico de la mujer, era muy importante entre los Abipones. Estaban también encargadas de producir las vestimentas de la indiada, y sus diversos instrumentos.

Con las hojas del caraguatá, que recogían ellas mismas en excursiones de varios días por el monte, confeccionaban las vestimentas. También eran buenas alfareras, cociendo al aire libre la vasija u olla preparada con tierra, y con una cantidad de leña igual al tamaño de la pieza a terminar; es decir, que terminado el fuego y apagadas las brasas, estaba listo el artefacto diseñado. Adornaban artísticamente estas obras cerámicas, con figuras de animales.

Los Abipones usaban el hueso y la madera para fabricar diversos artefactos de uso diario o bélico. Aplicaban distintas técnicas, como ser el pulido y el tallado. El padre Martín Dobrizhoffer escribe: “…Cuando aún desconocían el hierro emplearon para combatir lanzas de madera a las que les habían fijado en la punta cuernos de ciervo…Lo que debe ponderarse en los abipones es que no sólo son expertos para arreglar sus armas sino para adornarlas, limpiarlas y pulirlas en forma casi excesiva. Las puntas de sus lanzas siempre resplandecen de modo que dirías que son de plata…”

Los objetos de piedra que tenían los abipones, al no existir montañas en la región, eran producto de su intercambio con otros pueblos. La aplicación de la piedra dio como resultado algunas herramientas como el hacha y otros punzones destinados a la agricultura, y por supuesto elementos indispensables para la guerra y la caza,  en especial puntas de flechas.

 

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