LOS “NEGROS” DEL BARRIO BELGRANO

De los “negros” del Barrio Belgrano, el servicio militar obligatorio, las fuerzas armadas al poder y la confusión general.

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–          ¿Viste los desmanes que hicieron por el barrio en la madrugada del domingo? – me pregunta Jacinto, con gesto preocupado.

–          Si, también yo estoy entre los damnificados  – le respondo.

–          Estos negros de barrio Belgrano, siempre en el piquete y encabezando los titulares policiales – dice convencido de su afirmación.

–          Mirá Jacinto, en primer lugar no hay negros en el Barrio Belgrano; son ciudadanos como los de cualquier otro barrio o como los del centro.

–          Pará, pará, – me interrumpe – con el clientelismo político implementado desde la municipalidad, son los preferidos del intendente, que buena parte de los votos que lo mantienen en el poder, los cosecha con los favores que le otorga a esos marginados.

–          Bueno – trato de responder – eso es otra cosa; en todo caso la culpa no la tiene el chancho sino el que le da de comer. Además, según testigos, no podemos asegurar que los pibes malhechores, sean justamente de ese barrio, sino que montados en sus ruidosas e ilegales motos, bien parecían ser de “gente bien” que se domicilia en el centro.

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–          Puede ser – opina Jacinto – aunque de todos modos son todos astillas del mismo palo. ¿A vos que te hicieron?

–          Me rompieron un pequeño vidrio de un portón, aparentemente con un piedrazo   impulsado con una gomera – denuncio – pero en al menos en dos locales comerciales, llegaron a inutilizar, aunque sin tirarlos abajo, dos ventanales de vidrio blindado.

–          ¿Sabés lo que hay que hacer? – inquiere con aire de sabiduría, para proseguir diciendo – Hay que reimplantar el servicio militar obligatorio, y porqué no, que vuelvan los milicos al poder; orden, austeridad y defensa de los valores de la sociedad, que esta mal parida democracia se encargó de hacer desaparecer.

–          Epa, epa; – interrumpo –  lo del servicio militar obligatorio, es una guasada; ¿vos hiciste el servicio militar?

–          Si, cuando tenía veinte años – dice con cierto orgullo.

–          Yo también – cuento – y créeme que  no me dejó nada, salvo amarguras y tiempo perdido, pese a que estuve solamente siete meses; por entonces yo trabajaba en una empresa de esta ciudad, desde hacía tres años, y me dieron licencia sin goce de sueldo, y como eran otras épocas donde el trabajo abundaba, me conservaron el puesto. Pero en el servicio militar no aprendí nada de novedoso, la pasé mal como escribiente (en oportunidades me levantaban a las cuatro de la mañana para escribir unas boludeces, o los suboficiales me hacía completar sus cuadernos de teoría sobre la instrucción militar): el trato, salvo honrosas excepciones, era denigrante. Lamentablemente no pude sentir ningún orgullo al jurar por nuestra bandera. Era una época de recrudecimiento de los movimientos armados, y los oficiales estaban cagados, hasta el punto de suprimir la formación de la primera hora de la mañana, porque ingresaban al cuartel en distintas horas, escapando del enemigo acechante. Había un subteniente nuevo, al que se le hinchaba la vena del cogote, cuando miraba su sable: estaba estampada en el mismo, la firma de Isabelita de Perón.

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–          Me imagino – señala Jacinto –  ¡Pobre tipo! ¡Que desgracia!  

–          No entendiste nada – explico  con creciente mal humor -; te compadeces de ese cornudo oficial, y no prestas atención a lo que te digo, tratando de explicar la inutilidad del servicio obligatorio. O te olvidas lo que pasó luego, cuando llevaron a los pibes de dieciocho años, a la guerra más absurda del siglo XX, la gesta de Malvinas, que fue el último manotazo de ahogados, del régimen que se caía en pedazos.

–          Estás mezclando las cosas – replica Jacinto – y te vas del centro de la discusión que nos ocupa.

–          ¿Recuerdas a Omar Carrasco? ¿Sabés que no hay presos por ese crimen? – indico con firmeza.  

–          Les haría falta un buen baile a esos “negros” del Barrio Belgrano, y a todos los conchetos del centro – opina Jacinto con ufana suficiencia.

–          Mirá Jacinto – respondí – cuando hice el servicio militar, una mañana nos sacaron a bailar en un campo con treinta centímetros de pasto bien mojado por el rocío, haciéndonos arrastrar, mientras por detrás venían pateándonos, dejándonos hechos una piltrafa, moralmente y físicamente, y ocasionando gastos inútiles, ya que toda la vestimenta de la tropa, debió ir al lavadero; las prácticas del “baile”, eran por demás ignominiosas y destructivas.

–          Pero se trataba de una pedagogía que hacía valorar a la autoridad – afirma Jacinto.

–          Nada que ver – explico -; más vale te hacía rebelar en contra de la autoridad, y si eso lo extrapolabas y lo identificabas con las autoridades que verdaderamente debías seguir en el curso de tu vida, te hacías de la imagen que ya a ninguna valía la pena  someterse.

–          Vos sos un resentido, Homero, eso es lo que pasa – es su respuesta reflexiva.

–          Sigamos con el tema – opino, tratando de captar su atención -; el servicio militar obligatorio, de ninguna manera, puede reemplazar a la educación que deben recibir estos adolescentes, que están absolutamente faltos de límites, ya que el post modernismo, se encargó de disgregar a las familias, y debilitar la autoridad de los padres. Los valores que dicen defender las instituciones militares, distan mucho de sus métodos y sus prácticas; estás muy equivocado al añorar a las  Fuerzas Armadas en el poder, luego de los desastres que hicieron, esos alcohólicos y cursillistas. – en este punto me detuve angustiado, ya que le dí justo en su herida, con estos dos calificativos, pero tomé valor, y tragando saliva proseguí – Lamentablemente, igual que vos, opinaban muchos chacareros, a quienes el año pasado, en pleno enfrentamiento del campo con el gobierno, escuchaba invocar  la vuelta de los militares al poder; para ellos Lanusse era un dios, y Videla un justiciero; es lamentable la falta de memoria, alimentada también por la iglesia católica, que pese a haber tenido a sus mártires, por ejemplo el Padre Mujica, y muchos otros laicos fervorosos, era cómplice de las atrocidades del proceso, salvo honrosas excepciones; para nombrarte una   va la figura de Monseñor Zaspe.

–          …

–          ¿Para qué necesitamos unas Fuerzas Armadas? ¿Qué utilidad y beneficio tiene contar con un ejército, una marina armada, o una fuerza aérea? Defensa de la soberanía me dirás. Tenemos a gendarmería para encargarse de nuestras fronteras. Te cuento un caso. Viste que en la brigada, sobreviven algunos de los aviones Pucará, que son especialmente aptos para vigilar las fronteras. El caso es que la Fuerza Aérea, no puede actuar, aunque los radares le indiquen que ingresaron por la frontera norte, desde Paraguay, Brasil o Bolivia, vuelos desconocidos; estos aterrizan, en distintos puntos, incluso en nuestra zona, y transportan estupefacientes, armas y también hacen tráfico de personas. Es cierto que se le ha disminuido mucho el presupuesto a las fuerzas armadas, pero sin embargo, siguen siendo un gasto colosal, inútil y perverso. No estoy en contra de la Institución, que fue gloriosamente puesta en lo más alto del podio, con los ejércitos de San Martín y Belgrano, pero, ¿qué nos queda hoy de ese pasado glorioso? ¿Sabés como actúan los brasileños? Te cuento…, si un vuelo no identificado, entra en su territorio, inmediatamente es interceptado por alguna aeronave  de la atenta guardia del país de Lula, la cual intima al vuelo desconocido, a que se identifique inmediatamente; luego, como segunda advertencia, le pide que cambie de rumbo y vuelva por donde venía; finalmente si no recibe respuesta, procede a derribar sin miramiento al intruso; eso no pasa con nuestras fuerzas armadas, porque por ley no están habilitadas para tales menesteres ¿Para que la queremos entonces?

–          Mirá Homero – me contesta – estás totalmente desinformado; todas las fuerzas del ejército, tienen cuarteles estratégicamente ubicados, que cumplen las funciones de defensa de la soberanía, entrenamiento de los ciudadanos voluntarios, y al menos con su presencia, son garantes del orden en la sociedad.

–          ¿De  qué orden me hablas? Para eso tenemos a la policía, ya sea ésta en sus organizaciones provinciales, o a la policía federal; esas instituciones debieran ser  las garantes del orden social, y de decisiva lucha contra la delincuencia; para ello tiene que tener en sus cuadros, personal idóneo, bien pagado, y estar sujeta a los fiscales y jueces; una justicia independiente, claro, y no la consecuente con el gobierno de turno como se da en este sistema corrupto argentino. Tenés razón al señalar las deficiencia de la democracia nuestra, que pese a llevar varios años, nunca sale de se pubertad, y es difícil que de esta manera llegue a su mayoría de edad. La corrupción, instituida por Menen, con total desparpajo, y con el consentimiento y la colaboración del Dr. Alfonsín, pudrió las bases morales del pueblo argentino; después vino la boludez encarnada, con la asunción de quien hizo parecer, pondría un reparo contra esa podredumbre generalizada; De la Rúa, que tenía menos poder que en su casa, y abandonó vilmente la presidencia, dejando más de veinte muertos en esa epopeya; continuó Duhalde, que agarró el fierro caliente que nadie quería agarrar; lo primero que hizo, fue con total desparpajo y alborozo anunciar el vergonzoso “default”. Vinieron los tiempos de Kirtchner y su esposa, Cristina, al poder, que con los grados de corrupción que ostentan, hacen parecer al mismo Menen, como un bebé de pecho.

–          Viste, viste, al final me estás dando la razón- opina Jacinto satisfecho.

–          Para nada; yo tengo una idea respecto a que hacer con las Fuerzas Armadas y no me parece descabellada; primero demos los recursos a gendarmería, para que cumpla cabalmente todas sus misiones y objetivos; luego, desguacemos a esas fuerzas armadas, que tanto mal hicieron al país, en especial desde 1976 a 1983. Propongo, que se usen las instalaciones de cuarteles y dependencia militares, para crear en esos sitios, universidades y centros sanitarios.

–          Sos un idealista, utópico e idiota útil – asevera Jacinto.

–          Tal vez todos seamos idiotas útiles, a partir del hecho de que no podemos mínimamente, influenciar en los centros de poder, por esa maquiavélica cuestión del sistema electoral que tenemos; pensá solamente en el orden municipal, que nadie participa realmente en las elecciones, y que la oposición no ha logrado en veinticinco años, ubicar a un candidato idóneo y creíble; yendo más arriba, con los candidatos puestos a dedo, o con las listas sábana, nada podemos hacer; nuestra voz puede resonar en este desierto implacable, carcomido por la indiferencia, el clientelismo, la condescendencia, la complicidad, la corrupción.

–          Che, solamente hablábamos de los “negros” de barrio Belgrano, te fuiste por las nubes de Úbeda, como dijo en el célebre debate por la cuestión del Beagle, el senador Saadi .

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Con esto dio por terminado nuestro debate, el amigo Jacinto.

 

HOMERO ALCIBIADES RACETO

MAYO 2010

 

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