El fusilamiento de Camila O’Gorman y Uladislao Gutiérrez

Fuente: Felipe Pigna, Mujeres tenían que ser, Historia de nuestras desobedientes, incorrectas, rebeldes y luchadoras. Desde los orígenes hasta 1930, Buenos Aires, Planeta, 2011,págs. 302-309.www.elhistoriador.com.ar
Camila O’Gorman nació en 1828, el año de la ejecución deDorrego. Era nieta deAnaPerichón, un parentesco que en la literatura se señalará como una especie de “sino trágico”.home_destacado

Adolfo Saldías la describe así: “Artista y soñadora, dada a las lecturas de esas que estimulan la ilusión hasta el devaneo, pero que no instruyen la razón y el sentimiento para la lucha por la vida; y librada a los impulsos de cierta independencia enérgica y desdeñosa, había llegado a creer que era demasiado estrecho el círculo fijado a las jóvenes de su época, y no menos ridículos los escrúpulos de las costumbres y las imposiciones de la moda. Continuamente se la veía dirigirse sola desde su casa a recorrer las librerías de Ibarra, La Merced o de la Independencia, en busca de libros que devoraba con ansias de sensaciones” 1.

A sus 18 años se enamoró del cura de la parroquia del Socorro, el tucumano Uladislao Gutiérrez, de 24 años. De “buena familia”, Uladislao llegó a Buenos Aires con las mejores recomendaciones por ser el sobrino del gobernador de su provincia, Celedonio Gutiérrez, aliado de Rosas. Conocerá al amor de su vida gracias a Eduardo, el hermano de Camila, con quien habían hecho el seminario. Fue en una de esas famosas tertulias de los O´Gorman donde se cruzaron las miradas por primera vez y para siempre. Ni Camila ni Uladislao quisieron contener nada, reprimir lo que les venía desde las ganas, los deseos, los sueños de ser felices a pesar de los infelices de siempre que vigilan morales ajenas sin fijarse en las propias y, por todo y contra todos, decidieron fugarse la madrugada del 12 de diciembre de 1847.

¿Quién tuvo la culpa? ¿La “libertina” muchacha sospechosa para la Iglesia por el simple hecho de ser mujer y por lo tanto portadora histórica de la “tentación demoníaca” que hace sucumbir a las pobres víctimas masculinas? ¿O fue el “desleal” padre Gutiérrez quien planeó aquel terrible acto de libertinaje?

Pasado un tiempo desde la huida de la pareja, el padre de Camila se creyó en la obligación de denunciar a su propia hija ante el Restaurador: “(…) para elevar a su superior conocimiento el acto más atroz y nunca oído en el país, y convencido de la rectitud de V. E. hallo un consuelo en participarle la desolación en que está sumida toda la familia. (…) pues la herida que este acto ha hecho es mortal para mi desgraciada familia. El clero en general, por consiguiente, no se creerá seguro en la República Argentina. Así, señor, suplico a V. E. dé orden para que se libren requisitorias a todos los rumbos para precaver que esta infeliz se vea reducida a la desesperación y conociéndose perdida, se precipite en la infamia (…). El individuo es de regular estatura, delgado de cuerpo, color moreno, ojos grandes pardos y medios saltados, pelo negro y crespo, barba entera pero corta, de doce a quince días; lleva dos ponchos tejidos (…). La niña es muy alta, ojos negros y blanca, pelo castaño, delgada de cuerpo, tiene un diente de adelante empezado a picar. Buenos Aires a 21 de diciembre de 1847”. 2

El provisor de la iglesia del Socorro, Miguel García, se dirige a Rosas tratando de que la cosa no trascendiera los límites del escándalo: “Un suceso tan inesperado como lamentable ha tenido lugar en estos últimos días. Mientras tanto, el suceso es horrendo y tiene penetrada mi alma al más acerbo sentimiento. Yo veo en él establecida la ruina y el deshonor, no sólo el que lo ha cometido sino también de la familia a que la joven pertenece; pero lo más lamentable es la infamia y vilipendio que trae aparejado para el Estado Eclesiástico. Por el amor que V. E. tiene a la religión (…) yo le ruego quisiera ocuparse de esta desgraciada ocurrencia, dignándose adoptar medidas que estime convenientes, para averiguar el paradero de aquellos dos inconsiderados jóvenes (…) para que su atentado tenga la menor trascendencia por el honor de la Iglesia y de la clase Sacerdotal”. 3

Pero el tono de su colega Mariano Medrano es bastante más duro y pide un castigo ejemplar: “Estamos llenos de dolor, y en medio de las angustias en que nos vemos sumergidos, no nos ocurre otro arbitrio que aquiete algún tanto nuestro corazón, que el de suplicar a V. E. el que se designe ordenar el Jefe de la Policía despachen requisitorias por toda la ciudad y campaña para que en cualquier punto donde los encuentren a estos miserables, desgraciados e infelices, sean aprehendidos y traídos, para que procediendo en justicia, sean reprendidos y dada una satisfacción al público de tan enorme y escandaloso procedimiento”. 4

Uno de los más enérgicos denunciantes del escándalo provocado por la fuga de los amantes era alguien que debería haber guardado un prudente silencio. Pero la impunidad a la que estaba acostumbrado en aquella sociedad de doble moral le daba la tranquilidad necesaria al Deán de la Catedral y director de la Biblioteca Pública, Felipe Elortondo y Palacios, a pesar de su conocido concubinato con Anastasia Díaz, su sirvienta, con quien mantuvo una larga relación por casi veinte años. Luego pasó a los brazos de María Josefa “Pepita” Gómez, a la que llamaban la canonesa, con quien tuvo una hija. El mismísimo Sarmiento desde su exilio chileno hablaba en una crónica del cura que iba con “la barragana a la sociedad íntima de Palermo, sirviendo este hecho a mil bromas cínicas en su tertulia”. 5

Es de destacar la hipocresía de este representante de la Iglesia, que se aferraba a los principios dogmáticos para condenar en otros lo que él practicaba cotidianamente y se ve que con bastante dedicación. 6

Mientras todo esto ocurría en Buenos Aires, Camila y Uladislao huían de incógnito. Su objetivo era llegar a Río de Janeiro, pero la plata no les alcanzó y debieron parar en Goya, en la provincia de Corrientes. Él se hacía llamar Máximo Brandier y ella, Valentina Desan y decían venir de Salta, donde se dedicaban al comercio. Fundaron la primera escuela de Goya en su propia casa y daban cariño, cobijo y todo lo que sabían a las decenas de gurises de la zona. Tanta era la demanda que debieron mudarse dos veces a casas más grandes para albergar a más alumnos. Intentando vivir con naturalidad su amor, el 16 de junio de 1848 fueron  juntos a una fiesta y allí el cura irlandés Miguel Gannon reconoció a Gutiérrez y lo denunció al juez de Paz. Fueron detenidos y separados. A Camila la mandaron a la casa de la familia Baibiene y pocos días después, por órdenes directas del gobernador de Corrientes, Benjamín Virasoro, ambos fueron trasladados a la cárcel.

En el interrogatorio se puede percibir la valentía y la claridad de Camila cuando declara: “Que si este suceso se considera un crimen lo es ella en su mayor grado por haber hecho dobles exigencias para la fuga pero que ella no lo considera delito por estar su conciencia tranquila”. 7

En un principio se pensó en traerlos a Buenos Aires. Se arregló una celda en el Cabildo para Uladislao y un lugar en la Casa de Ejercicios Espirituales para Camila, pero Rosas creyó que eso iba a complicar las cosas y ordenó que los encerraran en celdas separadas en Santos Lugares.

Allí volvieron a ser interrogados y ninguno de los dos mostró el arrepentimiento que necesitaba la moralina eclesiástica, opositora y gubernamental. Ratificaron su amor en todos los términos posibles. Gutiérrez pidió por la vida de su compañera embarazada, recordando que no había ningún elemento ni en el derecho canónico ni en las leyes de las siete partidas que condenara a una mujer en ese estado a la muerte. Cuando supo que no había nada que hacer escribió por última vez en su vida a la mujer de su vida: “Camila mía: Acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra unidos, nos uniremos en el cielo ante Dios. Te perdona y te abraza tu Gutiérrez”.

Se los condenó a muerte y ejecutó en agosto de 1848. Eso sí, a la muchacha le dieron a beber agua bendita para “salvar” al inocente que llevaba en sus entrañas.

El caso adquirió proporciones de escándalo en su época, por diversos motivos. Las relaciones entre Rosas y la Iglesia oscilaban entre acuerdos y disensiones. El Papado, que había desconocido a los gobiernos revolucionarios, a partir de la década de 1820 había intentado regularizar su vínculo con las provincias argentinas, tratativas que solían chocar con el reclamo de que se reconociese al gobierno el patronato que antiguamente ejercía la Corona española. No era un tema menor, ya que incluía el “cúmplase” para la designación de obispos. En ese contexto, la severidad del castigo al párroco “tránsfuga” era casi una cuestión de Estado.

A eso se sumó la campaña que, desde Montevideo, lanzaron los expatriados antirrosistas. En el periódico El Comercio del Plata, Valentín Alsina inició una serie de ataques que presentaban el caso como una muestra del grado de “corrupción” que reinaba en Buenos Aires. Pronto, desde Chile, se sumó Sarmiento, quien en El Mercurio se desgarraba las vestiduras: “Ha llegado a tal extremo la horrible corrupción de las costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata, que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el infame sátrapa adopte medida alguna contra esas monstruosas inmoralidades”. 8

Y Bartolomé Mitre, entonces en Bolivia, no se quedaba atrás a la hora de echar leña al fuego, inventando que “se sabe que las Cancillerías extranjeras han pedido al criminal gobierno que representa a la Confederación Argentina seguridades para las hijas de súbditos extranjeros que no tienen ninguna para su virtud”. 9

Mientras tanto la pobre Camila recurría a su amiga Manuelita quien le contestaba de esta manera el 9 de agosto de 1848: “Señorita Doña Camila O’Gorman. Querida Camila: Lorenzo Torrecillas os impondrá fielmente de cuanto en vuestro favor he suplicado a mi Sr. padre Dn. Juan M. de Rosas. Camila: Lacerada por la doliente situación que me hacéis saber os pido tengáis entereza suficiente para poder salvar la distancia que aún os resta a fin de que yo a mi lado pueda con mis esfuerzos daros la última esperanza. Y en el ínterin, recibid uno y mil besos de vuestra afectísima y cariñosa amiga. Manuela de Rosas y Ezcurra” 10.

María Josefa Ezcurra le escribe a su cuñado: “Mi querido hermano Juan Manuel: Esta se dirige a pedirte el favor de Camila. Esta desgraciada, es cierto, ha cometido un crimen gravísimo contra Dios y la sociedad. Pero debes recordar que es mujer y ha sido indicado por quien sabe más que ella el camino del mal. El gran descuido  de su familia al permitirle esas relaciones tiene muchísima parte en lo sucedido; ahora se desentienden de ella. Si quieres que entre recluida en la Santa Casa de Ejercicios, yo hablaré con doña Rufina Díaz y estoy segura de que se hará cargo de ella y no se escapará de allí. Con mejores advertencias y ejemplos virtuosos, entrará en sí y enmendará sus yerros, ya que los ha cometido por causa de quien debía ser un remedio para no hacerlos. Espera una respuesta en su favor, tu hermana. María Josefa”.11

Pero el propio padre de Camila, Adolfo O’Gorman, reclamaba un castigo ejemplar. Rosas, entre el pedido de clemencia formulado por su hija y su cuñada y la presión generalizada, le encargó un dictamen a los juristas Dalmacio Vélez Sarsfield, Lorenzo Torres, Baldomero García y Eduardo Lahitte. La respuesta de los hombres de leyes, incluido el futuro redactor del Código Civil, fue condenatoria.

Como suele ocurrir, tras la brutal ejecución, Camila sería incorporada en la lista de las víctimas del rosismo por los propios hombres que fogonearon el “castigo ejemplar”.

Dice el pionero del revisionismo, Adolfo Saldías: “Esta ejecución bárbara que no se excusa, ni con los esfuerzos que hicieron los diarios unitarios para provocarla, ni con nada, sublevó contra Rosas la indignación de sus amigos y parciales, quienes vieron en ella el principio de lo arbitrario atroz en una época en que los antiguos enemigos estaban tranquilos en sus hogares y en que el país entraba indudablemente en las vías normales y conducentes a su organización”. 12

Sólo había transcurrido un día del triunfo de Caseros cuando  Sarmiento, el mismo que como acabamos de leer, se horrorizaba cuatro años antes en El Mercurio porque el “infame sátrapa” no castigaba a Camila y su amante por su  “monstruosa inmoralidad”, escribía ahora lo siguiente: “Algunos amigos fueron a visitar la tumba de Camila y oyeron del cura los detalles tristísimos de aquella tragedia horrible, del asesinato de esta mujer. El oficial que le hizo fuego se enloqueció y en la vecindad quedó el terror de un grito agudísimo, dolorido y desgarrador que lanzó al sentirse atravesado el corazón.13  Habló también del “bárbaro tirano que hizo fusilar a la bella Camila O’Gorman, de una distinguida familia, estando ella encinta, por el delito de amar a un hombre, agregando al horrendo crimen la iniquidad, el sacrilegio de ordenar que se bautizara el feto dándole a beber algunos tragos de agua bendita, antes de sentarla al banquillo (…) ¡Qué horror! ¡Qué iniquidad!”. 14

Muchos años después Juan Manuel de Rosas, desde su exilio en Inglaterra en 1871, asumiría su responsabilidad en el caso: “Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y de Camila O’Gorman; ni persona alguna me habló en su favor. Por el contrario, todas las primeras personas del clero me hablaron o escribieron sobre ese atrevido crimen y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo. Y siendo mi responsabilidad, ordené la ejecución”. 15

Más allá de las miserias y los oportunismos de los unos y los otros, quedarán siempre resonando las últimas palabras de la valiente y luminosa Camila O’Gorman para los que estén dispuestos a escucharlas: “Voy a morir, y el amor que me arrastró al suplicio seguirá imperando en la naturaleza toda. Recordarán mi nombre, mártir o criminal, no bastará mi castigo a contener una sola palpitación en los corazones que sientan.”16

1 Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo III,Buenos Aires, El Ateneo, 1951.

2 Julio Llanos, Camila O’Gorman, Buenos Aires, Ediciones  de la Patria Argentina, 1883, citado por Adami, Nazareno Miguel, “Poder y sexualidad: el caso de Camila O’Gorman”, en Revista Todo es Historia Nº 281, págs. 6-31.

3 Adami, op.cit.

4 Ibídem.

5 Mario Tesler, Camila y la Bemberg, Del Socorro a Pilar. Tragedia y ficción cinematográfica, Buenos Aires, Ediciones de la Biblioteca Nacional, 2010, págs. 20 y 21.

6 Ibídem. Elortondo tuvo hijos con ambas “mancebas”.

7 Enrique Molina, Una sombra donde sueña Camila O’Gorman, Buenos Aires, Seix Barral, 1984.

8 Domingo F. Sarmiento, Política argentina 1841-1851, Ediciones Luz del Día, Buenos Aires, 1949, tomo IV.

9 Carta de Mitre, del 27 de abril de 1848, citada en Félix Luna (dir.), Camila O’Gorman, Colección Grandes Protagonistas de la Historia Argentina, Buenos Aires, Planeta, 1999.

10 Eros N. Siri, Rosas y el proceso a Camila O’Gorman, Buenos Aires, Editorial Haftel, 1939.

11 Citado por (Schettini, Adriana, “Camila O’Gorman: la levadura de un amor prohibido”, en Mujeres argentinas. El lado femenino de nuestra historia, Buenos Aires, Alfaguara, 1998, p. 333-359

12 Saldías, obra citada.

13 Citado por (Adami, Nazareno Miguel, “Poder y sexualidad: el caso de Camila O’Gorman”, en TeH Nº 281, p. 6-31)

14 En Santiago Calzadilla, Las beldades de mi tiempo, Editorial Estrada, Bs. As., 1944, citado por (Adami, Nazareno Miguel, “Poder y sexualidad: el caso de Camila O’Gorman”, en TeH Nº 281, p. 6-31)

15 Lucio V. Mansilla, Rozas. Ensayo histórico-psicológico, Anaconda, Buenos Aires, 1933.

16 Información recogida de testigos del fusilamiento, en Julio Llanos, op. cit.

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ASI PENSABA EL POCHO………

DE MI AMIGO EN FACEBOOK ENRIQUE WILHEM

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Muchos me acusan de ser Gorila y en ocasiones demasiado Gorila. Les explicare en forma sencilla porque, y a mucha honra:

JUAN D. PERÓN: Su pensamiento abiertamente expresado en sus Discursos y Métodos. Así exhortaba a las masas.

“El día que se lancen a colgar, yo estaré del lado de los que cuelgan”. (2-8-46)

“Entregaré unos metros de piola a cada descamisado y veremos quién cuelga a quién”. (13-8-46)

“A mí me van a matar peleando”. (13-8-46)

“Con un fusil o con un cuchillo, a matar al que se encuentre”. (24-6-47).

“Esa paz tengo que imponerla yo por la fuerza”. (23-8-47).

“Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores”. (8-9-47).

“Vamos a salir a la calle de una sola vez para que no vuelvan nunca más ni los hijos de ellos”. (8-6-51).

“Distribuiremos alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos”.. (31-8-51).

“Para el caso de un atentado al presidente de la Nación… hay que contestar con miles de atentados”. (Plan Político Año 1952).

“Se lo deja cesante y se lo exonera… por la simple causa de ser un hombre que no comparte las ideas del gobierno; eso es suficiente” (3ª. Conferencia de Gobernadores, pág. 177).

“Vamos a tener que volver a la época de andar con alambre de fardo en el bolsillo”. (16-4-53, horas antes del incendio de la Casa del Pueblo, la Casa Radical, la sede del Partido Demócrata Nacional y el Jockey Club).

“Leña… leña… Eso de la leña que ustedes aconsejan, ¿por qué no empiezan ustedes a darla?” (16-4-53).

“Hay que buscar a esos agentes y donde se encuentren colgarlos de un árbol”. (16-4-53).

“Compañeros: cuando haya que quemar, voy a salir yo a la cabeza de ustedes a quemar. Pero entonces, si eso fuera necesario, la historia recordaría la más grande hoguera que haya encendido la humanidad hasta nuestros días. Los que creen que nos cansaremos se equivocan. Nosotros tenemos cuerda para 100 años”. (7-5-53).-

“A unos se los conduce con la persuasión y el ejemplo; a otros con la policía”. (15-5-53).-

“Aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden contra las autoridades… puede ser muerto por cualquier argentino. Esta conducta que ha de seguir todo peronista no solamente va dirigida contra los que ejecutan, sino también contra los que conspiren o inciten”.
(31-8-55).-

“Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de ellos”.. (31-8-55).-

“Que sepan que esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado”. (31-8-55).-

“Nuestra nación necesita paz y tranquilidad… y eso lo hemos de conseguir persuadiendo, y si no a palos”. (31-8-55).-

“Veremos si con esta demostración nuestros adversarios y nuestros enemigos comprenden. Si no lo hacen, ¡pobres de ellos!. (31-8-55).-

“Yo pido al pueblo que sea él también un custodio del orden.. Si cree que lo puede hacer, que tome las medidas más violentas contra los alteradores del orden”. (31-8-55).-

“¡Al enemigo, ni justicia!”. (Memorando reservado “para el doctor Subiza”. De su puño y letra, con triple subrayado). (Esta misma frase la vuelve a repetir desde el exterior en junio de 1972, y se difundió por televisión a todo el país los días 21 y 22-6-72).-

“¡Ah… si yo hubiese previsto lo que iba a pasar… entonces sí: hubiera fusilado al medio millón, o a un millón, si era necesario. Tal vez ahora eso se produzca”. (9-5-70).-

“Si yo tuviera 50 años menos, no sería incomprensible que anduviera ahora, colocando bombas o tomando la justicia por mi propia mano”.-

“Objetivo: Lista de dirigentes opositores; lista de instituciones reconocidas como desafectas al gobierno; lista de opositores o de casas comerciales dirigidas o ligadas a los opositores; lista de representaciones cuyos gobiernos realizan campañas opositoras al nuestro. Personal: Serán empleados grupos previamente instruidos y seleccionados de las organizaciones dependientes de la CGT y del Partido Peronista Masculino. Misión: Atentados personales; voladuras; incendios”. (Plan Político Año 1952).-

comentario del autor de esta página

este último párrafo

epa! justo cuando mis viejos, mis padres, me estaban haciendo!!!

Las promesas incumplidas

Balance. La política resolvió sus tensiones; no hubo un nuevo golpe militar, pero la realidad comprobó que sólo con democracia no se come ni se educa.

POR BEATRIZ SARLO

http://www.revistaenie.clarin.com

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10 DE DICIEMBRE DE 1983. Euforia en Plaza de Mayo por la asunción de Raúl Alfonsín como presidente.

Los argentinos jóvenes sólo vivieron en democracia. Muchos son pobres y seguirán siéndolo. Esto es lo que no quisiera olvidar. Lo demás está casi todo en la Web.

El 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín, al asumir la presidencia ante la Asamblea Legislativa, dijo: “¿De qué serviría el protagonismo popular, de qué serviría el sufragio, si luego los gobernantes, elegidos a través del voto, se dejaran corromper por los poderosos?” Yo no recordaba esa pregunta. Al leerla hoy, veo que lo que sucedió en la década menemista estaba encerrado entre esos signos de interrogación. Néstor Kirchner creyó que tenía su respuesta, que incluía una corte de poderosos alentados por su propio gobierno. La pregunta de Alfonsín pone en escena el drama de la política. En el momento mismo en que se recuperaba la democracia, el presidente electo enunciaba el obstáculo que la democracia iba a encontrar inexorablemente.

De aquella mañana de diciembre de 1983 recuerdo la alegría y la luz. No atendí la advertencia. Nunca fui más feliz y creo que muchos podrían decir lo mismo. Días después, un decreto presidencial ordenó el juicio a las Juntas Militares. Lo escuché por radio, emocionada, incrédula. Contra todo pronóstico, pero cumpliendo una promesa electoral, Alfonsín abría un tiempo de justicia, en las peores condiciones, porque los represores conservaban su poder de fuego.

En abril de 1987, desde la televisión pública, Mónica Gutiérrez y Carlos Campolongo miraban la cámara, nos miraban y decían: “Apague el televisor y venga a la Plaza”. Horas después, desde el balcón de la casa de gobierno, Alfonsín dijo: “Para evitar derramamientos de sangre di instrucciones a los mandos del Ejército para que no se procediera a la represión. Y hoy podemos dar todos gracias a Dios. La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. Le pido al pueblo que ha ingresado a la Plaza de Mayo que vuelva a sus casas a besar a sus hijos y a celebrar las Pascuas en paz en la Argentina”. El primer capítulo de la hora de justicia se cerraba con la ley de Obediencia Debida. Pero antes habíamos visto el asombroso plano de televisión que mostraba a los comandantes en el momento de su condena y habíamos escuchado el alegato del fiscal Strassera.

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RAUL ALFONSÍN

a mediados de 1989, Menem y Alfonsín caminan por el parque de la residencia de Olivos. “A mí Alfonsín me confesó que lo había convocado a Menem para proponerle el adelanto de la asunción. El le preguntó a Menem cuándo quería asumir y la respuesta fue: ya. No sabían que yo les iba a sacar la foto. Fue hecha con un lente especial y los seguí siempre de espaldas”. Luz tamizada sobre los cuerpos trajeados (un corte a la moda, el de Menem; el saco amplio y abierto de Alfonsín). Dos hombres de espalda caminan por un sendero que ni uno ni otro conocían del todo. Menem avanzaba hacia la traición de lo que había prometido a sus votantes; Alfonsín se retiraba derrotado. Los grises de la fotografía tienen ese carácter melancólico que conviene más al Presidente que tuvo que irse unos meses antes de cumplir su mandato. En esos cinco años y algunos meses transcurridos desde diciembre de 1983 había cambiado la luz.

El video-game de la convertibilidad

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CARLOS SAUL MENENOtra imagen: una mañana en Santa Fe, donde sesionaba la Asamblea Constituyente que le otorgó a Menem la reelección y al país la Constitución de 1994. Desde el palco de visitantes, paso la vista sobre la sala: Chacho Alvarez, la cabeza de una alternativa republicana y social, tal como creímos muchos hasta que aceptó la fórmula con De la Rúa; Carlos Auyero, el hombre de larga experiencia y temperamento paciente; Elisa Carrió, en su restallante primera presentación en escena nacional; Palito Ortega, Reutemann, que Menem había llevado a la política inaugurando un camino que luego seguirá casi todo el mundo; y los clásicos: Cafiero, el príncipe peronista; Alfonsín, con sus carpetas. Por un momento creí que en esa sala, presidida por Eduardo Menem, transcurría la historia. Afuera, manifestaciones de colegios católicos rodeaban la sede para impedir lo que consideraban el peligro máximo: la despenalización del aborto.

Otra fotografía en el más restallante tecnicolor de los noventa: apoyado en el techo de una Ferrari roja, el cuerpo en diagonal, de mocasines, pantalón azul claro y camisa blanca, Menem es el emperador del capitalismo. Son los años en que hay fotos de Menem con todo el mundo: Charly García, Mick Jagger, Maradona (que repiten con Cristina Kirchner), Susana Giménez, Mirtha Legrand. Menem, maestro de la photo-opportunity, desenvuelto, cachafaz, simpático, en sintonía con los cambios culturales de la Argentina, no inventados acá, pero exagerados hasta la caricatura. Fotos de Menem futbolista, de Menem jugando al básquet, al tenis, de viaje con su hija. Un álbum de caprichos: los noventa son los coloridos años glam de un país que se iba convirtiendo en oscura aguafuerte.

Durante esos años falsos, los argentinos de capas medias adoraron un ídolo atractivo y cruel, cuyo rito fue el video-game de la convertibilidad. Mientras el juego transcurría hasta el definitivo game-over de ese tótem suicida, la Argentina se dividía en dos países, que, hasta hoy, no han borrado sus límites aunque se discutan las cifras de pobreza. El país de Miami (real o imaginario: Miami estaba en los nuevos shoppings tanto como en la Florida) y el país de la Villa Miseria, no simplemente como tipo de urbanización precaria sino como concepto. La villa miseria es un complejo atlas con muchos mapas: el de la indigencia, el desempleo, la precariedad, el narcotráfico, la desigualdad y la inseguridad para siempre (o como si fuera para siempre, porque quien la sufre no hace diferencias temporales ni periodiza como si tuviera futuro).

Eso fue transcurriendo durante la cínica década menemista y los dos años de la Alianza, impotente, desarmada, cautelosa hasta la inercia, inmovilizada por sus promesas electorales (seguir con el uno a uno, un peso un dólar, el fantasy que se jugaba en las terminales bancarias). Nunca lo habíamos visto antes, ni tan generalizado ni tan homogéneo en todo el territorio. No teníamos idea de lo que era una pobreza consolidada y para siempre (para siempre, en la vida, es una década porque, después de ese transcurso penoso, quedan marcas que ni se borran ni se olvidan). Entrábamos al nuevo siglo con las promesas rotas: con la democracia no se comía ni se educaba. Precisamente porque, como lo dijo Alfonsín en su discurso inaugural, la democracia corre siempre el peligro de atarse al carro de los más ricos y de ser asaltada por los aventureros políticos y sindicales.

Quedó la experiencia de la hiperinflación. Tanto como la imposibilidad de gobernar que demostró la Alianza, las sucesivas olas de hiperinflación fueron mortales incluso en un país acostumbrado a ráfagas que, en otras partes, se consideran destructivas. Los que tenían tarjetas en plástico de todos los colores jugaban al endeudamiento a treinta días, baqueanos en el cálculo de que, cuando pagaran, recogerían el beneficio de la inflación. Los que no tenían tarjetas iban de aquí para allá siguiendo precios que aumentaban de una cuadra a la otra, de un kiosco a otro. Y estaban, claro, los que no tenían nada y marchaban o simplemente quedaban allí, tirados afuera por la corriente. En los barrios, las ollas populares se estabilizaron, los comedores en las villas se convirtieron en instituciones de un espacio sombrío del cual el gobierno y el Estado se habían retirado.

Los saqueos, las movilizaciones espontáneas y las organizadas en zonas liberadas, que empezaban en los supermercados y terminaban con los mercaditos de barrio, fueron otroavatar desconocido: carritos llenos de alimentos, de cerveza y de televisores. El saqueo es el momento en que la cólera impone la consigna del todo vale. Comerciantes que pasaban la noche sobre el techo de sus negocios; tiros al atardecer; policías o caudillos entreverados en acciones que tenían una base material que podía convertirse en política. Comenzó la era de la desconfianza: ¿quiénes son esos dos muchachos que caminan detrás de nosotros? ¿Quiénes los que entran, mal vestidos, al mercadito de la esquina? La desconfianza hace temblar todo lazo solidario. Hoy, los hambrientos dejan su lugar a los delincuentes. La Villa Miseria (en todas las ciudades del país) ha agregado otra capa a su mapa de despojo.

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EL FINAL DE DE LA RUA. El presidente renuncia y deja la Casa de Gobierno en helicóptero, 20/12/2001.

Hasta que todo explotó por los aires, como había explotado durante los últimos meses de Alfonsín, pero más y peor. En la tapa de los diarios, muertos en Plaza de Mayo, caídos en la represión ordenada por la Alianza. Sobre esas muertes, una imagen aérea: el helicóptero con el que De la Rúa, ciego e impotente, abandonó la casa de gobierno, después de renunciar. Y después, Kostecki y Santillán forman, bajo Duhalde, otra serie de muertos de la crisis. Hubo muchos cadáveres (Cabezas, asesinado por una foto prohibida de Yabrán; los cuerpos alineados en la vereda de Cromañón, que ni Néstor Kirchner ni Aníbal Ibarra quisieron ver en su presencia material; los del accidente de Once, que Cristina Kirchner no mencionó, la fila de los liquidados uno a uno: militantes sindicales, militantes sociales, Qom).

Ejércitos de cartoneros

En enero de 2002, Duhalde asumió la presidencia de un país irreconocible, casi sin moneda ni Estado. Frente a la Asamblea Legislativa dijo: “No tenemos hoy un peso para afrontar las obligaciones de salarios, jubilaciones y medio aguinaldo del Estado Nacional. La excepcional caída de la actividad económica se traduce en una fuerte caída de la recaudación. Genera esto, un círculo vicioso perverso que pone a nuestro país al borde de la desintegración, al borde del caos”. De este discurso podrá recordarse la promesa de que a cada uno se le respetarían las monedas originales de sus depósitos. Promesa rota, ciertamente porque era una fantasía. Pero el diagnóstico que hacía Duhalde daba las razones del incumplimiento. También hubo quienes se beneficiaron con la crisis, aquellos poderosos que Alfonsín mencionaba en su discurso. Esos todavía tienen que agradecer a una Argentina destruida que se hayan pesificado las deudas de sus empresas.

Todos los días, en los primeros años del nuevo siglo, desde mi oficina caminaba hacia la Avenida de Mayo. Por allí avanzaban las columnas de pobres, organizados en el piquete. Mujeres con un chico en brazos y una botella de gaseosa de quinta marca (los comentarios clasistas se referían obsesivamente a estas botellas y a eventuales sándwiches); chicos de cinco años agarrados a la madre o a la abuela, cansados de caminar, inquietos o llorosos; viejos, gente sin dientes, con ropa destrozada, deshilachada y desteñida, sin cobertura de salud, condenada a ser de tercera clase. Lo que había quedado y todavía queda: la villa que marchaba hasta el centro. Todos los días bajaba a verlos pasar.

De noche, caminaba entre formaciones compactas de cartoneros, que se iniciaban en ese oficio que ha perdurado. En la city formaban un ejército, los cuerpos inclinados sobre las bolsas que encerraban los papeles de bancos y empresas. Llegaban cruzando los puentes. En Pompeya eran un regimiento de desocupados viejos y nuevos. Después de los cartoneros, venían los que revolvían la basura para encontrar comida. Una madrugada, un viejo con anteojos para leer, examinaba cada uno de los restos que iba sacando de una bolsa cuyo contenido ya empezaba a podrirse. Otra noche, una mujer y sus hijos vestidos con delantales blancos dormían en la calle, quizá con la esperanza de que, al día siguiente, fueran a la escuela a comer algo. Todos nos acostumbramos a estas escenas. Chicos de la calle, solos, en los túneles de los subterráneos, familias con sus sillas y camas ocupando un playón de ferrocarril, como si hubieran instalado una casa.

Esa era la Argentina que había perdido sus señas de identidad de las que no quedaba sino el recuerdo entre los mayores de cuarenta años. Ninguna de estas señas (que nos habían diferenciado de América Latina) se aclimata en la pobreza profunda. El piquete, en aquellos años, fue su expresión organizativa: una mínima organización antes de que la sociedad terminara por deshacerse, o para impedir que la sociedad se deshiciera. La novedad era tan impactante como la de los saqueos. “Ustedes se han acostumbrado a esto”, me decían quienes llegaban a Buenos Aires, mientras caminábamos tarde en la noche por Corrientes, donde en la puerta de cada pizzería había gente esperando las sobras. En todas las ciudades, igual: los carritos con caballo de Rosario, la llegada de los pobres desde el norte a Córdoba, donde había mejores restos en la basura.

Kirchner, un nuevo comienzo

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Elecciones de marzo de 2003. Es de noche y estoy en el sur de España. Desde un teléfono público, en la calle, donde había pasado las horas hasta que pensé que habría resultados, llamé a Buenos Aires. Yo habría votado a Kirchner o a Carrió. Estar varios meses fuera de la Argentina me evitó decidirme. Casi seguramente habría votado a Carrió, pero en la cabeza me daba vueltas una frase que dije pocos meses después a un amigo periodista: en la Argentina sólo puede gobernar el peronismo. La frase es un lugar común que quizás alguna vez sea desmentido. A los gritos, desde el teléfono público español, celebré con quienes me pasaban noticias. Celebrábamos que, después de una nueva crisis que pareció definitiva, esa incierta travesía iniciada en 2001, que tuvo cinco presidentes en pocos días, podía terminar alguna vez. La alegría de mis amigos no era por un candidato (ninguno de ellos había votado a Menem ni a Kirchner), sino porque, simplemente, las elecciones podían ser un nuevo comienzo.

Kirchner tomó esta idea demasiado en serio. Lo borró a Duhalde, después lo borró a Lavagna de la renegociación de la deuda, y finalmente se creyó el Unico. Con su muerte, se convirtió en El, pronombre divino que designa al fundador. Así se cierran estos treinta años, en los que Cristina Kirchner fue elegida presidente dos veces. Cada lector está hoy en condiciones de hacer su balance. El mío contiene lo siguiente.

El 24 de marzo de 2004 se recuperó la ESMA y se la entregó a las organizaciones de derechos humanos, que, acto seguido, se encaminaron en bandada a fortalecer el aparato kirchnerista. Se nombró una nueva Corte Suprema; en paralelo no hubo remilgos para presionar jueces, chantajearlos o hacerlos amigos del Ejecutivo. Se abrieron los juicios que habían sido interrumpidos por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. También se abusó de la historia reciente para legitimar al gobierno.

Contradicciones de la “década ganada”

Durante varios años se creció en condiciones externas excepcionales; a eso se llama la “década ganada” que también debería recibir el calificativo de perdida porque ya dos generaciones de habitantes de este país saben que la pobreza y la indigencia subsisten; y probablemente nunca hayan tenido ni una escuela completa ni un trabajo seguro. La corrupción fue una táctica para fabricar leales. Se mintió con todos los datos públicos, como si la “década ganada” necesitara de esa mentira para sostenerse. El personalismo no tuvo frenos; pero también surgió una nueva militancia política, entusiasta, activa, obsecuente y fanática, ambiciosa, sabedora de que ocupar el Estado es tan importante como ocupar el territorio, o más. Como en otro mundo, proliferaron los indiferentes o los movilizados por un activismo intermitente y antipolítico. Se fortaleció un eje latinoamericano (el primer paso, que pocos recuerdan, se dio en 1987 con la firma del Tratado de Paz con Chile); la Argentina no tuvo política exterior a la altura de sus necesidades en el resto del planeta. Se confirmaron con leyes nuevos derechos; se incumplieron derechos que están en la Constitución (paradoja: derechos baratos contra derechos caros para el presupuesto público).

Esta enumeración podría seguir. Se concentró el poder en la cabeza del Ejecutivo y se neutralizó el poder Legislativo. Tendencias centralistas, personalistas e intolerantes atacan al periodismo crítico mientras concentran varios grupos de medios adictos. Se confunden los intereses personales y de facción con el gobierno y el Estado. Es el populismo en acto y, como emblema, la imagen de Cristina Kirchner radiante en la cadena nacional, como una Viuda de la Patria, única capaz de dirigir el épico ejército de un proyecto del cual sólo ella conoce el plan maestro.

Pero más allá de un balance, la década se cierra sin que la Constitución fuera modificada. Durante buena parte de estos treinta años, la reforma de la Constitución fue fantasía y, en 1994, realidad. Alfonsín tuvo su proyecto, que la situación económica y sindical pulverizó. Menem logró el Pacto de Olivos que introdujo la reelección. Cristina Kirchner pudo haberlo intentado en el momento de su mayor gloria, después de las elecciones de 2011. No tuvo reflejos, coraje o decisión. La Argentina no encaró una nueva aventura. Quizás a eso pueda darse, finalmente, el nombre de normalidad.

Se resolvieron algunos aspectos de la cuestión política: en treinta años no hubo un golpe militar; dos veces un presidente de un partido le pasó la banda a un sucesor de otro diferente. Se disipó la ilusión democrática de 1983, cuando la democracia no era sólo un régimen de gobierno sino el fin de la dictadura. Sin ilusión, la democracia es esto: partidos depreciados y en crisis, militancias burocráticas, desigualdad. Las capas medias viven la era del desencanto y los pobres confían, quizá sin esperanza, en el Estado. Algo no funciona. Después de treinta años hay una promesa incumplida.

 

Una batalla silenciada

Panorámica del campo de batalla, con la cruz por los caídos.

 

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Una batalla silenciada

 

En Vuelta de Obligado, la Argentina sostuvo un cruento combate frente a una flota de intervención anglofrancesa. Tras los barcos de guerra que subían hacia Corrientes, seguían 90 naves mercantes dispuestas a darle el verdadero sentido a la expedición: abrir los mercados y transformar al Paraná en un río internacional. San Martín consideró a la Guerra del Paraná como una “segunda” gesta de la Independencia. Sin embargo, buena parte de la historiografía argentina aún prefiere esquivar la incomodidad de memorar aquella jornada.

TEXTOS. DANIEL CICHERO. Foto. Daniel cichero y el litoral.

En 1845, el Sitio de Montevideo entraba en su tercer año. Por entonces, los defensores apenas lograban sostenerse merced a los exiliados argentinos, al generoso financiamiento francés y a una vasta red de legiones extranjeras, conducidas por el mercenario italiano Giuseppe Garibaldi.

 

De un lado, federales argentinos junto a blancos uruguayos. Del otro, nuestros unitarios abrazados a los colorados orientales resistiendo en su último reducto. En Montevideo, se resolvía -una vez más- un nuevo capítulo de las eternas guerras civiles platenses. El presagio rondaba un triunfo del cerco militar de Rosas, Oribe y Brown, salvo que -como ya había ocurrido en tiempos de Lavalle- mediara una intervención europea y la guerra civil se enroscase aún más con barcos, soldados y dinero llegados de Londres y París.

 

Y al cabo, éso fue lo que ocurrió. La llamada Guerra del Paraná formó parte de un conflicto interno, pero incrementado por la intervención directa de quienes portaban intereses políticos y económicos de alcance global.

 

RÍO CERRADO

 

En la segunda mitad del año, comenzaron a llegar a Montevideo vapores de guerra de Francia e Inglaterra. Y pronto la vieja Armada de la Confederación -al mando de Guillermo Brown- quedó rodeada y fue entregada a los europeos por orden directa de Rosas. La idea fue dejarlos venir, evacuar Montevideo, Colonia, Martín García y resistir el avance francoinglés a lo largo del Paraná.

 

En Vuelta de Obligado, cerca de San Pedro, el Paraná hace una curva pronunciada y se estrecha hasta tener apenas unos 800 metros de ancho. Ese fue el lugar que eligió Lucio Norberto Mansilla para “cerrar” el río con tres gruesas cadenas sostenidas por 24 lanchones y fortificar la posición con 4 baterías de cañones. Lo de “baterías” suena ampuloso, eran apenas 35 cañones de calibres en desuso. Viejos bronces de 30 años a los que las nuevas técnicas de artillería habían dejado en la prehistoria de la nueva guerra industrial. Los europeos traían barcos a vapor, cañones de precisión, cohetes explosivos y bombas con espoletas, ya probadas en cuanta aventura colonial protagonizaban alrededor del mundo.

 

Vuelta de Obligado estaba defendida por 220 artilleros y 780 combatientes del Regimiento de Patricios. Pero además, se habían preparado a unos 300 vecinos de San Pedro, armados de apuro. La flota europea se mantuvo anclada en las cercanías durante dos días, pero el 20 de noviembre se puso en marcha y a las ocho y media de la mañana comenzó el fuego. Para entonces, el General Mansilla había recitado una arenga que quedaría grabada en los corazones de todos: “¡Allá los tenéis! Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra Patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea! ¡Viva la Patria!

 

Durante toda la mañana, una parte de la flota disparó sus cañones, tratando de neutralizar las baterías ubicadas más hacia el sur para facilitar el avance del resto de la fuerza hacia el cierre de cadenas. Lograron hacerlo, pero como resultado de esa acción, quedaron fuera de combate los bergantines Dolphin y Pandour. Mientras tanto, el único barco argentino presente -el Republicano- fue volado por su comandante Craig, luego de haberse quedado sin municiones.

 

Después de nueve horas de fuego, los lanchones encadenados fueron objeto de un furioso ataque, pero las baterías argentinas asestaron certeros disparos sobre la Comus y pusieron fuera de combate al San Martín, que fuera capturado en Montevideo y ahora navegaba para Francia. Al final de la jornada, se le contaron 156 impactos en su estructura.

 

ROTAS CADENAS

Los vapores ingleses Firebrand y Fulton recién lograron cortar las cadenas a media tarde. Luego también pasó la barrera el Gorgon, y entonces los tres vapores con sus poderosos cañones dirigieron su fuego a la Batería Manuelita, defendida por el coronel Thorne. Uno de esos cañonazos le estalló cerca al jefe, que desde entonces se ganó un mote que lo acompañaría el resto de su vida: el “sordo de Obligado”.

 

La defensa de las baterías fue denodada, pero hacia las cinco de la tarde las municiones se terminaron y entonces los europeos decidieron un desembarco para acabar con la última resistencia argentina. Fue el momento en que Mansilla se puso al frente de una una carga de infantería a bayoneta calada -él mismo resultó herido con la explosión de una granada- que logró hacer retroceder a los europeos hacia sus botes.

 

Al final del día todas las baterías habían sido silenciadas.

 

La escuadra anglofrancesa procedió a reparar provisoriamente sus navíos y a transportar sus heridos de regreso a Montevideo. Luego prosiguió río arriba, pero a principios de diciembre sufrió nuevamente ataques desde la orilla santafesina en el Paso del Tonelero, San Lorenzo y Angostura del Quebracho.

 

Al cabo, la escuadra francobritánica llegó a Corrientes, seguida de sus 90 buques mercantes. La prosperidad augurada fue un fiasco y muchos barcos volvieron con sus cargas casi intactas. A mediados de 1846, cuando la flota regresaba río abajo, otra vez se le obsequió bala. Pero para ese momento, a las potencias interventoras ya no les quedaba la convicción de sostener la idea de que el Paraná fuera un río internacional.

Vuelta de Obligado fue -desde el punto de vista técnico- una derrota militar. Sin embargo, sirvió para galvanizar a la Confederación y consolidar la perspectiva política de Rosas en su relación con las grandes potencias. Fue, al decir de San Martín, una “Segunda Guerra de la Independencia”. Desde su autoexilio francés, lo dejó por escrito en una carta a su amigo Tomás Guido: “Los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”. Y más tarde, le legaría su sable a Rosas

 

VICTORIA DULCE Y EFÍMERA

 

El triunfo diplomático argentino en la Guerra del Paraná se tradujo en los tratados que Gran Bretaña (Arana-Southern) y Francia (Arana-Lépredour) debieron firmar por separado. Allí se reconoció que la navegación del Paraná quedaba sujeta únicamente a las leyes y reglamentos de la Confederación. La flota argentina fue devuelta. La isla Martín García fue evacuada por los invasores y hasta se dispuso desagravios a la bandera argentina por parte de ambas armadas.  Fue una capitulación en toda la línea para las potencias imperiales.

Sin embargo, fue una gloria efímera. Los barcos de guerra ingleses y franceses ya no regresaron, pero el sistema federal crujió en los siguientes años con la deserción de Urquiza y el regreso del Brasil como actor protagónico en el conflicto regional.

Después de Caseros, los vencedores escribieron el relato dominante de la Historia Argentina, y allí ya no quedaría demasiado lugar para explicar las razones de una batalla que hizo brillar el prestigio de la Confederación rosista en toda América. El relato de la Guerra del Paraná y los detalles escalofriantes de Obligado quedaron arrinconados tras la apertura de un tiempo de acuerdos comerciales, de disputas por la Aduana, de tratados de libre navegación fluvial y hasta de empréstitos otorgados… por los invasores de antaño.

Casi se podría decir que Vuelta de Obligado se convirtió en un hecho incómodo de presentar. Porque -al cabo- cualquier reflexión sobre el relato histórico conlleva una mirada sobre el presente. Y la Guerra del Paraná aún hoy pelea por un lugar en el memorial de los argentinos.

¿Qué fue Obligado? ¿Una orgía de sangre ofrecida por una tiranía contumaz? ¿Una exhibición de resistencia inútil frente al avance de la nueva civilización industrial? ¿Un emblema del valor que supone la decisión de resistir a toda costa? ¿Un sanmartiniano “no permitir jamás ser comidos como empanadas”?

El 20 de noviembre de 1845 ninguno de aquellos argentinos tuvo el privilegio de la reflexión. Estuvieron, pelearon, fueron derrotados, enterraron a sus muertos y -sin darse cuenta- entraron en la Historia grande. Aunque la batalla haya sido silenciada y nuestra memoria todavía no alcance a resignificarla.

 

EN LA CANCIÓN

“Vuelta de Obligado”.

Letra: Miguel Brascó; Música: Alberto Merlo. Las versiones más conocidas son las interpretadas por el propio Merlo (CD Canto Surero) y por el uruguayo Alfredo Zitarrosa (CD Guitarra Negra, 1977).

 

PARADOJA

El billete de 20 pesos ilustra la batalla de Vuelta de Obligado, pero desde la perspectiva del invasor. Al fondo -y sin mayor protagonismo- se alcanza a ver la línea del cierre del río.

 

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El cañón apuntando hacia el río Paraná.

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UN ALMIRANTE INGLÉS, UNA BANDERA ARGENTINA Y UNA CARTA

Durante casi 40 años, una de las banderas argentinas capturadas en Obligado quedó en manos del almirante inglés Sullivan. Ya anciano, en 1883, este marino se presentó al consulado argentino en Londres para devolver aquella bandera y enviarla a Buenos Aires, junto con una carta que había escrito de puño y letra. Decía así:

“En la batalla de Obligado en el Paraná el 20 de noviembre de 1845, un oficial que mandaba la batería principal (se refiere a la “Manuelita’) causó la admiración de los oficiales ingleses que estábamos más cerca de él, por la manera con que animaba a sus hombres y los mantenía al pie de los cañones durante un fuerte fuego cruzado bajo el cual esa batería estaba expuesta. Por más de 6 horas expuso su cuerpo entero. Por prisioneros heridos supimos después que era el coronel Ramón Rodríguez del Regimiento de Patricios de Buenos Aires. Cuando sus artilleros fueron muertos, hizo maniobrar los cañones con los soldados de infantería y él mismo ponía la puntería.

“Cuando nuestras fuerzas desembarcaron a la tarde y tomaron la batería, con los restos de su fuerza se puso a retaguardia, bajo el fuego cruzado de todos los buques que estaban detrás de la batería, defendiéndola con armas blancas. La bandera de la batería fue arriada por uno de los hombres de mi mando y me fue dada por el oficial inglés de mayor rango. Al ser arriada, cayó sobre algunos cuerpos de los caídos y quedó manchada de sangre.

“Quiero restituir al Coronel Ramón Rodríguez, si vive, o al Regimiento de Patricios de Buenos Aires, si aún existe, la bandera bajo la cual y en noble defensa de su Patria cayeran tantos de los que en aquella época lo componían. Si el Coronel Rodríguez ha muerto o si el Regimiento de Patricios no existe, yo pediría que cualquiera de los miembros sobrevivientes de su familia la acepten en recuerdo suyo y de las muy bravas conductas de él, de sus oficiales y de sus soldados en Obligado.

“Los que luchamos contra él, y presenciamos su abnegación y bravura, tuvimos un gran y sincero placer al saber que había salido ileso hasta el fin de la acción”. Almirante Sullivan.

JEFES DE OBLIGADO

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– Lucio N. Mansilla. Era el jefe militar de la Región Norte y encargado de la fortificación del lugar. Luego de la batalla, volvió a combatir a los anglofranceses en Acevedo, San Lorenzo y Angostura del Quebracho.

– Coronel Ramón Rodríguez. Jefe del Regimiento de Patricios. Sus fuerzas fueron diezmadas, pero continuó disparando hasta agotar su parque de municiones. Más tarde, participó en el contraataque que permitió rechazar los desembarcos de los infantes invasores. Su valor fue reconocido hasta por los enemigos.

– Thomas Craig. Cuarenta años después de haber llegado a Buenos Aires como invasor, junto a Beresford (1806), este irlandés se hallaba al mando del único barco argentino, el bergantín Republicano. Cuando se le agotaron las municiones, hizo volar la nave para que no fuera capturada y pasó con sus hombres en botes a la orilla bonaerense. Allí continuó su pelea hasta el final de la jornada.

– Juan Bautista Thorne. Jefe de la batería Manuelita, este estadounidense de nacimiento resultó herido cuando una granada explotó sobre su cabeza. A partir de ese momento se lo conoció con el apodo del “Sordo de Obligado”. Al año siguiente, fue herido otra vez en el combate de Quebracho (Santa Fe).

– Álvaro de Alzogaray. Este bisabuelo de María Julia -la genética sigue siendo una ciencia misteriosa- fue el jefe de la Batería Restaurador Rozas, y disparó el último tiro de la jornada. Un año después del combate de Vuelta de Obligado, abordó -en lucha cuerpo a cuerpo- a la goleta Federal, que había sido capturada por las fuerzas anglofrancesas y que navegaba por el Paraná bajo bandera inglesa.

+cifras

 

Francia + Inglaterra Confederación Argentina
Naves de Guerra 14 vapores / 6 veleros 1 velero / 3 lanchones
Cañones 418 35
Cohetes Congreve No
Balas con espoletas No
Total de Soldados 880 infantes + 2.000 marineros 1.000 + 300 vecinos
Heridos 95 400
Muertos 28 250