El fusilamiento de Camila O’Gorman y Uladislao Gutiérrez

Fuente: Felipe Pigna, Mujeres tenían que ser, Historia de nuestras desobedientes, incorrectas, rebeldes y luchadoras. Desde los orígenes hasta 1930, Buenos Aires, Planeta, 2011,págs. 302-309.www.elhistoriador.com.ar
Camila O’Gorman nació en 1828, el año de la ejecución deDorrego. Era nieta deAnaPerichón, un parentesco que en la literatura se señalará como una especie de “sino trágico”.home_destacado

Adolfo Saldías la describe así: “Artista y soñadora, dada a las lecturas de esas que estimulan la ilusión hasta el devaneo, pero que no instruyen la razón y el sentimiento para la lucha por la vida; y librada a los impulsos de cierta independencia enérgica y desdeñosa, había llegado a creer que era demasiado estrecho el círculo fijado a las jóvenes de su época, y no menos ridículos los escrúpulos de las costumbres y las imposiciones de la moda. Continuamente se la veía dirigirse sola desde su casa a recorrer las librerías de Ibarra, La Merced o de la Independencia, en busca de libros que devoraba con ansias de sensaciones” 1.

A sus 18 años se enamoró del cura de la parroquia del Socorro, el tucumano Uladislao Gutiérrez, de 24 años. De “buena familia”, Uladislao llegó a Buenos Aires con las mejores recomendaciones por ser el sobrino del gobernador de su provincia, Celedonio Gutiérrez, aliado de Rosas. Conocerá al amor de su vida gracias a Eduardo, el hermano de Camila, con quien habían hecho el seminario. Fue en una de esas famosas tertulias de los O´Gorman donde se cruzaron las miradas por primera vez y para siempre. Ni Camila ni Uladislao quisieron contener nada, reprimir lo que les venía desde las ganas, los deseos, los sueños de ser felices a pesar de los infelices de siempre que vigilan morales ajenas sin fijarse en las propias y, por todo y contra todos, decidieron fugarse la madrugada del 12 de diciembre de 1847.

¿Quién tuvo la culpa? ¿La “libertina” muchacha sospechosa para la Iglesia por el simple hecho de ser mujer y por lo tanto portadora histórica de la “tentación demoníaca” que hace sucumbir a las pobres víctimas masculinas? ¿O fue el “desleal” padre Gutiérrez quien planeó aquel terrible acto de libertinaje?

Pasado un tiempo desde la huida de la pareja, el padre de Camila se creyó en la obligación de denunciar a su propia hija ante el Restaurador: “(…) para elevar a su superior conocimiento el acto más atroz y nunca oído en el país, y convencido de la rectitud de V. E. hallo un consuelo en participarle la desolación en que está sumida toda la familia. (…) pues la herida que este acto ha hecho es mortal para mi desgraciada familia. El clero en general, por consiguiente, no se creerá seguro en la República Argentina. Así, señor, suplico a V. E. dé orden para que se libren requisitorias a todos los rumbos para precaver que esta infeliz se vea reducida a la desesperación y conociéndose perdida, se precipite en la infamia (…). El individuo es de regular estatura, delgado de cuerpo, color moreno, ojos grandes pardos y medios saltados, pelo negro y crespo, barba entera pero corta, de doce a quince días; lleva dos ponchos tejidos (…). La niña es muy alta, ojos negros y blanca, pelo castaño, delgada de cuerpo, tiene un diente de adelante empezado a picar. Buenos Aires a 21 de diciembre de 1847”. 2

El provisor de la iglesia del Socorro, Miguel García, se dirige a Rosas tratando de que la cosa no trascendiera los límites del escándalo: “Un suceso tan inesperado como lamentable ha tenido lugar en estos últimos días. Mientras tanto, el suceso es horrendo y tiene penetrada mi alma al más acerbo sentimiento. Yo veo en él establecida la ruina y el deshonor, no sólo el que lo ha cometido sino también de la familia a que la joven pertenece; pero lo más lamentable es la infamia y vilipendio que trae aparejado para el Estado Eclesiástico. Por el amor que V. E. tiene a la religión (…) yo le ruego quisiera ocuparse de esta desgraciada ocurrencia, dignándose adoptar medidas que estime convenientes, para averiguar el paradero de aquellos dos inconsiderados jóvenes (…) para que su atentado tenga la menor trascendencia por el honor de la Iglesia y de la clase Sacerdotal”. 3

Pero el tono de su colega Mariano Medrano es bastante más duro y pide un castigo ejemplar: “Estamos llenos de dolor, y en medio de las angustias en que nos vemos sumergidos, no nos ocurre otro arbitrio que aquiete algún tanto nuestro corazón, que el de suplicar a V. E. el que se designe ordenar el Jefe de la Policía despachen requisitorias por toda la ciudad y campaña para que en cualquier punto donde los encuentren a estos miserables, desgraciados e infelices, sean aprehendidos y traídos, para que procediendo en justicia, sean reprendidos y dada una satisfacción al público de tan enorme y escandaloso procedimiento”. 4

Uno de los más enérgicos denunciantes del escándalo provocado por la fuga de los amantes era alguien que debería haber guardado un prudente silencio. Pero la impunidad a la que estaba acostumbrado en aquella sociedad de doble moral le daba la tranquilidad necesaria al Deán de la Catedral y director de la Biblioteca Pública, Felipe Elortondo y Palacios, a pesar de su conocido concubinato con Anastasia Díaz, su sirvienta, con quien mantuvo una larga relación por casi veinte años. Luego pasó a los brazos de María Josefa “Pepita” Gómez, a la que llamaban la canonesa, con quien tuvo una hija. El mismísimo Sarmiento desde su exilio chileno hablaba en una crónica del cura que iba con “la barragana a la sociedad íntima de Palermo, sirviendo este hecho a mil bromas cínicas en su tertulia”. 5

Es de destacar la hipocresía de este representante de la Iglesia, que se aferraba a los principios dogmáticos para condenar en otros lo que él practicaba cotidianamente y se ve que con bastante dedicación. 6

Mientras todo esto ocurría en Buenos Aires, Camila y Uladislao huían de incógnito. Su objetivo era llegar a Río de Janeiro, pero la plata no les alcanzó y debieron parar en Goya, en la provincia de Corrientes. Él se hacía llamar Máximo Brandier y ella, Valentina Desan y decían venir de Salta, donde se dedicaban al comercio. Fundaron la primera escuela de Goya en su propia casa y daban cariño, cobijo y todo lo que sabían a las decenas de gurises de la zona. Tanta era la demanda que debieron mudarse dos veces a casas más grandes para albergar a más alumnos. Intentando vivir con naturalidad su amor, el 16 de junio de 1848 fueron  juntos a una fiesta y allí el cura irlandés Miguel Gannon reconoció a Gutiérrez y lo denunció al juez de Paz. Fueron detenidos y separados. A Camila la mandaron a la casa de la familia Baibiene y pocos días después, por órdenes directas del gobernador de Corrientes, Benjamín Virasoro, ambos fueron trasladados a la cárcel.

En el interrogatorio se puede percibir la valentía y la claridad de Camila cuando declara: “Que si este suceso se considera un crimen lo es ella en su mayor grado por haber hecho dobles exigencias para la fuga pero que ella no lo considera delito por estar su conciencia tranquila”. 7

En un principio se pensó en traerlos a Buenos Aires. Se arregló una celda en el Cabildo para Uladislao y un lugar en la Casa de Ejercicios Espirituales para Camila, pero Rosas creyó que eso iba a complicar las cosas y ordenó que los encerraran en celdas separadas en Santos Lugares.

Allí volvieron a ser interrogados y ninguno de los dos mostró el arrepentimiento que necesitaba la moralina eclesiástica, opositora y gubernamental. Ratificaron su amor en todos los términos posibles. Gutiérrez pidió por la vida de su compañera embarazada, recordando que no había ningún elemento ni en el derecho canónico ni en las leyes de las siete partidas que condenara a una mujer en ese estado a la muerte. Cuando supo que no había nada que hacer escribió por última vez en su vida a la mujer de su vida: “Camila mía: Acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra unidos, nos uniremos en el cielo ante Dios. Te perdona y te abraza tu Gutiérrez”.

Se los condenó a muerte y ejecutó en agosto de 1848. Eso sí, a la muchacha le dieron a beber agua bendita para “salvar” al inocente que llevaba en sus entrañas.

El caso adquirió proporciones de escándalo en su época, por diversos motivos. Las relaciones entre Rosas y la Iglesia oscilaban entre acuerdos y disensiones. El Papado, que había desconocido a los gobiernos revolucionarios, a partir de la década de 1820 había intentado regularizar su vínculo con las provincias argentinas, tratativas que solían chocar con el reclamo de que se reconociese al gobierno el patronato que antiguamente ejercía la Corona española. No era un tema menor, ya que incluía el “cúmplase” para la designación de obispos. En ese contexto, la severidad del castigo al párroco “tránsfuga” era casi una cuestión de Estado.

A eso se sumó la campaña que, desde Montevideo, lanzaron los expatriados antirrosistas. En el periódico El Comercio del Plata, Valentín Alsina inició una serie de ataques que presentaban el caso como una muestra del grado de “corrupción” que reinaba en Buenos Aires. Pronto, desde Chile, se sumó Sarmiento, quien en El Mercurio se desgarraba las vestiduras: “Ha llegado a tal extremo la horrible corrupción de las costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata, que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el infame sátrapa adopte medida alguna contra esas monstruosas inmoralidades”. 8

Y Bartolomé Mitre, entonces en Bolivia, no se quedaba atrás a la hora de echar leña al fuego, inventando que “se sabe que las Cancillerías extranjeras han pedido al criminal gobierno que representa a la Confederación Argentina seguridades para las hijas de súbditos extranjeros que no tienen ninguna para su virtud”. 9

Mientras tanto la pobre Camila recurría a su amiga Manuelita quien le contestaba de esta manera el 9 de agosto de 1848: “Señorita Doña Camila O’Gorman. Querida Camila: Lorenzo Torrecillas os impondrá fielmente de cuanto en vuestro favor he suplicado a mi Sr. padre Dn. Juan M. de Rosas. Camila: Lacerada por la doliente situación que me hacéis saber os pido tengáis entereza suficiente para poder salvar la distancia que aún os resta a fin de que yo a mi lado pueda con mis esfuerzos daros la última esperanza. Y en el ínterin, recibid uno y mil besos de vuestra afectísima y cariñosa amiga. Manuela de Rosas y Ezcurra” 10.

María Josefa Ezcurra le escribe a su cuñado: “Mi querido hermano Juan Manuel: Esta se dirige a pedirte el favor de Camila. Esta desgraciada, es cierto, ha cometido un crimen gravísimo contra Dios y la sociedad. Pero debes recordar que es mujer y ha sido indicado por quien sabe más que ella el camino del mal. El gran descuido  de su familia al permitirle esas relaciones tiene muchísima parte en lo sucedido; ahora se desentienden de ella. Si quieres que entre recluida en la Santa Casa de Ejercicios, yo hablaré con doña Rufina Díaz y estoy segura de que se hará cargo de ella y no se escapará de allí. Con mejores advertencias y ejemplos virtuosos, entrará en sí y enmendará sus yerros, ya que los ha cometido por causa de quien debía ser un remedio para no hacerlos. Espera una respuesta en su favor, tu hermana. María Josefa”.11

Pero el propio padre de Camila, Adolfo O’Gorman, reclamaba un castigo ejemplar. Rosas, entre el pedido de clemencia formulado por su hija y su cuñada y la presión generalizada, le encargó un dictamen a los juristas Dalmacio Vélez Sarsfield, Lorenzo Torres, Baldomero García y Eduardo Lahitte. La respuesta de los hombres de leyes, incluido el futuro redactor del Código Civil, fue condenatoria.

Como suele ocurrir, tras la brutal ejecución, Camila sería incorporada en la lista de las víctimas del rosismo por los propios hombres que fogonearon el “castigo ejemplar”.

Dice el pionero del revisionismo, Adolfo Saldías: “Esta ejecución bárbara que no se excusa, ni con los esfuerzos que hicieron los diarios unitarios para provocarla, ni con nada, sublevó contra Rosas la indignación de sus amigos y parciales, quienes vieron en ella el principio de lo arbitrario atroz en una época en que los antiguos enemigos estaban tranquilos en sus hogares y en que el país entraba indudablemente en las vías normales y conducentes a su organización”. 12

Sólo había transcurrido un día del triunfo de Caseros cuando  Sarmiento, el mismo que como acabamos de leer, se horrorizaba cuatro años antes en El Mercurio porque el “infame sátrapa” no castigaba a Camila y su amante por su  “monstruosa inmoralidad”, escribía ahora lo siguiente: “Algunos amigos fueron a visitar la tumba de Camila y oyeron del cura los detalles tristísimos de aquella tragedia horrible, del asesinato de esta mujer. El oficial que le hizo fuego se enloqueció y en la vecindad quedó el terror de un grito agudísimo, dolorido y desgarrador que lanzó al sentirse atravesado el corazón.13  Habló también del “bárbaro tirano que hizo fusilar a la bella Camila O’Gorman, de una distinguida familia, estando ella encinta, por el delito de amar a un hombre, agregando al horrendo crimen la iniquidad, el sacrilegio de ordenar que se bautizara el feto dándole a beber algunos tragos de agua bendita, antes de sentarla al banquillo (…) ¡Qué horror! ¡Qué iniquidad!”. 14

Muchos años después Juan Manuel de Rosas, desde su exilio en Inglaterra en 1871, asumiría su responsabilidad en el caso: “Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y de Camila O’Gorman; ni persona alguna me habló en su favor. Por el contrario, todas las primeras personas del clero me hablaron o escribieron sobre ese atrevido crimen y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo. Y siendo mi responsabilidad, ordené la ejecución”. 15

Más allá de las miserias y los oportunismos de los unos y los otros, quedarán siempre resonando las últimas palabras de la valiente y luminosa Camila O’Gorman para los que estén dispuestos a escucharlas: “Voy a morir, y el amor que me arrastró al suplicio seguirá imperando en la naturaleza toda. Recordarán mi nombre, mártir o criminal, no bastará mi castigo a contener una sola palpitación en los corazones que sientan.”16

1 Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo III,Buenos Aires, El Ateneo, 1951.

2 Julio Llanos, Camila O’Gorman, Buenos Aires, Ediciones  de la Patria Argentina, 1883, citado por Adami, Nazareno Miguel, “Poder y sexualidad: el caso de Camila O’Gorman”, en Revista Todo es Historia Nº 281, págs. 6-31.

3 Adami, op.cit.

4 Ibídem.

5 Mario Tesler, Camila y la Bemberg, Del Socorro a Pilar. Tragedia y ficción cinematográfica, Buenos Aires, Ediciones de la Biblioteca Nacional, 2010, págs. 20 y 21.

6 Ibídem. Elortondo tuvo hijos con ambas “mancebas”.

7 Enrique Molina, Una sombra donde sueña Camila O’Gorman, Buenos Aires, Seix Barral, 1984.

8 Domingo F. Sarmiento, Política argentina 1841-1851, Ediciones Luz del Día, Buenos Aires, 1949, tomo IV.

9 Carta de Mitre, del 27 de abril de 1848, citada en Félix Luna (dir.), Camila O’Gorman, Colección Grandes Protagonistas de la Historia Argentina, Buenos Aires, Planeta, 1999.

10 Eros N. Siri, Rosas y el proceso a Camila O’Gorman, Buenos Aires, Editorial Haftel, 1939.

11 Citado por (Schettini, Adriana, “Camila O’Gorman: la levadura de un amor prohibido”, en Mujeres argentinas. El lado femenino de nuestra historia, Buenos Aires, Alfaguara, 1998, p. 333-359

12 Saldías, obra citada.

13 Citado por (Adami, Nazareno Miguel, “Poder y sexualidad: el caso de Camila O’Gorman”, en TeH Nº 281, p. 6-31)

14 En Santiago Calzadilla, Las beldades de mi tiempo, Editorial Estrada, Bs. As., 1944, citado por (Adami, Nazareno Miguel, “Poder y sexualidad: el caso de Camila O’Gorman”, en TeH Nº 281, p. 6-31)

15 Lucio V. Mansilla, Rozas. Ensayo histórico-psicológico, Anaconda, Buenos Aires, 1933.

16 Información recogida de testigos del fusilamiento, en Julio Llanos, op. cit.

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Por qué el amor es el verdadero motor de Luis Suárez

Tantos chistes, algunos de verdadero mal gusto; tantas imágenes, tratando de surtir con más nafta el fuego.

Me refiero a las redes sociales y a los periodistas, con relación a la situación de Luis Suárez.

Y dejo mi humilde opinión: la sanción fue de una severidad inusitada, teniendo en cuenta antecedentes del propio jugador, pero medida con una vara distinta a la que se aplicó o no, en otros episodios de distintos partidos de este mismo mundial.

El órgano de aplicación, no es de los más honestos. La FIFA (que nada tiene que ver con el verbo fifar), es una entidad cuyos altos jerarcas, son sospechados de muchas irregularidades y actos de corrupción.

Me remito a nuestro representante,  capo di tutti capi, Julio Grondona, que tiene un papel preponderante en el manejo de las finanzas de la FIFA, y del cual recuerdo en un reportaje que le hiciera un periodista especializado de Olé, ofuscado por lo que el entrevistador ponía en evidencia, para parar un poco la mano, le advirtió: Usted no sabe quién soy yo. Yo soy el virrey del mundo. Quizás quiso decir, el virrey de la fifa, pero para él es lo mismo.

Y una más; ¿recuerdan el sorteo de este mundial? Fue un vil acto de descarada corrupción. ¿Si era transparente y totalmente librado al azar, cómo es que el DT Alejandro Sabella, sabía y lo declaró de antemano, que Argentina integraría el grupo F?

La trampa fue sencilla. Las personalidades que sacaban las bolillas, todas correctas, y sin ninguna bola más pesada o liviana, más caliente o fría. Pero cuando llegaban al estrado, la persona que las abría y extraía el letrero, no lo hacía a la vista de las cámaras, sino ocultando sus manos por debajo del atril que sobresalía del mueble. Y entonces, mostraba el cartelito, cambiándolo según como ya lo habían programado, las honorables  autoridades de la fifa en complicidad con las de los organizadores del mundial.

Como homenaje a Luisito, les dejo lo que sigue.

 

El diario argentino Infobae publicó lo siguiente:
http://www.infobae.com/

Por qué el amor es el verdadero motor de Luis Suárez.

Aunque muchos creen que el fútbol y ganar es lo único que le importa, el deporte no ha sido más que una excusa para estar cerca de la dueña de su corazón.

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No se puede decir que sea el peor momento en la vida de Luis Suárez, aunque el dolor por la sanción de la FIFA lo atraviese y se traslade a todo el pueblo uruguayo. Es que su carrera deportiva es en realidad un recurso, una especie de excusa con la que su corazón, tan admirado por su sacrificio futbolero, busca alcanzar la verdadera felicidad. Pero no se trata (solo) de las victorias o el dinero. Ni siquiera de los goles.

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La vida de Suárez dio un vuelco a los 14 años, cuando conoció a Sofía Balbi, su novia desde la adolescencia y uno de los mayores motivos por los que decidió apostar al fútbol profesional.
Ella se convirtió en “una contención” para su vida y su cabeza, contó el jugador a ESPN Brasil en noviembre de 2013.

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Pero Sofía se mudó a Barcelona junto a sus padres. Y Suárez concluyó que la única posibilidad de volver a verla era convertirse en futbolista profesional y ser vendido a Europa. El tema de La Franela, el grupo argentino que canta “Hacer un puente”, parece escrito especialmente para la historia de amor del goleador celeste.

 

 “VA A SER HERMOSO HACER UN PUENTE, SOBRE EL MAR, SOLO PARA VOS”

El video del hit de La Franela: “Hacer un puente”
En Europa
Cuando logró el pase a Holanda, su primera etapa en el fútbol europeo, lo primero que hizo fue pedirle a sus ahora suegros que dejaran a su novia de 16 años irse a Holanda a vivir con él.
Desde entonces, junto con sus éxitos deportivos, el jugador siempre se ha hecho un lugar para agradecerle a su esposa e hijos por su constante apoyo.

El propio delantero ha reconocido que pese a las críticas sobre su carácter es precisamente su manera de ser la que lo ha ayudado a triunfar.

“Podés perder alguna otra cosa, pero perder la picardía, la viveza esa que tenemos desde niño, de jugar en la calle y todo no la vas a perder nunca”, dijo Suárez en entrevista con la AFP en marzo de 2013.
“Si yo no hubiera tenido el carácter que tengo hoy en día en la cancha, creo que no hubiera llegado a ser el jugador que soy hoy”, añadió entonces.

 

La historia hecha libro

En  “Vamos que vamos. Un equipo, un país”, de Ana Laura Lissardy,  Un equipo, un país”, de Ana Laura Lissardy, se relata la gesta de esta generación de La Celeste, pero hace especial foco en la historia de Luis y Sofía. Por eso, creemos que vale la pena reproducir el capítulo “Luis Suárez: la actitud” entero, que no tiene desperdicio.

 

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Sofía se iba para España. Estaba decidido y no había vuelta atrás. Se habían ennoviado un año antes, cuando él tenía 15 y ella 12, pero en poco tiempo era ya un pilar fundamental de su vida. Lo había cambiado completamente, transformado. Lo había renacido. Porque era la primera persona que, manifiestamente, había creído en él. La primera que expresamente le había dicho “vos podés”. Y eso lo había cambiado, lo había encauzado, lo había hecho plantearse objetivos y sentir que los podía lograr. Y ahora se iba. Emigraba. De Uruguay, de él.
Tenía miedo y se sentía perdido. Se verían, viajarían cada algunos meses (comprarían todo el tiempo que pudieran con el poco dinero que tenían), se comunicarían por internet, por teléfono… Pero no sería igual. Así que había un solo modo de combatir la inercia de los acontecimientos y de las decisiones de los adultos. Y ese modo era entrenar. Como nunca. Luis jugaba en inferiores de Nacional y, si llegaba al fútbol profesional, después tendría la oportunidad de ir a jugar a Europa, y así estar más cerca. Así que había que hacerlo. Y había que empezar lo antes posible.
“Ahí fue cuando más cuenta me di de que si quería estar cerca de ella me tenía que esforzar mucho —recuerda ahora—. Me tenía que poner las pilas. Y me puse a trabajar mucho más de lo que tenía que trabajar. No tenía libertad de irme o ella de venir, por un tema de dinero. Así que tenía que entrenar al máximo para poder triunfar en Europa.” Pasaron dos años de entrenamientos, partidos, y de algunos viajes interoceánicos robados a la suerte, cuando debutó en primera de Nacional. “Estoy a un paso de lo que quiero”, se dijo Luis. El Luis que, poco tiempo después, se convirtió en promesa y realidad del fútbol de Uruguay. El Luis que brilló en Europa. El que fue capitán e ídolo del fútbol holandés. Y el que luego fue fichado por el inglés por 26,5 millones de euros. El Luis que con una mano cambió el destino de su país en un Mundial. Con una cachetada al escepticismo y al temor. Con esa mano con la que, en un gesto instintivo e inmediato, hizo levantar millones de manos a su vez, para festejar.
Y todo eso comenzó por amor. Comenzó por querer estar más cerca de Sofía. Así empezó, y después se fue dando cuenta de que era cierto que podía (¡claro que podía!), y entonces siguió planteándose objetivos, uno tras otro, y alcanzándolos también. Y Luis iba pudiendo, cada vez más.
Fue ese siempre su modo de jugar. “Si una jugada me sale mal, quiero seguir intentándolo, y seguir y seguir. Quiero, quiero y quiero hacer gol. Y capaz que en la vida me pasa lo mismo. Si quiero algo, quiero y quiero ese algo. Y si no lo tengo, me enojo.” Quiere y quiere. En la cancha, como en la vida. “Hay que pegarle con confianza y convicción, con ambición de que sea gol. Es cuando te va mejor.” Dice Luis, y ya no se sabe si habla de fútbol o de la vida. O de las dos. Pero tanto da. Porque lo que cuenta es la decisión del golpe, la confianza y la convicción. Dentro o fuera de la cancha.
Aquí están, ocho años después de la partida de Sofía. Aquí están, juntos, en su casa de Solymar, adonde vienen a descansar. Sofía ya no es una adolescente. Luis ya no es el que no sabe bien adónde va. Aquí están y ya son tres. Porque nació Delfina, cuatro meses atrás. Aquí está Sofía yendo y viniendo por la casa, atendiendo el teléfono, a su hija, la cocina y lo que haga falta. Aquí está Luis, el futbolista, el ídolo en su país y el exterior, atento y concentrado permanentemente en ellas dos (“Se levanta de madrugada a hacerle la mema —lo confiesa ella por él—, la cambia todo el tiempo; no puede estar más de media hora sin ella. Y Delfina también. Llora y, cuando se la das a él, se calla.”) Aquí están los tres, de chinelas, bermudas y minifalda, en una mañana de diciembre de 2010. Descansando de tanto remate y tanto gol. Y Luis toma un refresco, mientras empieza a rebobinar su historia.
Sofía tenía 12 años cuando lo conoció, lo intuyó y le dijo “vos podés”. Y esas dos palabras, seguras y repetidas, le cambiaron la vida. “Fue un cambio muy grande en todo sentido. Yo era muy vago para estudiar y ella me ayudó a darme cuenta que no era por burro que no me iba bien, sino porque no quería.” Dejó de salir tanto, empezó a ir a clases habitualmente y a llevar una vida más ordenada. “No sé por qué no me iba bien. Pero son cosas que uno piensa ahora que es padre y se pregunta: ¿Cómo le vas a explicar a tu hijo que hiciste hasta segundo de liceo, o que no querías estudiar? Uno reflexiona y se da cuenta de que tomaba decisiones de adolescente, de rebelde, que fueron malas.” Pero por suerte Sofía llegó y lanzó, con la dulzura de esa mujer rubia y angelical que se mueve por la casa, el disparador que Luis necesitaba.
No había tenido una vida fácil, Luis. Era el del medio de siete hermanos en Salto, y a los siete años su familia se trasladó a la capital. Luis no quería (tanto no quería que se quedó con su abuela un mes más cuando todos viajaron, porque no lo podían convencer). Pero no había opción. No había mucho trabajo en su ciudad y el padre estaba empleado en la fábrica de galletas El Trigal en Montevideo. Así que, cuando la madre consiguió un empleo en el área de limpieza de Tres Cruces, estaba claro que se tenían que mudar todos juntos. Luis no quiso entenderlo, pero al final lo aceptó. Estaba en Montevideo todo el año y, apenas terminaba las clases, se iba a pasar el verano a Salto otra vez, porque extrañaba. “El cambio de la ciudad, la forma de hablar, porque allá se habla distinto y obviamente que a uno se le reían.” Extrañaba la tranquilidad, la seguridad, el poder dejar la puerta de la casa abierta mientras dormían y, sobre todo, el pasar el día jugando descalzos en el pasto. “Veníamos a una ciudad donde era prácticamente imposible jugar descalzo en el pasto. Está claro que lo iba a extrañar. Pero nos teníamos que acostumbrar como fuera a todo eso.” Y así fue. Empezó a ir a la escuela número 171 de Tres Cruces y a baby fútbol en el Urreta y luego en Nacional de aufi. Se hizo nuevos amigos… “Martín, Leonardo y Víctor. Prácticamente vivía en la casa de ellos, porque los padres me querían como a un hijo y nos tratábamos como hermanos.” Y con ellos y los padres de ellos es que iba a las canchas y a entrenar.
Pero entonces, cuando todo se estaba acomodando otra vez, los padres de Luis se separaron y fue un golpe duro para él. Tenía nueve años y lo sintió muy hondo. Se le desacomodó la tierra bajo los pies. En dos años le cambió el paisaje alrededor, la rutina, los amigos, la escuela, la familia tal como la conocía. Y, quizás por eso, se rebeló contra tanta realidad que le fue lanzada encima sin previo aviso y sin la posibilidad de elegir, sin opción. “Fueron momentos muy complicados. Mis padres se habían separado y todo el problema de que éramos una familia que nunca tuvimos la posibilidad de elegir nada. Nunca tuve la posibilidad de decirle a mi madre o a mi padre ‘quiero estos championes’ y que me compraran esos championes. Era lo que había y a uno le dolía todo eso que pasaba.”
Y fue su rebeldía, tal vez, el modo que encontró con 12 años de reivindicar su libertad de decirno. No a la ciudad nueva. No a una vida nueva. No a que el matrimonio de sus padres no funcionara. No a las nuevas rutinas, al pasto en el que no se puede jugar descalzo, al tener que vivir de puertas cerradas. Y les dijo que no a los estudios y al fútbol también, porque fue su manera de rebelión. “Hasta los 12 sabía que quería jugar fútbol, pero después, de 12 a 14, tuve una etapa en la que no me estaba yendo bien en el fútbol y no quería estudiar. No me gustaba entrenar. Me gustaba solo jugar los partidos y así iba a ser muy difícil que lograra algo. Me enojaba mucho. Era muy rebelde y eso me jugaba en contra.”
Su necesidad de gritar no a una realidad que le dolía y lo asfixiaba fue tanta que casi le grita noa su carrera de futbolista, cuando estuvo a las puertas de comenzar. O de naufragar. Estaba en séptima de Nacional. Él y unos 25 más. Al año siguiente tres o cuatro quedarían fuera y Luis sería uno de ellos. Se lo dijo, muy decidido, Daniel Enríquez, el coordinador de divisiones formativas, a Wilson Pírez, delegado de Nacional. Pero Wilson le pidió:
—Dale otra oportunidad.
No fue sencillo, pero finalmente aceptó: sería la última. Wilson fue hasta Luis, lo apartó y le dijo, muy seriamente:
—Es la última oportunidad que tenés. Tratá de aprovecharla. No me dejes mal a mí.
Luis lo miró en silencio.
—Luis, si vos querés llegar lejos en el fútbol, tenés que aprovechar esta oportunidad.
Finalmente, tenía la posibilidad de elegir. Entre jugar o no jugar. Entre cambiar su vida o mantenerla igual. Entre la libertad de labrarse su propio destino o de quedar librado a las circunstancias. Finalmente podía optar. Y pensó: “Tengo 14 años y no puedo saber ahora si voy a ser jugador profesional. Pero tengo que tratar de llegar lo más lejos posible. Tengo que intentarlo. Tengo que pensar en mi familia, en mis hermanos, en que, si llego, los voy a poder ayudar… Tengo que ponerme las pilas”. Y, al ver que algunos compañeros llegaban a entrenar con zapatos nuevos que les había dado el club, también pensó: “Si querés tener esos zapatos tenés que entrenar”. Fue el primer objetivo de su vida. Su primera misión. Lo miró, lo observó y sopesó, y apuntó a él. Disparándole con entrenamientos y prácticas, pero aún en la incertidumbre de si podría lograrlo. Con un dejo de incerteza e incredulidad.
Pero, al poco tiempo, conoció a Sofía y ella dijo ese “vos podés” que lo cambió (“Antes era un adolescente que salía, que no me gustaba entrenar, y cambié todo eso cuando me ennovié”). Que le hizo ver otra imagen reflejada en el espejo, y empezar también a estudiar más, a salir menos, a actuar con responsabilidad.
Wilson le había dado la posibilidad de elegir su futuro. Le había dado libertad. Y Sofía le dio la confianza en sí mismo necesaria para alcanzar eso que decidiera. Le había dado seguridad. Dos elementos que lo ayudaron de ahí en más a ir trazándose objetivos y e ir alcanzándolos. Que lo hicieron enfrentarse a las metas y desafíos con la actitud necesaria para conseguirlos.
“Empecé a hacer goles. Y se me dio la posibilidad de que casi hago un récord en juveniles de Nacional. El récord era de 64 goles en un año entero (creo que era de Rubén Sosa) y yo hice 63. Fueron cosas que a uno le fueron dando confianza.”
Fue entonces, con 16 años y jugando en tercera, cuando Sofía se fue a España, él se sintió perdido y se dijo que tenía que conseguir llegar al fútbol profesional. Y ser tan bueno como para que lo ficharan en Europa.
Todas sus ganas de llegar Europa las puso en sus pies, y empezó a patear con todas sus fuerzas, buscando el gol. Porque ese podía ser su pasaporte sellado al viejo continente, a Sofía. Y fue tanta su voluntad de gol, que lloraba cuando no los conseguía. Como cuando (recuerda hasta hoy) en cinco partidos erró entre 20 o 30 goles. “Luis, no es tan difícil —se decía a sí mismo—. ¿Por qué errás tanto gol?” Y le siguió pasando cuando debutó en primera, ya con 18 años. Pero entonces Martín Lasarte, el entrenador, vio cómo lo sufría y, sin saber que había una mujer rubia esperando del otro lado del océano, le dijo:
—Luis, yo confío mucho en vos. Quedate tranquilo que las cosas te van a salir. No le hagas caso a la gente. No hagas caso a nada de lo que te digan.
La confianza renovada. Se relajó. Confió. Y metió un gol de media cancha hasta el arco del FC Groningen, de los Países Bajos.
Luis está contando todo esto cuando se detiene y mira alrededor. Se mueve inquieto en el sillón. No quiere ser descortés, pero está claro que algo lo preocupa. Pide disculpas y sale un momento. Vuelve con Delfina —en pañales y sin ropa— en brazos, sonriente. La apoya en las rodillas y la sostiene frente a él. Dice que podemos continuar, mientras le hace todo tipo de caras y sonrisas. Había pasado más de media hora sin verla.
***
Los dirigentes de Groningen lo habían visto en un partido con Nacional y lo ficharon. Finalmente obtuvo su objetivo; se embarcó para Europa con Sofía y se fueron a vivir a Groninga, al norte de los Países Bajos. Él tenía 19 y ella 16. Era una ciudad chica, de 190 mil habitantes, fría, muy fría, y con gente “muy especial”, cerrada a los extranjeros. Estaban juntos los dos otra vez, pero tanto cambio lo desacomodó a Luis, y en sus primeros partidos no le fue tan bien. “Era un desastre. Estaba gordo y todo.” Así que los dirigentes empezaron a preguntarse:
—¿Qué jugador trajimos?
—¿Nos habremos equivocado?
Y Luis empezó a hacerse la misma pregunta también: “¿Habré tomado la decisión correcta?”. Quizás porque había logrado ya su objetivo y necesitaba otro, que aún no se había impuesto. Pero entonces llegó un partido, en setiembre de 2006, contra el Vitesse, que vestía camiseta amarilla y negra. Y fue una motivación especial para él, hincha de Nacional. Perdían 3 a 1 y corría el minuto 80. Dos minutos después, su equipo marcó un gol de penal. “En el minuto 89 me quedó una pelota, un compañero la tiró al medio y yo la empujé. Ese 3 a 3 ya fue emocionante. Pero en el minuto 92 hice un gol que hasta yo me sorprendí, mano a mano con el golero y de zurda. Sentí una felicidad enorme. Un desahogo.”
Pero más se sorprendió cuando, a partir del día siguiente, la gente lo empezó a reconocer por la calle y a felicitarlo o pedirle autógrafos. Y la confianza se renovó otra vez. En esa tierra extranjera y desconocida, logró construir su fortaleza.
Los dirigentes dijeron:
—Bueno, empezó a hacer algo de lo que habíamos visto de él.
El entrenador le dio total confianza a partir de ese momento, y él se dijo:
—Ahora puedo demostrar a lo que vine y lo que valgo.
“Después de ese partido es cuando empieza todo. Empecé como jugador con confianza. Y es totalmente distinto a jugar sin confianza. Me dio tanta confianza que hasta a mí me sorprendió”, dice ahora, mientras Delfina vuelve un rato con su mamá.
Por esa época habló con Sofía y se dieron cuenta de que tenía que inventar un modo de festejar los goles. Había llegado el momento. Quería ver a los niños repitiendo su festejo. Así que, durante una concentración, se paró frente al espejo del baño y empezó a hacer distintas “payasadas”, hasta que surgió la que usa hoy: con las manos como pistolas, moviéndolas arriba y abajo. Poco después se empezó a cruzar con niños que, a modo de saludo, le movían así los dedos. A pesar de que, cuando se emociona mucho con el gol, se le mezcla la alegría entre los dedos y puede llegar a hacer toda una serie de festejos juntos y entreverados.
Después de convertirse en un jugador con confianza, Luis se planteó un nuevo y permanente objetivo: seguir creciendo cada vez más. Y, a medida que lo iba consiguiendo, la confianza y la seguridad iban aumentando; se potenciaban aún más. Así llegó hasta el Ajax de Ámsterdam, en el 2007, donde puso en escena su festejo más de un centenar de veces, y donde fue también capitán. En enero de 2007 debutó en la selección. Y luego dio otro paso fundamental en el Mundial, que lo llenó de seguridad. Y entonces fue el Liverpool inglés, que lo compró por 26,5 millones de euros.
Pero eso aún no lo sabe, porque será un mes después, en enero de 2011. Así que Luis cuenta hasta lo del Ajax y el Mundial y, mientras lo hace, mira para afuera por la ventana y juega con su anillo y su reloj.
Luis es tímido. No lo era, pero ahora lo es. La exposición pública lo volvió así. Sofía dice que, cuando recién se conocieron, ella lo llevó a su casa y ya los primeros días él entraba, iba a la heladera y la abría como si fuera la suya. Y luego iba con total desenfado a pedirle al futuro suegro si podía quedarse a dormir.
—Me daba vergüenza a mí —cuenta Sofía meciendo a Delfina en brazos—. No sabía dónde meterme. Pero ahora le vino la vergüenza porque sabe que lo están mirando, porque se siente observado.
—Soy tímido porque no sé qué decir cuando la gente me dice “muchas gracias por todo” —interviene Luis—. Yo hice mi trabajo y lo que me salía del corazón. No es que la gente me tenga que agradecer nada. Me da timidez.
Le da timidez a ese hombre que salvó a su país en un Mundial. Al terminar la entrevista, Luis pide disculpas por su seriedad de los primeros minutos: “Estaba nervioso”. Me voy y los dejo a los tres en su refugio. Me voy y me llevo la última imagen: Luis de pie con Delfina entre sus manos, haciéndole caras, gestos, con esa sonrisa de dientes grandes que es ya un sello de Uruguay. Y, sobre todo, con esa mano que frenó un bombardeo enemigo, y que ahora sirve de altar para sostener en alto a su bebé.
***
Con esa imagen me alejo de la casa frente a la playa de Solymar y entonces me vuelve a la mente lo que Luis acaba de contar de ese instante fundamental del Mundial.
El marcador iba 1 a 1 en el partido contra Ghana y tenían la pelota los africanos, por una falta que habían cobrado en el minuto 119. Era, probablemente, la última jugada del partido. La definitiva. La que podía llevar a todos los uruguayos en el país y en el mundo a emocionarse, abrazarse y festejarse. O podía llevarlos a la tristeza, al no puede ser, al no lo merecían y no lo merecemos. El ghanés Pantsil lanzó el tiro libre y Appiah remató. Muslera se adelantó a atajar y Luis, que no iba en esa jugada y que tenía que tomar una marca, se metió atrás de él, puro instinto, como lo hacía siempre que el golero se alejaba. Se metió por atrás porque se rebeló otra vez y dijo, como en su infancia, no. ¡No!, gritó al disparar su cuerpo hasta atrás del golero.¡No!, gritó con la corrida hasta el arco. ¡No!, como cuando la realidad lo golpeaba de niño y él se resistía. ¡No!, defendiendo la libertad de elegir su destino. Y ese no del cuerpo fue tan fuerte que la sacó con el pie primero y con la mano después. Fue tan fuerte que no solo fue su destino el que definió, sino el de todo el Uruguay. ¡No!, gritó. Y salvó con ese grito a todos los que tampoco sentían la posibilidad de elegir. A los escépticos o anestesiados por la realidad. Porque con esa pelota que sacó para afuera de la red les regaló un sueño. Se lo lanzó de un manotazo. Con una mano que era rebelión y voluntad. Que era estirpe y era pueblo. Con una mano que eran tres millones de manos juntas. Tres millones quitándose de encima la inercia y la resignación. Tres millones empujando simbólicamente el país hacia adelante, hacia los mejores del mundo. ¡No!, dijo con una mano que era mano y era la garra de un león.
Mientras, ocho mil quilómetros al norte, en Barcelona, Sofía miraba el partido y sufría como todos los uruguayos esos instantes finales. Con su panza de ocho meses, entre los nervios y los 35 grados de calor, vio esa pelota que quería entrar al arco uruguayo y salía, rechazada por todo el Uruguay. Y, en medio de la confusión de ese manotazo, Sofía le dijo a su padre, casi gritando, casi suplicando que no fuera así:
—Fue el Salta —que es como llamaban en su familia a Luis.
—No, no fue él. Quedate tranquila.
—Sí, fue el Salta. No lo puedo creer. ¡¿Qué hizo?!
En la cancha del sur expulsaban a Luis y cobraban penal. Con cara de ingenuidad, intentó decir que él no había sido. Pero todos los ghaneses lo indicaron y el juez le mostró un cartón rojo irreversible. Y, mientras Sofía seguía preguntándose en Barcelona “¿Qué hizo? ¿Qué hizo?”, Luis salía de la cancha dolorido y avergonzado, diciéndose para sus adentros: “¿Qué hiciste, tarado? ¿Por qué la tocaste con la mano?”.
Entró al pasillo que lo llevaría a los vestuarios, vio una pantalla transmitiendo el partido y se detuvo a mirar. Y, mientras los ghaneses se aprontaban para patear el penal, pensó: “No puedo creer la forma en la que estamos quedando eliminados” y “No sé por qué la toqué con la mano”. Pero entonces Asamoah Gyan pateó y pegó en el travesaño y Luis gritó con todas sus fuerzas, emocionado, como si hubiese hecho un gol. Más aún que cuando hizo el gol contra Corea en el Mundial. Y entonces repensó lo pensado: “¡Lo hice notable! ¡Lo hice bien!”. Abrazó a Eguren, que lo fue a felicitar, y se fue al vestuario expectante y conmovido. Llamó a Sofía, que lo había visto salir de la pantalla y que, casi de inmediato, oyó sonar su celular.
—Quedate tranquila, que, si no, vas a tener a Delfina en cualquier momento. Vos quedate tranquila —le dijo desde los vestuarios.
Cortó el teléfono y se instaló frente al televisor a mirar la definición por penales con Guillermo Revetria, utilero de la selección. Pateó Forlán e hizo gol. Y Luis escribió en su celular “goool” y lo mandó a Barcelona. Y lo mismo hizo con los goles de Scotti y Victorino. Pero, cuando lanzó Maxi Pereira y erró, Luis tiró el celular contra la pared, entre nervios y pavor. Y llegó el penal picado de Abreu y Luis había perdido la cuenta. Fue cuando vieron a todos festejar por la pantalla que tomaron conciencia de que Uruguay había ganado y Luis salió corriendo y gritando hacia la cancha. Recién en ese momento tomó conciencia de lo que había hecho. Corrió hasta donde estaba el resto; a festejar. Con todo el país, que saltaba encima de Muslera, de Abreu, que lloraba emocionado entre los abrazos. Y, mientras Luis festejaba y todo el Uruguay festejaba a Luis, Sofía se extendía con cuidado en un sillón, con Delfina en su vientre, mientras su madre intentaba tranquilizarla. Y, a pesar de las contracciones cada 40 minutos, Sofía sonreía, exhausta.
Esa noche, cuando los gritos y cánticos se acallaron, Luis se fue a acostar. Y, en el silencio y la soledad de su cama, pensó en su infancia. En su familia, que él creía por entonces sin la oportunidad de elegir. En su vida, que en aquella época la sentía preestablecida y sin alternativas. Y, con su cabeza en la almohada y mientras todo el Uruguay seguía festejando, Luis pensó en ese niño de siete años que llegó a la capital. Que luchó por su derecho a elegir. Por su libertad. Ese niño que peleó por conquistar su esperanza. Y que combatió con tal determinación por ella, que llenó de esperanza a todo su país.
Luis atravesó un tornado. Fue después de haber recibido el premio al Mejor Jugador de la Copa América 2011 (con un gesto de serenidad que solo lo da la satisfacción por el deber cumplido). Fue a partir de 2012, cuando, estando en el Liverpool de Inglaterra, fue cuestionado por prensa, jugadores, dirigentes, acusado y criticado. Fueron meses en los que prender el televisor podía ser una amenaza para la tranquilidad de la familia Suárez, en Inglaterra. En esos momentos, Sofía le estuvo cerca, como siempre en su vida. Y no solo ella, sino también los amigos. Como su compañero de selección y entonces del Liverpool, Sebastián Coates, con el que pasaban tardes de mates, comidas y conversaciones sobre todo, menos de fútbol, para poderlo distraer. Era la manera que encontró Sebastián de apoyarlo. “Prendías la tele y todos hablaban de eso —dice Sebastián hoy—. Así que nuestro apoyo consistía en estar ahí para distraerlo. Para tomar mate y charlar. No opinar ni hablar del tema. Solo apoyarlo”.
Se distraían también con las ocurrencias de Delfina, la hija de Luis. Y, aún desde ese lugar complicado, Luis siguió estando para sus compañeros. “De Luis aprendí el profesionalismo, lo que insiste. Él va a todas, su estilo es así; es una virtud que no muchos tienen. Y afuera de la cancha es espectacular con su familia, con sus hijos”, dice Coates.
Luis pasó a través de un tornado. Y salió más fuerte. Volvió a gritar no a una realidad que le dolía y lo gritó como él sabe, a su manera: con fútbol. Tan fuerte lo gritó que en 2014 fue elegido Futbolista del Año de la Premier League, por la Asociación de periodistas de fútbol de Inglaterra, y también Jugador del Año por la Asociación de Futbolistas Profesionales. Y fue el goleador de la Premier League. “Hay que pegarle con confianza y convicción, con ambición de que sea gol —había dicho en 2010—. Es cuando te va mejor”.
Y su fuerza y rebeldía, esa que lo hizo siempre gritar no a lo que —parecía— no se podía cambiar, esa fuerza que lo hizo salir adelante siempre, es también Sofía. Y quizás esa fuerza se multiplique cada vez más, porque ahora a ella se suman también Delfina y Benjamín, su hijo menor. Y no hay un momento en el que Luis olvide esto.
Por eso, cada vez que marca un gol, incluso antes de correr, de festejarlo, se besa los tatuajes de sus hijos en la muñeca y el anillo que sella la unión con Sofía. Una unión que convierte en simple brisa los tornados.

René Favaloro

PARA TODOS LOS POLITICOS CORRUPTOS Y SIN PATRIA
EL JUEZ LIBERO LA CARTA DE FAVALORO’.
El Juez liberó la nota que dejó el Dr. René Favaloro antes de suicidarse.
(Del Dr. René Favaloro/ julio 29-2000 – 14,30 horas)

 

Guillermo Masnatta, René Favaloro y Ricardo Pichel

Guillermo Masnatta, René Favaloro y Ricardo Pichel

Si se lee mi carta de renuncia a la Cleveland Clinic, está claro que mi regreso a la Argentina (después de haber alcanzado un lugar destacado en la cirugía cardiovascular) se debió a mi eterno compromiso con mi patria. Nunca perdí mis raíces..
Volví para trabajar en docencia, investigación y asistencia médica. La primera etapa en el Sanatorio Güemes, demostró que inmediatamente organizamos la residencia en cardiología y cirugía cardiovascular, además de cursos de post grado a todos los niveles.
Le dimos importancia también a la investigación clínica en donde participaron la mayoría de los miembros de nuestro grupo. En lo asistencial exigimos de entrada un número de camas para los indigentes. Así, cientos de pacientes fueron operados sin cargo alguno. La mayoría de nuestros pacientes provenían de las obras sociales. El sanatorio tenía contrato con las más importantes de aquel entonces.

La relación con el sanatorio fue muy clara: los honorarios, provinieran de donde provinieran, eran de nosotros; la internación, del sanatorio (sin duda la mayor tajada).

Nosotros con los honorarios pagamos las residencias y las secretarias y nuestras entradas se distribuían entre los médicos proporcionalmente.

Nunca permití que se tocara un solo peso de los que no nos correspondía.

A pesar de que los directores aseguraban que no había retornos, yo conocía que sí los había. De vez en cuando, a pedido de su director, saludaba a los sindicalistas de turno, que agradecían nuestro trabajo.

Este era nuestro único contacto.
A mediados de la década del 70, comenzamos a organizar la Fundación. Primero con la ayuda de la Sedra, creamos el departamento de investigación básica que tanta satisfacción nos ha dado y luego la construcción del Instituto de Cardiología y cirugía cardiovascular.
Cuando entró en funciones, redacté los 10 mandamientos que debían sostenerse a rajatabla, basados en el lineamiento ético que siempre me ha acompañado.
La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza).

 

Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos, como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno. Así, obras sociales de envergadura no mandaron ni mandan sus pacientes al Instituto.

¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno!

Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica.

Lo mismo ocurre con el PAMI. Esto lo pueden certificar los médicos de mi país que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema implementado a lo largo y ancho de todo el país.

Valga un solo ejemplo: el PAMI tiene una vieja deuda con nosotros (creo desde el año 94 o 95) de 1.900.000 pesos; la hubiéramos cobrado en 48 horas si hubiéramos aceptado los retornos que se nos pedían (como es lógico no a mí directamente).

Si hubiéramos aceptado las condiciones imperantes por la corrupción del sistema (que se ha ido incrementando en estos últimos años) deberíamos tener 100 camas más. No daríamos abasto para atender toda la demanda.

El que quiera negar que todo esto es cierto que acepte que rija en la Argentina, el principio fundamental de la libre elección del médico, que terminaría con los acomodados de turno.

Lo mismo ocurre con los pacientes privados (incluyendo los de la medicina prepaga) el médico que envía a estos pacientes por el famoso ana-ana , sabe, espera, recibir una jugosa participación del cirujano.

Hace muchísimos años debo escuchar aquello de que Favaloro no opera más! ¿De dónde proviene este infundio?. Muy simple: el pacientes es estudiado. Conclusión, su cardiólogo le dice que debe ser operado. El paciente acepta y expresa sus deseos de que yo lo opere. ‘Pero cómo, usted no sabe que Favaloro no opera hace tiempo?’. ‘Yo le voy a recomendar un cirujano de real valor, no se preocupe’.

El cirujano ‘de real valor’ además de su capacidad profesional retornará al cardiólogo mandante un 50% de los honorarios!

Varios de esos pacientes han venido a mi consulta no obstante las ‘indicaciones’ de su cardiólogo. ‘¿Doctor, usted sigue operando?’ y una vez más debo explicar que sí, que lo sigo haciendo con el mismo entusiasmo y responsabilidad de siempre.
Muchos de estos cardiólogos, son de prestigio nacional e internacional.
Concurren a los Congresos del American College o de la American Heart y entonces sí, allí me brindan toda clase de felicitaciones y abrazos cada vez que debo exponer alguna ‘lecture’ de significación. Así ocurrió cuando la de Paul D. White lecture en Dallas, decenas de cardiólogos argentinos me abrazaron, algunos con lágrimas en los ojos.
Pero aquí, vuelven a insertarse en el ‘sistema’ y el dinero es lo que más les interesa.

La corrupción ha alcanzado niveles que nunca pensé presenciar. Instituciones de prestigio como el Instituto Cardiovascular Buenos Aires, con excelentes profesionales médicos, envían empleados bien entrenados que visitan a los médicos cardiólogos en sus consultorios. Allí les explican en detalles los mecanismos del retorno y los porcentajes que recibirán no solamente por la cirugía, los métodos de diagnóstico no invasivo (Holter eco, camara y etc, etc.) los cateterismos, las angioplastias, etc. etc., están incluidos..

No es la única institución. Médicos de la Fundación me han mostrado las hojas que les dejan con todo muy bien explicado. Llegado el caso, una vez el paciente operado, el mismo personal entrenado, visitará nuevamente al cardiólogo, explicará en detalle ‘la operación económica’ y entregará el sobre correspondiente!.

La situación actual de la Fundación es desesperante, millones de pesos a cobrar de tarea realizada, incluyendo pacientes de alto riesgo que no podemos rechazar. Es fácil decir ‘no hay camas disponibles’.

Nuestro juramento médico lo impide.

Estos pacientes demandan un alto costo raramente reconocido por las obras sociales. A ello se agregan deudas por todos lados, las que corresponden a la construcción y equipamiento del ICYCC, los proveedores, la DGI, los bancos, los médicos con atrasos de varios meses.. Todos nuestros proyectos tambalean y cada vez más todo se complica.

En Estados Unidos, las grandes instituciones médicas, pueden realizar su tarea asistencial, la docencia y la investigación por las donaciones que reciben.

Las cinco facultades médicas más trascendentes reciben más de 100 millones de dólares cada una! Aquí, ni soñando.
Realicé gestiones en el BID que nos ayudó en la etapa inicial y luego publicitó en varias de sus publicaciones a nuestro instituto como uno de sus logros!. Envié cuatro cartas a Enrique Iglesias, solicitando ayuda (¡tiran tanto dinero por la borda en esta Latinoamérica!) todavía estoy esperando alguna respuesta. Maneja miles de millones de dólares, pero para una institución que ha entrenado centenares de médicos desparramados por nuestro país y toda Latinoamérica, no hay respuesta.
¿Cómo se mide el valor social de nuestra tarea docente?
Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar.

La mayoría del tiempo me siento solo. En aquella carta de renuncia a la C. Clinic , le decía al Dr. Effen que sabía de antemano que iba a tener que luchar y le recordaba que Don Quijote era español!
Sin duda la lucha ha sido muy desigual.
El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse.
Hemos tenido varias reuniones, mis colaboradores más cercanos, algunos de ellos compañeros de lucha desde nuestro recordado Colegio Nacional de La Plata, me aconsejan que para salvar a la Fundación debemos incorporarnos al ´sistema’.

Sí al retorno, sí al ana-ana.

‘Pondremos gente a organizar todo’. Hay ‘especialistas’ que saben como hacerlo. ‘Debes dar un paso al costado. Aclararemos que vos no sabes nada, que no estás enterado’. ‘Debes comprenderlo si querés salvar a la Fundación’

¡Quién va a creer que yo no estoy enterado!

En este momento y a esta edad terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros y profesores me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar, prefiero desaparecer.

Joaquín V. González, escribió la lección de optimismo que se nos entregaba al recibirnos: ‘a mí no me ha derrotado nadie’.
Yo no puedo decir lo mismo. A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla. Estoy cansado de recibir homenajes y elogios al nivel internacional. Hace pocos días fui incluido en el grupo selecto de las leyendas del milenio en cirugía cardiovascular.

El año pasado debí participar en varios países desde Suecia a la India escuchando siempre lo mismo.
‘¡La leyenda, la leyenda!’

Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario se castiga.

Me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza. Mis colaboradores saben de mi inclinación por los pobres, que viene de mis lejanos años en Jacinto Arauz.

Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata.

No puedo cambiar.
No ha sido una decisión fácil pero sí meditada.
No se hable de debilidad o valentía.
El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, hable de debilidad o valentía.

El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano.

Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad.

Estoy tranquilo. Alguna vez en un acto académico en USA se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo, es cierto. Espero que me recuerden así.

En estos días he mandado cartas desesperadas a entidades nacionales, provinciales, empresarios, sin recibir respuesta.

En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara.

A mi familia en particular a mis queridos sobrinos, a mis colaboradores, a mis amigos, recuerden que llegué a los 77 años. No aflojen, tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta alcanzar la misma edad, que no es poco.

Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz, allá en La Pampa.
Queda terminantemente prohibido realizar ceremonias religiosas o civiles.
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Un abrazo a todos

René Favaloro

ALFONSINA STORNI

Alfonsina Storni: Una vida de letras

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El mar fue el testigo de la desventura de una mujer, cuyo talento innato para expresar en palabras los sentimientos más profundos de los seres humanos no pudo acallar la tristeza que la llevo a tomar la decisión más difícil de su vida, eligiendo las costas de Mar del Plata como escenario final de su existencia terrenal.

Ese final que ha sido tan bien plasmado en una sencilla pero emotiva zamba compuesta por Ariel Ramírez y Félix Luna, y que popularizó con su voz la gran Mercedes Sosa, en la que se plantea la inquietud sobre la desaparición de la artista, preguntándole a ella misma cuáles son los nuevos poemas que ha ido a buscar.

Es que la incertidumbre y las inquietudes ante el suicidio de Alfonsina Storni aún hoy, después de que transcurrieran más de siete décadas de aquella trágica muerte, continúan surgiendo una y otra vez, y son respondidas con argumentos nacidos en el imaginario nacional, porque nadie puede explicarse que su vida haya concluido de esa manera.

Se supone que un artista logra exorcizar sus demonios a través de su arte. Por lo menos es lo que consideran muchos que sucede a través de la magia del verdadero talento artístico.

Sin embargo, las palabras que inundaban constantemente la mente de Alfonsina, y que fueron magistralmente utilizada en los miles de hermosos poemas compuestos de su puño y letra, no le alcanzaron para luchar contra la triste realidad de su vida. 

Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido

Alfonsina Storni nació el 29 de mayo de 1892 en la ciudad Sala Capriasca, de Suiza, siendo la hija menor del matrimonio conformado por Alfonso Storni y Paulina Martignoni, quienes además tenían dos hijos llamados María y Romero

Su familia había estado previamente asentada durante un tiempo en la provincia argentina de San Juan, hasta el año 1880 en que decidieron volver a Suiza, por ello Alfonsina nació en aquel país europeo, aunque existen algunas versiones que indican que podría haber llegado a nacer en altamar el 22 de mayo, y que en realidad fue anotada días después.

Lo cierto es que su nombre fue elegido por su padre, y según ella misma afirmaba: “Me llamaron Alfonsina, que quiere decir dispuesta a todo”.

Cuando tenía 4 años de edad, Alfonsina llegó con sus padres a la provincia de San Juan, donde realizó sus estudios y paralelamente comenzó a surgir el talento innato de la que se convertiría en una de las más grandes literatas del país.

Pero San Juan no sería el lugar definitivo de Alfonsina, ya que en el año 1901, poco después de que naciera su hermano menor llamado Hildo Alberto, con quien la poetisa establecería una relación de cariño y protección, la familia se trasladó a la ciudad de Rosario.

Allí, su madre inauguró una humilde y pequeña academia en la que ofrecía clases particulares en distintas áreas, y ese pasó a ser el sostén principal de la familia, por lo cual comenzaron los tiempos duros, en los que la economía que manejaban los Storni los ubicó en el umbral de la pobreza.

Debido a esto, Alfonsina debió abandonar sus estudios y comenzar a trabajar como lava platos, cuando sólo tenía diez años.

La situación de su familia empeoraba cada vez más, y su padre, entregado a la bebida, comenzó a transitar un declive que lo llevaría a la muerte. En este entorno de tristezas e impotencias fue donde se desarrolló la poetisa, quizás intentando canalizar su pesar en las letras.

Un giro del destino hizo que Alfonsina fuera requerida por la compañía teatral de Manuel Cordero, y posteriormente contratada por la compañía de José Tallavi. Con aquel trabajo de actriz, la joven y su familia recorrieron el interior del país y pudieron salir momentáneamente de aquella dura situación económica.

A partir de ese momento comenzó no sólo la independización de Alfonsina sino también su producción literaria, que transitaba por los versos de las poesías y la prosa de las obras de teatro. Además se desenvolvía como profesora particular de recitado y buenos modales.

Esto le permitió finalizar sus estudios de docente en la carrera de maestro rural en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales. Fue en aquel momento que conoció a Emilia Pérez de la Barra, su profesora de la cátedra de Idioma Nacional, quien la estimuló a trabajar duro en la producción literaria, ya que había descubierto el gran talento que Alfonsina tenía para las letras.

Poco después decidió mudarse a la ciudad de Buenos Aires, precisamente en el año 1911, momento en que daría a luz a su hijo Alejandro, siendo madre soltera.

En Buenos Aires trabajó en diversos oficios, desde cajera de farmacia, empleada de tienda, hasta como docente en la Escuela para Niños Débiles del Parque Chacabuco, institución educativa destina a niños pobres que se encontraban en situación de raquitismo.

Mientras tanto, Alfonsina jamás abandonó su creación, e incluso comenzó a publicar algunos escritos en la revista Caras y Caretas, y la redacción de avisos publicitarios y cartas comerciales para la compañía de importación de aceite Freixas Hermanos.

Fue durante su paso por la revista Caras y Caretas que Alfonsina tuvo la posibilidad de establecer amistad con importantes escritores del país, como es el caso de José Enrique Rodó, Amado Nervo, José Ingenieros y Manuel Ugarte. Además, durante sus frecuentes viajes a Montevideo, Uruguay, trabó amistad con la poetisa Juana de Ibarbourou y el escritor Horacio Quiroga.

La amistad con el literato fue realmente profunda y era frecuente verlos juntos, por lo que muchos comenzaron a especular con la posibilidad de que existía entre ambos una relación amorosa, aunque esto jamás se supo con certeza. 

Te invitamos a leer el artículos titulado “Alfonsina Storni: La poesía como respuesta” para conocer más acerca de su vida.

Un loco amor

Publicado el 19/04/2008 a 06:32

Por raulcelsoar

UN LOCO AMOR

Cuando la conocí tenía 16 años. 


Fuimos presentados en una fiesta, por un tipo que decía ser mi amigo. 


Fue amor a primera vista. 


Ella me enloquecía. 


Nuestro amor llegó a un punto, que ya no conseguía vivir sin ella. 


Pero era un amor prohibido. 


Mis padres no la aceptaron 


Fui expulsado del colegio y empezamos a encontrarnos a escondidas. 


Pero ahí no aguanté mas, me volví loco. 


Yo la quería, pero no la tenía. 


No podía permitir que me apartaran de ella. 


Yo la amaba: destrocé el auto, rompí todo dentro de casa y casi maté a mi hermana. Estaba loco, la necesitaba. 


Hoy tengo 39 años; estoy internado en un hospital, soy inútil y voy a morir abandonado por mis padres, amigos y por ella. 


¿Su nombre? Cocaína. 


A ella le debo mi amor, mi vida, mi destrucción y mi muerte. 


Freddie Mercury 

 

FREDDIE MERCURY

FREDDIE MERCURY


Lo escribió antes de morir de SIDA.