Por qué el amor es el verdadero motor de Luis Suárez

Tantos chistes, algunos de verdadero mal gusto; tantas imágenes, tratando de surtir con más nafta el fuego.

Me refiero a las redes sociales y a los periodistas, con relación a la situación de Luis Suárez.

Y dejo mi humilde opinión: la sanción fue de una severidad inusitada, teniendo en cuenta antecedentes del propio jugador, pero medida con una vara distinta a la que se aplicó o no, en otros episodios de distintos partidos de este mismo mundial.

El órgano de aplicación, no es de los más honestos. La FIFA (que nada tiene que ver con el verbo fifar), es una entidad cuyos altos jerarcas, son sospechados de muchas irregularidades y actos de corrupción.

Me remito a nuestro representante,  capo di tutti capi, Julio Grondona, que tiene un papel preponderante en el manejo de las finanzas de la FIFA, y del cual recuerdo en un reportaje que le hiciera un periodista especializado de Olé, ofuscado por lo que el entrevistador ponía en evidencia, para parar un poco la mano, le advirtió: Usted no sabe quién soy yo. Yo soy el virrey del mundo. Quizás quiso decir, el virrey de la fifa, pero para él es lo mismo.

Y una más; ¿recuerdan el sorteo de este mundial? Fue un vil acto de descarada corrupción. ¿Si era transparente y totalmente librado al azar, cómo es que el DT Alejandro Sabella, sabía y lo declaró de antemano, que Argentina integraría el grupo F?

La trampa fue sencilla. Las personalidades que sacaban las bolillas, todas correctas, y sin ninguna bola más pesada o liviana, más caliente o fría. Pero cuando llegaban al estrado, la persona que las abría y extraía el letrero, no lo hacía a la vista de las cámaras, sino ocultando sus manos por debajo del atril que sobresalía del mueble. Y entonces, mostraba el cartelito, cambiándolo según como ya lo habían programado, las honorables  autoridades de la fifa en complicidad con las de los organizadores del mundial.

Como homenaje a Luisito, les dejo lo que sigue.

 

El diario argentino Infobae publicó lo siguiente:
http://www.infobae.com/

Por qué el amor es el verdadero motor de Luis Suárez.

Aunque muchos creen que el fútbol y ganar es lo único que le importa, el deporte no ha sido más que una excusa para estar cerca de la dueña de su corazón.

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No se puede decir que sea el peor momento en la vida de Luis Suárez, aunque el dolor por la sanción de la FIFA lo atraviese y se traslade a todo el pueblo uruguayo. Es que su carrera deportiva es en realidad un recurso, una especie de excusa con la que su corazón, tan admirado por su sacrificio futbolero, busca alcanzar la verdadera felicidad. Pero no se trata (solo) de las victorias o el dinero. Ni siquiera de los goles.

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La vida de Suárez dio un vuelco a los 14 años, cuando conoció a Sofía Balbi, su novia desde la adolescencia y uno de los mayores motivos por los que decidió apostar al fútbol profesional.
Ella se convirtió en “una contención” para su vida y su cabeza, contó el jugador a ESPN Brasil en noviembre de 2013.

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Pero Sofía se mudó a Barcelona junto a sus padres. Y Suárez concluyó que la única posibilidad de volver a verla era convertirse en futbolista profesional y ser vendido a Europa. El tema de La Franela, el grupo argentino que canta “Hacer un puente”, parece escrito especialmente para la historia de amor del goleador celeste.

 

 “VA A SER HERMOSO HACER UN PUENTE, SOBRE EL MAR, SOLO PARA VOS”

El video del hit de La Franela: “Hacer un puente”
En Europa
Cuando logró el pase a Holanda, su primera etapa en el fútbol europeo, lo primero que hizo fue pedirle a sus ahora suegros que dejaran a su novia de 16 años irse a Holanda a vivir con él.
Desde entonces, junto con sus éxitos deportivos, el jugador siempre se ha hecho un lugar para agradecerle a su esposa e hijos por su constante apoyo.

El propio delantero ha reconocido que pese a las críticas sobre su carácter es precisamente su manera de ser la que lo ha ayudado a triunfar.

“Podés perder alguna otra cosa, pero perder la picardía, la viveza esa que tenemos desde niño, de jugar en la calle y todo no la vas a perder nunca”, dijo Suárez en entrevista con la AFP en marzo de 2013.
“Si yo no hubiera tenido el carácter que tengo hoy en día en la cancha, creo que no hubiera llegado a ser el jugador que soy hoy”, añadió entonces.

 

La historia hecha libro

En  “Vamos que vamos. Un equipo, un país”, de Ana Laura Lissardy,  Un equipo, un país”, de Ana Laura Lissardy, se relata la gesta de esta generación de La Celeste, pero hace especial foco en la historia de Luis y Sofía. Por eso, creemos que vale la pena reproducir el capítulo “Luis Suárez: la actitud” entero, que no tiene desperdicio.

 

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Sofía se iba para España. Estaba decidido y no había vuelta atrás. Se habían ennoviado un año antes, cuando él tenía 15 y ella 12, pero en poco tiempo era ya un pilar fundamental de su vida. Lo había cambiado completamente, transformado. Lo había renacido. Porque era la primera persona que, manifiestamente, había creído en él. La primera que expresamente le había dicho “vos podés”. Y eso lo había cambiado, lo había encauzado, lo había hecho plantearse objetivos y sentir que los podía lograr. Y ahora se iba. Emigraba. De Uruguay, de él.
Tenía miedo y se sentía perdido. Se verían, viajarían cada algunos meses (comprarían todo el tiempo que pudieran con el poco dinero que tenían), se comunicarían por internet, por teléfono… Pero no sería igual. Así que había un solo modo de combatir la inercia de los acontecimientos y de las decisiones de los adultos. Y ese modo era entrenar. Como nunca. Luis jugaba en inferiores de Nacional y, si llegaba al fútbol profesional, después tendría la oportunidad de ir a jugar a Europa, y así estar más cerca. Así que había que hacerlo. Y había que empezar lo antes posible.
“Ahí fue cuando más cuenta me di de que si quería estar cerca de ella me tenía que esforzar mucho —recuerda ahora—. Me tenía que poner las pilas. Y me puse a trabajar mucho más de lo que tenía que trabajar. No tenía libertad de irme o ella de venir, por un tema de dinero. Así que tenía que entrenar al máximo para poder triunfar en Europa.” Pasaron dos años de entrenamientos, partidos, y de algunos viajes interoceánicos robados a la suerte, cuando debutó en primera de Nacional. “Estoy a un paso de lo que quiero”, se dijo Luis. El Luis que, poco tiempo después, se convirtió en promesa y realidad del fútbol de Uruguay. El Luis que brilló en Europa. El que fue capitán e ídolo del fútbol holandés. Y el que luego fue fichado por el inglés por 26,5 millones de euros. El Luis que con una mano cambió el destino de su país en un Mundial. Con una cachetada al escepticismo y al temor. Con esa mano con la que, en un gesto instintivo e inmediato, hizo levantar millones de manos a su vez, para festejar.
Y todo eso comenzó por amor. Comenzó por querer estar más cerca de Sofía. Así empezó, y después se fue dando cuenta de que era cierto que podía (¡claro que podía!), y entonces siguió planteándose objetivos, uno tras otro, y alcanzándolos también. Y Luis iba pudiendo, cada vez más.
Fue ese siempre su modo de jugar. “Si una jugada me sale mal, quiero seguir intentándolo, y seguir y seguir. Quiero, quiero y quiero hacer gol. Y capaz que en la vida me pasa lo mismo. Si quiero algo, quiero y quiero ese algo. Y si no lo tengo, me enojo.” Quiere y quiere. En la cancha, como en la vida. “Hay que pegarle con confianza y convicción, con ambición de que sea gol. Es cuando te va mejor.” Dice Luis, y ya no se sabe si habla de fútbol o de la vida. O de las dos. Pero tanto da. Porque lo que cuenta es la decisión del golpe, la confianza y la convicción. Dentro o fuera de la cancha.
Aquí están, ocho años después de la partida de Sofía. Aquí están, juntos, en su casa de Solymar, adonde vienen a descansar. Sofía ya no es una adolescente. Luis ya no es el que no sabe bien adónde va. Aquí están y ya son tres. Porque nació Delfina, cuatro meses atrás. Aquí está Sofía yendo y viniendo por la casa, atendiendo el teléfono, a su hija, la cocina y lo que haga falta. Aquí está Luis, el futbolista, el ídolo en su país y el exterior, atento y concentrado permanentemente en ellas dos (“Se levanta de madrugada a hacerle la mema —lo confiesa ella por él—, la cambia todo el tiempo; no puede estar más de media hora sin ella. Y Delfina también. Llora y, cuando se la das a él, se calla.”) Aquí están los tres, de chinelas, bermudas y minifalda, en una mañana de diciembre de 2010. Descansando de tanto remate y tanto gol. Y Luis toma un refresco, mientras empieza a rebobinar su historia.
Sofía tenía 12 años cuando lo conoció, lo intuyó y le dijo “vos podés”. Y esas dos palabras, seguras y repetidas, le cambiaron la vida. “Fue un cambio muy grande en todo sentido. Yo era muy vago para estudiar y ella me ayudó a darme cuenta que no era por burro que no me iba bien, sino porque no quería.” Dejó de salir tanto, empezó a ir a clases habitualmente y a llevar una vida más ordenada. “No sé por qué no me iba bien. Pero son cosas que uno piensa ahora que es padre y se pregunta: ¿Cómo le vas a explicar a tu hijo que hiciste hasta segundo de liceo, o que no querías estudiar? Uno reflexiona y se da cuenta de que tomaba decisiones de adolescente, de rebelde, que fueron malas.” Pero por suerte Sofía llegó y lanzó, con la dulzura de esa mujer rubia y angelical que se mueve por la casa, el disparador que Luis necesitaba.
No había tenido una vida fácil, Luis. Era el del medio de siete hermanos en Salto, y a los siete años su familia se trasladó a la capital. Luis no quería (tanto no quería que se quedó con su abuela un mes más cuando todos viajaron, porque no lo podían convencer). Pero no había opción. No había mucho trabajo en su ciudad y el padre estaba empleado en la fábrica de galletas El Trigal en Montevideo. Así que, cuando la madre consiguió un empleo en el área de limpieza de Tres Cruces, estaba claro que se tenían que mudar todos juntos. Luis no quiso entenderlo, pero al final lo aceptó. Estaba en Montevideo todo el año y, apenas terminaba las clases, se iba a pasar el verano a Salto otra vez, porque extrañaba. “El cambio de la ciudad, la forma de hablar, porque allá se habla distinto y obviamente que a uno se le reían.” Extrañaba la tranquilidad, la seguridad, el poder dejar la puerta de la casa abierta mientras dormían y, sobre todo, el pasar el día jugando descalzos en el pasto. “Veníamos a una ciudad donde era prácticamente imposible jugar descalzo en el pasto. Está claro que lo iba a extrañar. Pero nos teníamos que acostumbrar como fuera a todo eso.” Y así fue. Empezó a ir a la escuela número 171 de Tres Cruces y a baby fútbol en el Urreta y luego en Nacional de aufi. Se hizo nuevos amigos… “Martín, Leonardo y Víctor. Prácticamente vivía en la casa de ellos, porque los padres me querían como a un hijo y nos tratábamos como hermanos.” Y con ellos y los padres de ellos es que iba a las canchas y a entrenar.
Pero entonces, cuando todo se estaba acomodando otra vez, los padres de Luis se separaron y fue un golpe duro para él. Tenía nueve años y lo sintió muy hondo. Se le desacomodó la tierra bajo los pies. En dos años le cambió el paisaje alrededor, la rutina, los amigos, la escuela, la familia tal como la conocía. Y, quizás por eso, se rebeló contra tanta realidad que le fue lanzada encima sin previo aviso y sin la posibilidad de elegir, sin opción. “Fueron momentos muy complicados. Mis padres se habían separado y todo el problema de que éramos una familia que nunca tuvimos la posibilidad de elegir nada. Nunca tuve la posibilidad de decirle a mi madre o a mi padre ‘quiero estos championes’ y que me compraran esos championes. Era lo que había y a uno le dolía todo eso que pasaba.”
Y fue su rebeldía, tal vez, el modo que encontró con 12 años de reivindicar su libertad de decirno. No a la ciudad nueva. No a una vida nueva. No a que el matrimonio de sus padres no funcionara. No a las nuevas rutinas, al pasto en el que no se puede jugar descalzo, al tener que vivir de puertas cerradas. Y les dijo que no a los estudios y al fútbol también, porque fue su manera de rebelión. “Hasta los 12 sabía que quería jugar fútbol, pero después, de 12 a 14, tuve una etapa en la que no me estaba yendo bien en el fútbol y no quería estudiar. No me gustaba entrenar. Me gustaba solo jugar los partidos y así iba a ser muy difícil que lograra algo. Me enojaba mucho. Era muy rebelde y eso me jugaba en contra.”
Su necesidad de gritar no a una realidad que le dolía y lo asfixiaba fue tanta que casi le grita noa su carrera de futbolista, cuando estuvo a las puertas de comenzar. O de naufragar. Estaba en séptima de Nacional. Él y unos 25 más. Al año siguiente tres o cuatro quedarían fuera y Luis sería uno de ellos. Se lo dijo, muy decidido, Daniel Enríquez, el coordinador de divisiones formativas, a Wilson Pírez, delegado de Nacional. Pero Wilson le pidió:
—Dale otra oportunidad.
No fue sencillo, pero finalmente aceptó: sería la última. Wilson fue hasta Luis, lo apartó y le dijo, muy seriamente:
—Es la última oportunidad que tenés. Tratá de aprovecharla. No me dejes mal a mí.
Luis lo miró en silencio.
—Luis, si vos querés llegar lejos en el fútbol, tenés que aprovechar esta oportunidad.
Finalmente, tenía la posibilidad de elegir. Entre jugar o no jugar. Entre cambiar su vida o mantenerla igual. Entre la libertad de labrarse su propio destino o de quedar librado a las circunstancias. Finalmente podía optar. Y pensó: “Tengo 14 años y no puedo saber ahora si voy a ser jugador profesional. Pero tengo que tratar de llegar lo más lejos posible. Tengo que intentarlo. Tengo que pensar en mi familia, en mis hermanos, en que, si llego, los voy a poder ayudar… Tengo que ponerme las pilas”. Y, al ver que algunos compañeros llegaban a entrenar con zapatos nuevos que les había dado el club, también pensó: “Si querés tener esos zapatos tenés que entrenar”. Fue el primer objetivo de su vida. Su primera misión. Lo miró, lo observó y sopesó, y apuntó a él. Disparándole con entrenamientos y prácticas, pero aún en la incertidumbre de si podría lograrlo. Con un dejo de incerteza e incredulidad.
Pero, al poco tiempo, conoció a Sofía y ella dijo ese “vos podés” que lo cambió (“Antes era un adolescente que salía, que no me gustaba entrenar, y cambié todo eso cuando me ennovié”). Que le hizo ver otra imagen reflejada en el espejo, y empezar también a estudiar más, a salir menos, a actuar con responsabilidad.
Wilson le había dado la posibilidad de elegir su futuro. Le había dado libertad. Y Sofía le dio la confianza en sí mismo necesaria para alcanzar eso que decidiera. Le había dado seguridad. Dos elementos que lo ayudaron de ahí en más a ir trazándose objetivos y e ir alcanzándolos. Que lo hicieron enfrentarse a las metas y desafíos con la actitud necesaria para conseguirlos.
“Empecé a hacer goles. Y se me dio la posibilidad de que casi hago un récord en juveniles de Nacional. El récord era de 64 goles en un año entero (creo que era de Rubén Sosa) y yo hice 63. Fueron cosas que a uno le fueron dando confianza.”
Fue entonces, con 16 años y jugando en tercera, cuando Sofía se fue a España, él se sintió perdido y se dijo que tenía que conseguir llegar al fútbol profesional. Y ser tan bueno como para que lo ficharan en Europa.
Todas sus ganas de llegar Europa las puso en sus pies, y empezó a patear con todas sus fuerzas, buscando el gol. Porque ese podía ser su pasaporte sellado al viejo continente, a Sofía. Y fue tanta su voluntad de gol, que lloraba cuando no los conseguía. Como cuando (recuerda hasta hoy) en cinco partidos erró entre 20 o 30 goles. “Luis, no es tan difícil —se decía a sí mismo—. ¿Por qué errás tanto gol?” Y le siguió pasando cuando debutó en primera, ya con 18 años. Pero entonces Martín Lasarte, el entrenador, vio cómo lo sufría y, sin saber que había una mujer rubia esperando del otro lado del océano, le dijo:
—Luis, yo confío mucho en vos. Quedate tranquilo que las cosas te van a salir. No le hagas caso a la gente. No hagas caso a nada de lo que te digan.
La confianza renovada. Se relajó. Confió. Y metió un gol de media cancha hasta el arco del FC Groningen, de los Países Bajos.
Luis está contando todo esto cuando se detiene y mira alrededor. Se mueve inquieto en el sillón. No quiere ser descortés, pero está claro que algo lo preocupa. Pide disculpas y sale un momento. Vuelve con Delfina —en pañales y sin ropa— en brazos, sonriente. La apoya en las rodillas y la sostiene frente a él. Dice que podemos continuar, mientras le hace todo tipo de caras y sonrisas. Había pasado más de media hora sin verla.
***
Los dirigentes de Groningen lo habían visto en un partido con Nacional y lo ficharon. Finalmente obtuvo su objetivo; se embarcó para Europa con Sofía y se fueron a vivir a Groninga, al norte de los Países Bajos. Él tenía 19 y ella 16. Era una ciudad chica, de 190 mil habitantes, fría, muy fría, y con gente “muy especial”, cerrada a los extranjeros. Estaban juntos los dos otra vez, pero tanto cambio lo desacomodó a Luis, y en sus primeros partidos no le fue tan bien. “Era un desastre. Estaba gordo y todo.” Así que los dirigentes empezaron a preguntarse:
—¿Qué jugador trajimos?
—¿Nos habremos equivocado?
Y Luis empezó a hacerse la misma pregunta también: “¿Habré tomado la decisión correcta?”. Quizás porque había logrado ya su objetivo y necesitaba otro, que aún no se había impuesto. Pero entonces llegó un partido, en setiembre de 2006, contra el Vitesse, que vestía camiseta amarilla y negra. Y fue una motivación especial para él, hincha de Nacional. Perdían 3 a 1 y corría el minuto 80. Dos minutos después, su equipo marcó un gol de penal. “En el minuto 89 me quedó una pelota, un compañero la tiró al medio y yo la empujé. Ese 3 a 3 ya fue emocionante. Pero en el minuto 92 hice un gol que hasta yo me sorprendí, mano a mano con el golero y de zurda. Sentí una felicidad enorme. Un desahogo.”
Pero más se sorprendió cuando, a partir del día siguiente, la gente lo empezó a reconocer por la calle y a felicitarlo o pedirle autógrafos. Y la confianza se renovó otra vez. En esa tierra extranjera y desconocida, logró construir su fortaleza.
Los dirigentes dijeron:
—Bueno, empezó a hacer algo de lo que habíamos visto de él.
El entrenador le dio total confianza a partir de ese momento, y él se dijo:
—Ahora puedo demostrar a lo que vine y lo que valgo.
“Después de ese partido es cuando empieza todo. Empecé como jugador con confianza. Y es totalmente distinto a jugar sin confianza. Me dio tanta confianza que hasta a mí me sorprendió”, dice ahora, mientras Delfina vuelve un rato con su mamá.
Por esa época habló con Sofía y se dieron cuenta de que tenía que inventar un modo de festejar los goles. Había llegado el momento. Quería ver a los niños repitiendo su festejo. Así que, durante una concentración, se paró frente al espejo del baño y empezó a hacer distintas “payasadas”, hasta que surgió la que usa hoy: con las manos como pistolas, moviéndolas arriba y abajo. Poco después se empezó a cruzar con niños que, a modo de saludo, le movían así los dedos. A pesar de que, cuando se emociona mucho con el gol, se le mezcla la alegría entre los dedos y puede llegar a hacer toda una serie de festejos juntos y entreverados.
Después de convertirse en un jugador con confianza, Luis se planteó un nuevo y permanente objetivo: seguir creciendo cada vez más. Y, a medida que lo iba consiguiendo, la confianza y la seguridad iban aumentando; se potenciaban aún más. Así llegó hasta el Ajax de Ámsterdam, en el 2007, donde puso en escena su festejo más de un centenar de veces, y donde fue también capitán. En enero de 2007 debutó en la selección. Y luego dio otro paso fundamental en el Mundial, que lo llenó de seguridad. Y entonces fue el Liverpool inglés, que lo compró por 26,5 millones de euros.
Pero eso aún no lo sabe, porque será un mes después, en enero de 2011. Así que Luis cuenta hasta lo del Ajax y el Mundial y, mientras lo hace, mira para afuera por la ventana y juega con su anillo y su reloj.
Luis es tímido. No lo era, pero ahora lo es. La exposición pública lo volvió así. Sofía dice que, cuando recién se conocieron, ella lo llevó a su casa y ya los primeros días él entraba, iba a la heladera y la abría como si fuera la suya. Y luego iba con total desenfado a pedirle al futuro suegro si podía quedarse a dormir.
—Me daba vergüenza a mí —cuenta Sofía meciendo a Delfina en brazos—. No sabía dónde meterme. Pero ahora le vino la vergüenza porque sabe que lo están mirando, porque se siente observado.
—Soy tímido porque no sé qué decir cuando la gente me dice “muchas gracias por todo” —interviene Luis—. Yo hice mi trabajo y lo que me salía del corazón. No es que la gente me tenga que agradecer nada. Me da timidez.
Le da timidez a ese hombre que salvó a su país en un Mundial. Al terminar la entrevista, Luis pide disculpas por su seriedad de los primeros minutos: “Estaba nervioso”. Me voy y los dejo a los tres en su refugio. Me voy y me llevo la última imagen: Luis de pie con Delfina entre sus manos, haciéndole caras, gestos, con esa sonrisa de dientes grandes que es ya un sello de Uruguay. Y, sobre todo, con esa mano que frenó un bombardeo enemigo, y que ahora sirve de altar para sostener en alto a su bebé.
***
Con esa imagen me alejo de la casa frente a la playa de Solymar y entonces me vuelve a la mente lo que Luis acaba de contar de ese instante fundamental del Mundial.
El marcador iba 1 a 1 en el partido contra Ghana y tenían la pelota los africanos, por una falta que habían cobrado en el minuto 119. Era, probablemente, la última jugada del partido. La definitiva. La que podía llevar a todos los uruguayos en el país y en el mundo a emocionarse, abrazarse y festejarse. O podía llevarlos a la tristeza, al no puede ser, al no lo merecían y no lo merecemos. El ghanés Pantsil lanzó el tiro libre y Appiah remató. Muslera se adelantó a atajar y Luis, que no iba en esa jugada y que tenía que tomar una marca, se metió atrás de él, puro instinto, como lo hacía siempre que el golero se alejaba. Se metió por atrás porque se rebeló otra vez y dijo, como en su infancia, no. ¡No!, gritó al disparar su cuerpo hasta atrás del golero.¡No!, gritó con la corrida hasta el arco. ¡No!, como cuando la realidad lo golpeaba de niño y él se resistía. ¡No!, defendiendo la libertad de elegir su destino. Y ese no del cuerpo fue tan fuerte que la sacó con el pie primero y con la mano después. Fue tan fuerte que no solo fue su destino el que definió, sino el de todo el Uruguay. ¡No!, gritó. Y salvó con ese grito a todos los que tampoco sentían la posibilidad de elegir. A los escépticos o anestesiados por la realidad. Porque con esa pelota que sacó para afuera de la red les regaló un sueño. Se lo lanzó de un manotazo. Con una mano que era rebelión y voluntad. Que era estirpe y era pueblo. Con una mano que eran tres millones de manos juntas. Tres millones quitándose de encima la inercia y la resignación. Tres millones empujando simbólicamente el país hacia adelante, hacia los mejores del mundo. ¡No!, dijo con una mano que era mano y era la garra de un león.
Mientras, ocho mil quilómetros al norte, en Barcelona, Sofía miraba el partido y sufría como todos los uruguayos esos instantes finales. Con su panza de ocho meses, entre los nervios y los 35 grados de calor, vio esa pelota que quería entrar al arco uruguayo y salía, rechazada por todo el Uruguay. Y, en medio de la confusión de ese manotazo, Sofía le dijo a su padre, casi gritando, casi suplicando que no fuera así:
—Fue el Salta —que es como llamaban en su familia a Luis.
—No, no fue él. Quedate tranquila.
—Sí, fue el Salta. No lo puedo creer. ¡¿Qué hizo?!
En la cancha del sur expulsaban a Luis y cobraban penal. Con cara de ingenuidad, intentó decir que él no había sido. Pero todos los ghaneses lo indicaron y el juez le mostró un cartón rojo irreversible. Y, mientras Sofía seguía preguntándose en Barcelona “¿Qué hizo? ¿Qué hizo?”, Luis salía de la cancha dolorido y avergonzado, diciéndose para sus adentros: “¿Qué hiciste, tarado? ¿Por qué la tocaste con la mano?”.
Entró al pasillo que lo llevaría a los vestuarios, vio una pantalla transmitiendo el partido y se detuvo a mirar. Y, mientras los ghaneses se aprontaban para patear el penal, pensó: “No puedo creer la forma en la que estamos quedando eliminados” y “No sé por qué la toqué con la mano”. Pero entonces Asamoah Gyan pateó y pegó en el travesaño y Luis gritó con todas sus fuerzas, emocionado, como si hubiese hecho un gol. Más aún que cuando hizo el gol contra Corea en el Mundial. Y entonces repensó lo pensado: “¡Lo hice notable! ¡Lo hice bien!”. Abrazó a Eguren, que lo fue a felicitar, y se fue al vestuario expectante y conmovido. Llamó a Sofía, que lo había visto salir de la pantalla y que, casi de inmediato, oyó sonar su celular.
—Quedate tranquila, que, si no, vas a tener a Delfina en cualquier momento. Vos quedate tranquila —le dijo desde los vestuarios.
Cortó el teléfono y se instaló frente al televisor a mirar la definición por penales con Guillermo Revetria, utilero de la selección. Pateó Forlán e hizo gol. Y Luis escribió en su celular “goool” y lo mandó a Barcelona. Y lo mismo hizo con los goles de Scotti y Victorino. Pero, cuando lanzó Maxi Pereira y erró, Luis tiró el celular contra la pared, entre nervios y pavor. Y llegó el penal picado de Abreu y Luis había perdido la cuenta. Fue cuando vieron a todos festejar por la pantalla que tomaron conciencia de que Uruguay había ganado y Luis salió corriendo y gritando hacia la cancha. Recién en ese momento tomó conciencia de lo que había hecho. Corrió hasta donde estaba el resto; a festejar. Con todo el país, que saltaba encima de Muslera, de Abreu, que lloraba emocionado entre los abrazos. Y, mientras Luis festejaba y todo el Uruguay festejaba a Luis, Sofía se extendía con cuidado en un sillón, con Delfina en su vientre, mientras su madre intentaba tranquilizarla. Y, a pesar de las contracciones cada 40 minutos, Sofía sonreía, exhausta.
Esa noche, cuando los gritos y cánticos se acallaron, Luis se fue a acostar. Y, en el silencio y la soledad de su cama, pensó en su infancia. En su familia, que él creía por entonces sin la oportunidad de elegir. En su vida, que en aquella época la sentía preestablecida y sin alternativas. Y, con su cabeza en la almohada y mientras todo el Uruguay seguía festejando, Luis pensó en ese niño de siete años que llegó a la capital. Que luchó por su derecho a elegir. Por su libertad. Ese niño que peleó por conquistar su esperanza. Y que combatió con tal determinación por ella, que llenó de esperanza a todo su país.
Luis atravesó un tornado. Fue después de haber recibido el premio al Mejor Jugador de la Copa América 2011 (con un gesto de serenidad que solo lo da la satisfacción por el deber cumplido). Fue a partir de 2012, cuando, estando en el Liverpool de Inglaterra, fue cuestionado por prensa, jugadores, dirigentes, acusado y criticado. Fueron meses en los que prender el televisor podía ser una amenaza para la tranquilidad de la familia Suárez, en Inglaterra. En esos momentos, Sofía le estuvo cerca, como siempre en su vida. Y no solo ella, sino también los amigos. Como su compañero de selección y entonces del Liverpool, Sebastián Coates, con el que pasaban tardes de mates, comidas y conversaciones sobre todo, menos de fútbol, para poderlo distraer. Era la manera que encontró Sebastián de apoyarlo. “Prendías la tele y todos hablaban de eso —dice Sebastián hoy—. Así que nuestro apoyo consistía en estar ahí para distraerlo. Para tomar mate y charlar. No opinar ni hablar del tema. Solo apoyarlo”.
Se distraían también con las ocurrencias de Delfina, la hija de Luis. Y, aún desde ese lugar complicado, Luis siguió estando para sus compañeros. “De Luis aprendí el profesionalismo, lo que insiste. Él va a todas, su estilo es así; es una virtud que no muchos tienen. Y afuera de la cancha es espectacular con su familia, con sus hijos”, dice Coates.
Luis pasó a través de un tornado. Y salió más fuerte. Volvió a gritar no a una realidad que le dolía y lo gritó como él sabe, a su manera: con fútbol. Tan fuerte lo gritó que en 2014 fue elegido Futbolista del Año de la Premier League, por la Asociación de periodistas de fútbol de Inglaterra, y también Jugador del Año por la Asociación de Futbolistas Profesionales. Y fue el goleador de la Premier League. “Hay que pegarle con confianza y convicción, con ambición de que sea gol —había dicho en 2010—. Es cuando te va mejor”.
Y su fuerza y rebeldía, esa que lo hizo siempre gritar no a lo que —parecía— no se podía cambiar, esa fuerza que lo hizo salir adelante siempre, es también Sofía. Y quizás esa fuerza se multiplique cada vez más, porque ahora a ella se suman también Delfina y Benjamín, su hijo menor. Y no hay un momento en el que Luis olvide esto.
Por eso, cada vez que marca un gol, incluso antes de correr, de festejarlo, se besa los tatuajes de sus hijos en la muñeca y el anillo que sella la unión con Sofía. Una unión que convierte en simple brisa los tornados.

TENGAMOS SEXO COMO SI HICIÉRAMOS EL AMOR

Este fin de semana, démonos la mejor de las encerronas en honor a San Valentín

Desde el famoso me duele la cabeza hasta los tengo mil y una broncas, siento algo de culpa, no venía preparado y preferiría estar en forma, no son pocos los casos en que las relaciones sexuales ocasionan más ansiedad e infelicidad que tranquilidad y satisfacción.

La gran mayoría de problemas sexuales tiene su origen en prácticas que no son sanas, es decir, que van de la falta de protección al tiempo que se le dedica a la relación sexual (curiosamente, a veces toma más tiempo convencer al otro o convencerse a sí mismo en detrimento de una relación plena y prolija) y el estrés con que llegamos a la cama, en muchas ocasiones generado más por ideas que nos acosan que por realidades palpables. La paradoja es que estos miedos e inseguridades suelen repercutir en nuestro desempeño íntimo.

Crazy Stupid Love (2011)

Crazy Stupid Love (2011)

 

¿De dónde surge el estrés?
Sorprende cómo, independientemente de la situación verdadera de nuestra pareja, la información externa y los casos cercanos, aun ajenos, influyen en nosotros. Un ejemplo de esto es la crisis que enfrenta la pareja en nuestros días con su importante dosis de inestabilidad, aumento de divorcios y separaciones, menor duración de las uniones, miedo al compromiso y hasta la tendencia a las parejas múltiples. Todo esto puede afectarnos: llevarnos a dudar y desconfiar, de tal forma que los temores le roben cancha a la posibilidad real de disfrutar de una relación.

Otro aspecto que contribuye a la desconfianza es la presión que ejerce el entorno en materias social, cultural, religiosa y económica, es decir, expectativas sociales, roles culturales, culpa o hasta aprietos económicos, sobre todo si les concedemos una importancia exagerada y nos sometemos a exigencias que nos priven de vivir relaciones sexuales plenas y satisfactorias.

A esto hay que sumarle la llamada pobreza de tiempo debido a nuestro ritmo de vida que usualmente afecta la calidad y la cantidad de las relaciones íntimas: menos hacer el amor, más rapidines, bajo la creencia de que es mejor lo que sea a no tener nada de nada. No obstante, obsesionarse por el resultado no sólo deriva en encuentros rápidos y frenesí por el orgasmo, sino que puede dar pie a relaciones impersonales, vacías y/o hasta violentas.

Crazy Stupid Love (2011)

Crazy Stupid Love (2011)

 

Orgasmos de medio pelo
¿De eso a nada? No sé. Eso es tan presuroso y desesperado que, más allá de eyacular, no permite que liberemos todo lo que llevamos dentro. Podemos acostumbrarnos a relaciones sexuales on the go y coitos de cinco minutos. Quizá los órganos sexuales se satisfagan, no obstante el resto del cuerpo se queda a medias, inacabado tenso: palpitaciones, dolor de cabeza, estrés… No sólo nos privamos de sensaciones más intensas y duraderas, sino que afecta nuestra salud: fluctuaciones hormonales y envejecimiento prematuro en las mujeres, y en los hombres hipertensión, daño al corazón, problemas de la próstata e impotencia.

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En aras del sexo perfecto
Extraños motivos impiden disfrutar a lo grande de la intimidad. A veces la sola idea de “hacer el amor” ahuyenta o repliega a las personas por el temor o por la expectativa de que sentimientos y placer se involucren. Comprensible, pero, en defensa de esta condición de inatrapables nos perdemos de sentir y gozar, de hacer sentir y gozar al otro, de conocerle y conocernos mejor. Qué chafas.

¿Qué sucede durante el enamoramiento que potencia la sexualidad?
Veámoslo científicamente: la oxitocina es la hormona de la procuración, es decir, lo que vincula a dos seres. Con el tiempo, sus efectos se desvanecen y ocurre lo más temido: nos “des-enamoramos”.

A falta de oxitocina, consciente o inconscientemente, muchas parejas recurren a la dopamina y su enorme poder de excitación: es ésta la hormona que se encuentra a tope en los encuentros sexuales producto de gran atracción, de vértigo, de frenesí: es la que nos empuja contra las paredes y nos tumba contra las mesas. Una vez que “desciende la temperatura” o “bajamos el nivel”, padecemos desajustes que resultan en más estrés, irritabilidad, resentimiento y, lo que ya sabemos, mutuas acusaciones. Hay parejas que se separan ante estas desavenencias, mientras que otras intentan mantener elevados los niveles de dopamina a través de subirle el nivel a la creatividad entre las sábanas: desde explorar distintas posiciones sexuales hasta intercambiar parejas, desde enamorarse de alguien más o compensar la pérdida con adicciones a distintas sustancias o actividades…

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Sea con la pareja nueva, con la de siempre, con la del día (o la noche), podríamos maximizar la producción de oxitocina y así impedir la “montaña rusa” que nos significa la dopamina. Ya Rudolf Von Urban, psicólogo austriaco, hablaba de seis elementos en aras de mayor goce de las relaciones sexuales. A saber:

Preparación: Consiste en afecto y atenciones mutuos, besarse y acariciarse y evitar la estimulación del clítoris para centrarse en la vagina. Requiere una mayor conexión que el mero empeño en “venirse”.

Posición: Encontrar una postura que nos permita estar relajados durante el coito. Una vez que el pene empieza a penetrar, las caricias y los besos deben cesar.

Duración: Ambos permanecen quietos, con movimientos suaves, mientras que hombre controla la eyaculación..

Concentración: Deben concentrarse uno en el otro, y en lo que están haciendo.

Relajación: Debe ser física, mental y emocional. Es decir, fuera preocupaciones ni culpas. Las quejas del trabajo y demás deben tratarse en otro terreno, no en la cama.

Frecuencia: ¡Ahí les va! 30 minutos de coito, con intervalos de cinco días, para recargar las baterías de la llamada bioenergía.

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Tomemos lo que nos atraiga o sirva, pero tomemos algo, por favor. Además de Von Urban está la clásica Karezza o paz entre las sábanas, basada en sexo tántrico, muy recomendable para parejas, más que menguantes, valientes. ¿Por qué? Porque se trata de una práctica sexual sin orgasmo en aras de vigorizar el cuerpo. Al fomentar el lazo espiritual entre dos personas, lo que persigue es la unión más que la pasión. Entre las prácticas que sugiere está la de acostarse ambos desnudos y en silencio, sea por la noche y/o por la mañana. La promesa es beneficiar tanto a la pareja como a los miembros de la misma en lo individual a través de una conexión eléctrica que no sólo involucre los órganos sexuales sino las manos, los labios, la piel, los ojos, la voz…

Démonos un respiro. Miremos a nuestra pareja. Escuchémosla. Acariciémosla. Abracémosla y reduzcamos nuestra presión sanguínea. Besémosla profunda y detenidamente. Démonos un masaje que nos desintoxique y despabile. Así se trata de una pareja estable o itinerante, tengamos sexo como si le hiciéramos y nos hiciéramos el amor.

ASI PENSABA EL POCHO………

DE MI AMIGO EN FACEBOOK ENRIQUE WILHEM

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Muchos me acusan de ser Gorila y en ocasiones demasiado Gorila. Les explicare en forma sencilla porque, y a mucha honra:

JUAN D. PERÓN: Su pensamiento abiertamente expresado en sus Discursos y Métodos. Así exhortaba a las masas.

“El día que se lancen a colgar, yo estaré del lado de los que cuelgan”. (2-8-46)

“Entregaré unos metros de piola a cada descamisado y veremos quién cuelga a quién”. (13-8-46)

“A mí me van a matar peleando”. (13-8-46)

“Con un fusil o con un cuchillo, a matar al que se encuentre”. (24-6-47).

“Esa paz tengo que imponerla yo por la fuerza”. (23-8-47).

“Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores”. (8-9-47).

“Vamos a salir a la calle de una sola vez para que no vuelvan nunca más ni los hijos de ellos”. (8-6-51).

“Distribuiremos alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos”.. (31-8-51).

“Para el caso de un atentado al presidente de la Nación… hay que contestar con miles de atentados”. (Plan Político Año 1952).

“Se lo deja cesante y se lo exonera… por la simple causa de ser un hombre que no comparte las ideas del gobierno; eso es suficiente” (3ª. Conferencia de Gobernadores, pág. 177).

“Vamos a tener que volver a la época de andar con alambre de fardo en el bolsillo”. (16-4-53, horas antes del incendio de la Casa del Pueblo, la Casa Radical, la sede del Partido Demócrata Nacional y el Jockey Club).

“Leña… leña… Eso de la leña que ustedes aconsejan, ¿por qué no empiezan ustedes a darla?” (16-4-53).

“Hay que buscar a esos agentes y donde se encuentren colgarlos de un árbol”. (16-4-53).

“Compañeros: cuando haya que quemar, voy a salir yo a la cabeza de ustedes a quemar. Pero entonces, si eso fuera necesario, la historia recordaría la más grande hoguera que haya encendido la humanidad hasta nuestros días. Los que creen que nos cansaremos se equivocan. Nosotros tenemos cuerda para 100 años”. (7-5-53).-

“A unos se los conduce con la persuasión y el ejemplo; a otros con la policía”. (15-5-53).-

“Aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden contra las autoridades… puede ser muerto por cualquier argentino. Esta conducta que ha de seguir todo peronista no solamente va dirigida contra los que ejecutan, sino también contra los que conspiren o inciten”.
(31-8-55).-

“Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de ellos”.. (31-8-55).-

“Que sepan que esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado”. (31-8-55).-

“Nuestra nación necesita paz y tranquilidad… y eso lo hemos de conseguir persuadiendo, y si no a palos”. (31-8-55).-

“Veremos si con esta demostración nuestros adversarios y nuestros enemigos comprenden. Si no lo hacen, ¡pobres de ellos!. (31-8-55).-

“Yo pido al pueblo que sea él también un custodio del orden.. Si cree que lo puede hacer, que tome las medidas más violentas contra los alteradores del orden”. (31-8-55).-

“¡Al enemigo, ni justicia!”. (Memorando reservado “para el doctor Subiza”. De su puño y letra, con triple subrayado). (Esta misma frase la vuelve a repetir desde el exterior en junio de 1972, y se difundió por televisión a todo el país los días 21 y 22-6-72).-

“¡Ah… si yo hubiese previsto lo que iba a pasar… entonces sí: hubiera fusilado al medio millón, o a un millón, si era necesario. Tal vez ahora eso se produzca”. (9-5-70).-

“Si yo tuviera 50 años menos, no sería incomprensible que anduviera ahora, colocando bombas o tomando la justicia por mi propia mano”.-

“Objetivo: Lista de dirigentes opositores; lista de instituciones reconocidas como desafectas al gobierno; lista de opositores o de casas comerciales dirigidas o ligadas a los opositores; lista de representaciones cuyos gobiernos realizan campañas opositoras al nuestro. Personal: Serán empleados grupos previamente instruidos y seleccionados de las organizaciones dependientes de la CGT y del Partido Peronista Masculino. Misión: Atentados personales; voladuras; incendios”. (Plan Político Año 1952).-

comentario del autor de esta página

este último párrafo

epa! justo cuando mis viejos, mis padres, me estaban haciendo!!!

EL TEXTO MÁS HERMOSO

EL TEXTO MÁS HERMOSO

ESTANDO EN LA RED SOCIAL DE FACEBOOK, EN LA QUE TENGO ALGUNAS AMISTADES, LES CUENTO QUE EL TEXTO MÁS HERMOSO, EL QUE MÁS ME GUSTÓ, EL QUE MÁS ME EMOCIONÓ, DE LOS RECIBIDOS EN EL 2013 Y LO QUE VA DE ESTE AÑO, ES EL DE UNA NIÑA, ORIANA, A QUIEN LA TENGO EN MIS CONTACTOS, PORQUE SUS PADRES SON AMIGOS MÍOS, QUE ESTUVIERON CONMIGO EN LAS BUENAS Y EN LAS MALAS (ESTAS ULTIMAS MAS NUMEROSAS QUE LAS OTRAS).

ESTO ES LO QUE NOS DICE ORI:

ORIANA

ORIANA

hola les quiero decir algo muy importante acuérdense de esto lo que importa de todo lo de nuestro alrededor no es la plata o tener una computadora o incluso una casacón dos pisos sino de abrirlos ojos y verla realidad lo que importa es la familia y tener salud si por ejemplo alguien quiere una pley y los papas le dicen que no , no hay que ponerse mal , y si por hay hacemos una macana y nos retan no es por que nuestros papas son malos es para que no lo hagamos nunca mas y también para cuidarnos no importa ser rico , pobre o no tener nada , pero hay una cosa que yo se quiero la sepan ustedes la plata compra un millón de cosas , pero la felicidad no la puede comprar yo no tengo mucha plata o sea que no soy millonaria, pero yo tengo algo que la plata no compra , familia , salud , amigos , felicidad y un millón de otras cosa pero no son celulares , computadoras , etc nunca piensen que todo se puede comprar a otra cosa acuérdense no importa ser lindo , alto , o ser como quiere uno si escucha que les dicen por ejemplo petisa o petiso fea o feo por ejemplo yo a mi me dicen dientona o conejo pero hay algo que me enseñaron mis papas nunca tenes que pensar eso yo por ejemplo se que tengo dientes grandes pero no pongo triste por que tengo muchas cosas mejores por ejemplo soy inteligente , tengo buenas notas y soy muy buena persona y eso no me afecta no lo olviden o escuchen lo que dicen por que no simpre decimos algo correcto aprendamos eso y enseñen a los demas

La lección de Nelson Mandela

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por Rogelio Alaniz

ralaniz@ellitoral.com

Su muerte era previsible, como seguramente lo será su fama. Pertenece al selecto linaje de los que se ganaron la santidad en vida. Se llamaba Nelson Mandela y fue uno de los políticos y jefes de Estado más prestigiados del mundo. Como Mahatma Gandhi, a quien admiró y reivindicó o como Martin Luther King, Mandela es considerado un paradigma de humanista, uno de los grandes hombres del siglo veinte, el titular de una grandeza que excede la política para expresar los grandes ideales de la humanidad: la paz, la justicia, el honor.

Algunos dicen que es un santo, otros aseguran que fue un buen jefe de Estado; no faltan los que lo critican porque no terminó con la pobreza de Sudáfrica. La discusión, en ese nivel, carece de relevancia: santo, jefe de Estado, reformista, es una de las grandes personalidades del siglo veinte, un ejemplo para tener en cuenta, un testimonio a reivindicar por todos los pueblos.

Sabemos que Mandela fue el líder de la resistencia al apartheid institucionalizado por los blancos que gobernaban Sudáfrica. Los duros y codiciosos dirigentes del llamado Partido Nacional, los célebres boers que resistieron a Churchill y en algún punto le hicieron la vida imposible, los mismos que se jactaban de la dureza de sus corazones, suponían que el poder en Sudáfrica era el producto de un mandato de Dios que, como todos saben, es blanco.

El partido del Congreso Nacional Africano fue el movimiento de liberación nacional que se propuso resistir al racismo, la discriminación y la explotación. Mandela, como la mayoría de los jefes de los movimientos de liberación nacional de África, llegó a creer en un momento que la lucha armada podía ser una salida. Eso creyó y tenía buenas razones para pensar así. La represión de los boers era durísima. La masacre de Sharpaville fue espantosa. No había sido la primera, tampoco sería la última.

En realidad. Mandela fue el más prudente de todos. Apoyó la lucha armada en algún momento, pero siempre fue un partidario de la resistencia pacífica. Fueron las salvajes represiones ordenadas por los jefes del apartheid los que lo fueron empujando hacia la salida militar. Cuando fue detenido por primera vez ya pensaba que el camino violento no conducía a ningún lado. No pensaban lo mismo sus compañeros de partido y mucho menos sus enemigos del Partido Nacional.

Sus discusiones, sus debates internos con compañeros militantes, no le impedían sufrir las consecuencias de la represión. En 1956, fue detenido por primera vez. Después lo encarcelaron en 1964. Esta vez la prisión fue larga, demasiado larga para cualquier persona, incluso para Mandela. Cuando cayó en la cárcel, Mandela tenía 46 años; cuando salió, hacía rato que había cumplido setenta.

El primer ministro que ordenó su libertad se llamaba Frederik le Klerk. No era un dialoguista, mucho menos un reformista. Por el contrario, era un duro, un duro acorralado y aislado en el mundo que entendió que la única alternativa que le quedaba al régimen era liberar a Mandela e iniciar el proceso de apertura social y política. Le Klerk no actuaba dominado por las convicciones sino por las conveniencias. A regañadientes, tapándose la nariz, admitió que en Sudáfrica era necesario gobernar con los negros.

Después de 27 años de cárcel, gran parte de ellos en condiciones muy duras, Mandela recuperó la libertad. Esto ocurrió el 21 de febrero de 1990. Se suponía que la libertad del líder negro sería el punto de partida de una ofensiva política tendiente a tomar el poder por la violencia. Nada de ello ocurrió. Para sorpresa de algunos, para disgusto de otros -y para admiración de la mayoría-, Mandela empezó a hablar no de liberación nacional sino de reconciliación nacional. ¿Claudicación?, ¿traición a los ideales? Todo eso se pensó. Es más, no faltaron los que dijeron que Mandela se había quebrado en la cárcel, o que había sido corrompido por sus verdugos. Por supuesto que estaban equivocados. Algunos se arrepintieron de haberlo acusado de las peores cosas; otros siguen pensando más o menos lo mismo.

Mientras tanto, en 1993, a Mandela y Le Klerk les entregaron el Premio Nobel de la Paz. En realidad el destinatario efectivo era Mandela. La humanidad lo recordará a él; Le Klerk será, en el mejor de los casos, un duro que admitió a regañadientes lo inevitable. Mandela y Le Klerk no son lo mismo, ni por pasado, ni por ideales, ni por condición humana. Los unió un premio, y los unió -es posible-, por razones distintas.

Al momento de dejar la prisión, el destino de los sudafricanos dependía de una palabra de Mandela. Un “Sí” a favor de la violencia representaba la guerra civil. Un “No”, representaba la paz, aunque el precio a pagar -dijeron algunos- fuera el de postergar las reivindicaciones sociales. Mandela se pronunció a favor de la paz. Le tendió la mano a sus verdugos. Fue su primera lección humanista. No la última. Siete años después, cuando concluyó su presidencia, decidió retirarse de la política. ¡Qué lección para los pueblos! El hombre más amado de Sudáfrica, el más respetado -incluso por sus adversarios y enemigos-, en lugar de perpetuarse en el poder, en lugar de hacer lo que reclamaban sus incondicionales, es decir, asegurar su reelección, se retira de la política, apuesta a favor de la alternancia, rechaza el culto a la personalidad y le dice que no al irresistible becerro de oro del poder. Lo expresó con singular claridad en uno de sus grandes discursos: “Durante toda mi vida me he dedicado a esta lucha del pueblo africano. He peleado contra la dominación blanca y peleado contra la dominación negra. He buscado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía e igualdad de oportunidades. Es un ideal que espero poder vivir para realizarlo. Pero si es necesario, es un ideal por el cual estoy preparado para morir”. Perfecto. Ni una palabra de más, ni una palabra de menos.

Con Mandela, los negros en Sudáfrica dejaron de ser los esclavos, los parias, los discriminados por el color de su piel. ¿Se resolvieron todos los problemas? Por supuesto que no. En Sudáfrica, hay pobreza, hay miseria, hay marginalidad. Los blancos han perdido el poder político pero mantienen el poder económico. Es verdad que en estos años muchos negros se han integrado al sistema, es verdad que ningún negro ahora es descalificado por ser negro; pero, ¿acaso no hubiera sido mejor tomar las armas, derrotar a los blancos, expropiarles su fortuna y repartirla entre los pobres negros?

Por supuesto que la tentación era grande. Mandela no la desconocía, nunca la dejó de tener en cuenta, pero a la hora de decidir optó por la salida pacífica. ¿Se equivocó? Para nada. La alternativa de guerra civil como acción depuradora o como antesala de la liberación final de un pueblo se ha revelado a lo largo del siglo veinte como una fuente de nuevas y renovadas desgracias. La guerra masacra gente (¿vale la pena recordarlo?), destruye fuerzas productivas, profundiza odios, desgarra con heridas irreparables el tejido social. Alguien gana al final -es cierto- pero esa victoria se paga con pobreza, miseria, odios ancestrales y, por si fuera poco, con la instalación de un régimen despótico, de una dictadura.

Todas estas consideraciones fueron tenidas en cuenta por Mandela a la hora de decidirse. Los grandes dilemas de los grandes hombres siempre los resuelven en soledad. Hay un momento en que se dice “sí” o “no”. Son decisiones desgarrantes, plagadas de dudas, pero decisiones al fin. Mandela optó por la paz. No ignoraban las dificultades que merodeaban; las postergaciones que había que soportar, pero prefirió el camino de la paz largo, tortuoso pero limpio, al camino de la guerra, con sus cantos de sirena, que en nombre de coartadas históricas precipitan a los hombres en nuevos infiernos.

(Fragmento publicado el 21 de julio de 2009

Los curas no son pedófilos, sino “efebófilos

El Vaticano afirma que los curas

no son pedófilos, sino “efebófilos”

El observador permanente de la Santa Sede ante la ONU afirma que se trata de “homosexuales atraídos por adolescentes”

http://www.elpais.com/

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El Vaticano cree que los casos de pederastia y abusos sexuales en el seno de la Iglesia católica son los mismos o menores que los que suceden en otros ámbitos religiosos. En una declaración emitida tras una reunión del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ginebra, Silvano Tomasi, observador permanente del Vaticano ante la ONU, señaló que “dentro del clero católico, sólo entre el 1,5% y el 5% de los religiosos ha cometido actos de ese tipo”. Tomasi añadió que la proporción es mucho mayor entre “los familiares, cuidadores, amigos y parientes de las víctimas”.

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Además, agregó incorporando un matiz inédito, “no se debería hablar de pedofilia sino de homosexuales atraídos por adolescentes. De todos los curas implicados en casos de este tipo, entre el 80% y el 90% pertenecen a la minoría sexual que practica la efebofilia, es decir, los que tienen relaciones con varones de los 11 años a los 17″.

Tomasi respondió a las críticas vertidas por un miembro de la Unión Internacional Humanista y Ética, Keith Porteous Wood, que acusó a la Iglesia de tapar los abusos a menores y de violar varios artículos de la Convención de Derechos del Niño. El arzobispo rechazó que la responsabilidad principal se dé entre los católicos, y citó estadísticas del periódico Christian Science Monitor, que muestran que las iglesias de Estados Unidos más afectadas por los abusos son las protestantes, mientras que en las comunidades judías es también un hecho “frecuente”.

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La declaración concluyó: “Igual que la Iglesia católica se ha ocupado de limpiar su propia casa, sería bueno que otras instituciones y autoridades, donde se reportan la mayor parte de los abusos, hagan lo mismo e informen al respecto”.

Las frases de Tomasi, adelantadas por el diario británico The Guardian, fueron recogidas por el rabino Joseph Potasnik, jefe de la Junta de Rabinos de Nueva York, quien afirmó que “la tragedia comparada es un camino peligroso de recorrer. Todos tenemos que mirar dentro de nuestras comunidades. El maltrato infantil es pecaminoso y vergonzoso, y debemos expulsar a quienes lo cometan de inmediato”.

Las noches romanas de los curas homosexuales

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La revista Panorama publicó una investigación en la que muestra a varios sacerdotes que frecuentan el circuito nocturno gay de la capital italiana; la respuesta de la Iglesia.

NOTA:

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1287522

Pego el texto por si La Nación se arrepiente y la saca:

Las noches romanas de los curas homosexuales

Por Elisabetta Piqué
Corresponsal en Roma

ROMA.- “Las noches bravas de los curas gays”. Es este el título de la nota de tapa del semanario Panorama salido hoy en los quioscos de Italia, que revela la doble vida de algunos sacerdotes que viven en esta capital -centro del catolicismo debido a la presencia del Vaticano- que, de día, son normales curas que visten su hábito; mientras que de noche son hombres perfectamente integrados en el mundo gay romano.

Durante casi un mes un cronista de Panorama -revista editada por Mondadori, editorial del premier italiano, Silvio Berlusconi-, acompañado por un cómplice, se infiltró en el ambiente gay de esta capital. Así, descubrió una realidad inédita formada por sacerdotes que de noche participan de fiestas nocturnas con acompañantes de sexo masculino, tienen relaciones sexuales con compañeros ocasionales; frecuentan chats y reuniones gays.

Panorama describe especialmente tres casos: el de Paul, el de Carlo y el de Luca, nombres ficticios para proteger la identidad de los sacerdotes en cuestión. El primero es un francés de unos 35 años, que el cronista del semanario se encontró la noche del viernes 2 de julio en una fiesta gay de un local del barrio de Testaccio, en Roma.

Roma de noche. Durante esa velada, en la que participaban dos escorts varones que bailaban semidesnudos con el cura y con otros invitados (practicando luego sexo con algunos de ellos), se encontraba Carlo, el segundo cura, un italiano de entre 45 y 50 años. Esa noche, según el relato en primera persona de Panorama , termina en la casa de Paul, donde el cómplice del cronista antes le pide al cura de ponerse la sotana y luego mantiene una relación sexual con él, filmada por la cámara oculta.

La noche siguiente, Paul y Carlo citan al cronista de Panorama junto a su cómplice en el Gay Village de Roma. En esta ocasión, Carlo desaparece y aparece varias veces: luego explica que se vio obligado a hacerlo para evitar encontrarse con otras personas que conoce, otros curas o seminaristas. La noche termina también con sexo, siempre filmado por la camarita oculta. Otro día, Paul celebra misa sobre una mesa de su casa ante sus invitados.

En otra oportunidad, Carlo invita al cronista de Panorama a un restaurante del centro de esta ciudad, frecuentado según él por varios sacerdotes homosexuales. En la mesa de al lado hay una pareja: uno de ellos también es sacerdote, y el otro, su novio. “Carlo cuenta que ha descubierto sus verdaderas tendencias sexuales hace tres años, al entrar en el giro romano y frecuentando a otros sacerdotes. Jura que al menos el 98% de los curas que conoce es homosexual y que los demás reprimen su sexualidad: los más frustrados serían los que exhiben hábitos decorados con encajes”, escribe el cronista de Panorama . “Dice que en la Iglesia de hoy, hay una parte «intransigente» que se esfuerza en no mirar la realidad, y otra más «evangélica» que reconoce y acepta el fenómeno de los curas gays”, agrega.

Al finalizar la cena, Carlo llevó al cómplice de Panorama a su departamento, conectado con una estructura eclesiástica, y tiene una relación con él, también filmada por una cámara oculta. El cronista, por otra parte, filma a Carlo mientras celebra misa en una iglesia.

El tercer cura, Luca, también italiano, de 25 años, es hallado por Panorama a través de un chat homosexual en Internet. Hecho el contacto, Luca mantiene una relación con el cómplice del cronista en su habitación del barrio de Trastevere, frente a una iglesia misionera católica. “Después de la relación sexual, Luca abre su ropero y muestra sus hábitos sagrados […]. Mientras acompaña hasta la puerta al amante ocasional le pregunta si quedó satisfecha su curiosidad de «tener relaciones sexuales con un cura». Luca cuenta que por lo general ocurre lo contrario: después del cortejo en chat, cuando dice que es cura muchos se escapan”.

La respuesta de la Iglesia. Los sacerdotes homosexuales que lleven supuestamente una doble vida “por coherencia deberían revelarse”, ya que “nadie los obliga a seguir siendo curas, aprovechando exclusivamente de los beneficios” que conlleva esa condición, afirmó la diócesis de Roma tras conocerse la investigación.

“Quienes conocen la Iglesia de Roma, donde viven también varios centenares de curas provenientes de todo el mundo -que estudian en sus universidades pero no forman parte del clero romano ni están empeñados en su pastoral- no se reconocen para nada en la conducta de estos expertos de la ´doble vida´, que no han comprendido lo que es el sacerdocio católico”, aseguró en una nota.

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Una mirada diferente

DIARIO EL LITORAL DE SANTA FE http://www.ellitoral.com/

Padre Hilmar Zanello

Nuestra manera de actuar depende, en gran parte, de nuestra manera de mirar las personas, los hombres, las mujeres, las cosas y la vida. Una mirada cargada de tristeza o pesimismo puede contagiar una depresión, mientras una mirada surgida del optimismo vital puede arrojar mucha luz en el corazón del otro. La mirada de un exaltado contagia y desestabiliza el equilibrio humano, así como una mirada que irradia comprensión y paz puede servir como un verdadero sedante en esta vida vertiginosa. El Evangelio de Jesús, que nos cuenta las maneras con que Él miraba a la gente, certifica racionalmente el poder de sus miradas sobre la condición humana del otro.

El Evangelio de san Lucas refiere aquellas sabias palabras del Maestro que constatan la trascendencia positiva o negativa de las miradas humanas. Allí dice Jesús: “La lámpara de tu cuerpo son tus ojos; si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tus ojos están enfermos, tu cuerpo entero estará a oscuras. Cuida entonces que tu luz no se convierta en tinieblas” (Lucas 11, 34 35).

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Si leemos con atención las primeras páginas de la Biblia, en el libro del Génesis encontramos el poder de una mirada equivocada que aconteció en la primera mujer, Eva, cuando, según dice el texto: “Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer… apacible para la vista…. tomó del fruto (prohibido) y comió” (Génesis, 3,6). Fue aquella una mirada “egocéntrica”, donde la tentación de los ojos le ganó a la fidelidad del mandato divino: de “este árbol no comerás”. Este relato bíblico es un paradigma que se repite humanamente, oscureciendo con el mal el corazón del hombre cada vez que la lámpara de nuestros ojos deja de iluminarnos.

Para nuestra cultura con tendencias marcadamente mercantilistas que inclina a mirar al hombre como un “engranaje de producción o de consumición”, vaciándolo de la dignidad de persona humana, vale la pena volver a recordar las palabras del Evangelio y los ejemplos de Jesús para que las tinieblas deshumanizadoras se carguen de luz sanadora.

Ver al hombre como persona es no sólo mirarlo, sino admirarlo. Sorprenderse por su originalidad y hondura con su dignidad de ser único y descifrar sus rasgos, llegando a captar como un mensaje que nos llega de parte del que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

Quien no sabe captar ese mensaje emitido por la realidad humana que nos interpela es como si estuviese dominado por una ceguera existencial.

La raíz del cristianismo consiste en hacer del otro un prójimo y del prójimo, un hermano.

Mirando con una mirada que descubra la dignidad del hombre con una carga de respeto, comprensión y valoración, la lámpara de nuestro cuerpo, que son nuestros ojos, nos llevará a una aproximación del mismo Dios, según la expresión del filósofo español Xavier Zubiri: “La persona humana es de alguna manera Dios; es Dios humanamente”.

Los que pudimos ahondar en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios o hayamos leído parte del Concilio en “Gozo y Esperanza”, en su número 22, podemos constatar la veracidad de estas afirmaciones. Lo contrario sería caer en lo que penosamente podemos constatar como el reinado antihumano de la ley del más fuerte o del que más puede ejercer el dominio sobre el otro.

Recordando ahora el estilo de vida de Jesús, podemos constatar que la mirada de Jesús no era como la de los fariseos radicales, que sólo veían impiedad o ignorancia de la ley e indiferencia religiosa.

Tampoco miraba como Juan el Bautista, que veía en el pueblo pecado, corrupción. La mirada de Jesús estaba llena de cariño, respeto y amor. Se compadecía ante las multitudes desamparadas como ovejas sin pastor. Sufría al ver tanta gente perdida y sin orientación… le dolía ver a la gente cansada, sin contención y maltratada.

Aquellas personas eran más víctimas que culpables; necesitaban conocer una vida más sana que ser condenadas.

Por eso llamó a sus discípulos no para condenar, sino para curar toda enfermedad y dolencia.

¿No será un desafío, para humanizarnos más y sanarnos fraternalmente, asumir en nuestras relaciones las miradas de Jesús?