Los Abipones

Los Abipones,  con los tobas y mocovíes,  pertenecían a la gran familia lingüistica guaykurú de la región chaqueña, conocidos como “los frentones”. Cazaban para alimentarse, tapires, venados, pecaríes y tatúes; esta dieta la completaban con la recolección de  hierbas y frutos.

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Muy habilidosos en la guerra, defensiva y luego obligadamente ofensiva, resistieron hasta el final del siglo XIX, cuando las campañas militares exterminaron a sus últimos representantes.

 

Los Abipones, ocupaban el terreno comprendido entre el arroyo El Rey, en el norte de la provincia de Santa Fe, hasta las postrimerías del Río Bermejo. No estaban organizados como nación, pero pese a la vastedad de la región ocupada, y a la ausencia de un Estado como se lo entiende jurídicamente, se identificaban por la cultura. Los aspectos económicos y sus actividades, diferían de un lugar al otro, estando condicionados por las distintas características geográficas.

 

Muy antiguamente, un cura jesuita, Martín Dobrizhoffer, convivió con nuestros Abipones, en los albores de la invasión española perpetrada en estas tierras, dejándonos una historia de estos aborígenes, en la que destaca que entre los mismos se diferenciaban tres fracciones, distinguidas entre ellas, por el hábitat  en el que desempeñaban sus habilidades. Los nativos abipones, más o menos asentados en el campo, eran los Riikahé, mientras que los Jaaukanigás  estaban más cómodos en las zonas de aguas, conformando finalmente la gente del monte el grupo de los Kakaigetergehé.

Perseguidos y casi aniquilados por los españoles, durante el siglo XVII, estos tres grupos se unen, adoptando las mismas costumbres, y unificando su lenguaje; de esta forma vivían amistosamente entre ellos, con un único enemigo natural y lógico: el español. Otro jesuita, el padre Guillermo Furlong, en su obra “Entre los Abipones del Chaco”, dice: “Pocos fueron los grupos indígenas americanos que en forma metódica e intensa tomaron la ofensiva contra los invasores. Entre los más destacados que actuaron en la región oriental de Argentina, merecen especialísima atención los Mocobíes, los Tobas y los Abipones. Estos últimos apenas molestaron a los españoles en todo el curso del siglo XVII, pero su saña y enemistad fue creciendo más y más durante la primera mitad del siglo XVIII, hasta llegar a ser en tiempos posteriores el terrible flagelo de las ciudades de Salta, Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, Santa Fé, Corrientes y Asunción.”

Tratemos de ponernos en su mente y comprenderemos como veían y padecían al invasor; un opresor invisible que destruye su precaria ley y organización social tribal; citando a Manuel Enrique Landsman, el enfrentamiento con el español, hizo que el aborigen tomara conciencia de su fortaleza, resistencia, velocidad –eran unos magníficos jinetes- y también de su territorio. Esto último, en mi opinión, un primitivo sentimiento de “patria”, por otro lado totalmente legítimo.

 

Cuando los españoles cayeron en la cuenta que eran unos ineptos para hacerle la guerra a tan aguerrido pueblo de aborígenes, optaron por las Reducciones, que podían en los menos de los casos ser voluntarias, por pactos logrados, siendo las más forzosas, cuando lograban vencerlos en alguno de los encontronazos.

 

Es conveniente volver a leer al jesuita Furlong. Escribía esto: “Una de las cosas que los inclinaba a la vida civilizada y estar en las Reducciones era el que había ovejas de cuya lana se aprovecharían para vestirse. Esta ventaja y la de tener carne abundante eran dos razones que los detenían en la Reducción pues ellos decían abiertamente que por lo demás la guerra con los españoles les era más provechosa que la paz con ellos, pues en la primera se posesionaban de sus bienes. Con gente de esta índole nada se podía si no había algo para darles. Ningún orador, ningún apóstol podría con ellos si no era mediante regalos y ventajas materiales. Aunque les apareciera un Angel no le harían caso si venía con las manos vacías, y recibirían con júbilo al Demonio si traía una de las cosas que ellos desean”.

 

 

Dice el Fraile Martín, de apellido difícil, que aparte de destacarse por su porte, se tatuaban el rostro –las figuras que los adornaban no solamente eran pura coquetería sino que indicaban pertenencia a una determinada familia y rango militar- y el cuerpo y que sus formas eran “nobles, rostro hermosos y rasgos similares a los europeos…”

Al describirlos físicamente, destaca el citado cura que no criaban panza, se mantenían atléticos, y que mantenían  formas proporcionadas carentes de defectos.

Si bien es cierto que los Abipones, al igual que otras tribus emparentadas con ellos, no crearon grandes civilizaciones ni mucho menos obras arquitectónicas, tenían su propia cultura. Por ejemplo, las mujeres de la tribu, eran las encargadas del arte funerario, dispensado a los muertos, que eran objeto de un gran respeto y complicado ceremonial. En la obra de este sacerdote, acerca de las creencias de estos indios, se puede leer lo siguiente: “…tienen la innata convicción de que al morir el cuerpo no muere el alma…”

Respecto a las pompas fúnebres, las había de primera y de segunda, y porqué no también de cuarta. En las primarias, el cuerpo del difunto era depositado tal cual, sin alteraciones o modificaciones. En las de segunda, el cuerpo recibía ya un tratamiento, que incluía el descarne, metiendo luego los huesos en una bolsa de cuero. Esto último era aplicable, y con toda lógica, a los individuos que morían lejos del asentamiento, como los guerreros en combate, los que sufrían un accidente como ser atacados por alguna fiera. El procesamiento de los despojos mortales tiene su explicación: debían acondicionarlos para transportarlos hasta su morada definitiva, con largas jornadas de marcha, porque nunca abandonaban a ninguno de sus muertos en el campo de batalla.

Dobrizhoffer dice también: “Una de las rarezas de los Abipones,… es depositar al lado de los sepulcros ollas, vestidos, armas y caballos… es increíble con cuánta religiosidad los Abipones rinden honores a sus muertos antes sus sepulcros”. Los más encumbrados miembros de la tribu, recibían en el sepulcro honores especiales, los que incluían  los adornos con vasos ceremoniales.

 

Destinaban el terreno de sus camposantos, a parcelas alejadas de la población, por una doble razón de mucho peso en sus creencias: la primera, no interrumpir el descanso de sus antepasados con las celebraciones o demás ruidos “urbanos” y la otra para no toparse con los espíritus que en sus creencias, deambulaban por los montes, en forma de sombras, volviendo a veces al cuerpo de sus muertos. Esos espíritus emitían diversos sonidos que llegaban a los oídos de la indiada, a veces con forma de canto de patos, cuando una bandada nocturna de éstos sobrevolaba el poblado.

Al producirse la muerte de uno de los suyos, estos bravíos abipones no ocultaban sus muestras de dolor. Así lo describe nuestro mentado jesuita escriba: “la mujeres rodean al muerto, forman dos largas filas que se sitúan a ambos lados del difunto, todas tienen en su mano derecha instrumentos musicales hechos con calabazas. En el frente, la de mayor edad  hace sonar una trompeta y comienza una danza que es acompañada con tristes lamentos. En la calle, todas las mujeres casadas y viudas acuden con sonajas que agitan constantemente; otras lleven tambores hechos con vasijas de cerámica a las que les colocan cueros de ciervos, así, en una larga fila expresan su dolor moviendo el cuerpo y llorando en forma colectiva.

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Las mujeres también preparan la sepultura y lo hacen de esta manera: Cavan una fosa de poca  profundidad en el lugar donde se han de colocar el cadáver… Colocan una olla en lo alto del sepulcro, a modo de corona…

Dice la señora del profesor y paleontólogo Ruggeroni: “…en el mes de julio de 1975, haciendo excavaciones en el Cerrito I del Arroyo Aguilar, en un lugar cercano al puerto de Reconquista, hemos exhumado una tumba… Se trata de un enterratorio primario. El individuo está acostado, boca arriba, con los brazos extendidos a ambos lados del cuerpo. En la cabeza se observa un vaso de cerámica que fue colocado a manera de corona. Lo que queremos destacar es lo siguiente: que el sacerdote Jesuita describe un enterratorio que él conoció entre los Abipones hacia el año 1750. Esa tumba por lo tanto tiene una antigüedad de 250 años. La que nosotros exhumamos en el Arroyo Aguilar fue fechada con el método del radiocarbono en la Universidad Nacional de La Plata y dio una antigüedad de 1830 +/- 50 años. Nunca como en esta oportunidad los testimonios arqueológicos y los datos proporcionados por los documentos  históricos coinciden con tanta aproximación. Las tumbas dejadas por los primeros habitantes de Reconquista hace unos 2.000 años eran de los Abipones éstos heredaron de aquellos las técnicas inhumatorias. Tal vez nunca podamos aclarar este interrogante pero debemos tener en cuenta que en una cultura el ceremonial vinculado con la muerte no cambia con mucha facilidad.”  

El sustento material de esta gente, provenía fundamentalmente de lo que lograban con la caza; de allí que los grupos no eran muy numerosos en cantidad de miembros; estos grupos no tenían una autoridad política propiamente dicha u organizada, siendo comandados por Nclareyrat  (cabeza) que los españoles denominaron luego como caciques.

Los jefes formaban parte de la nobleza india, y los cargos de mandones se heredaban de padres a hijos. Pero el populacho podía destituir muy legalmente, a cualquier cacique de sangre, si no tenía las cualidades que lo hacían digno para la jefatura. Estas cualidades estaban emparentadas fundamentalmente con el valor y destreza militar, pero tenían en cuenta también valores como la honestidad y la sinceridad. Se cuenta de un heredero que no pudo hacerse cargo del mando al morir su progenitor, simplemente por ser muy mentiroso. Además el aspirante o pretendiente al cargo, debía someterse a rigurosas pruebas. Lo cierto es que para nada eran machistas, ya que la mujer, aparte de ser gran animadora de la ceremonia de la toma del poder por un nuevo cacique, podía también ser elegida para desempeñar ese cargo. El rol político y económico de la mujer, era muy importante entre los Abipones. Estaban también encargadas de producir las vestimentas de la indiada, y sus diversos instrumentos.

Con las hojas del caraguatá, que recogían ellas mismas en excursiones de varios días por el monte, confeccionaban las vestimentas. También eran buenas alfareras, cociendo al aire libre la vasija u olla preparada con tierra, y con una cantidad de leña igual al tamaño de la pieza a terminar; es decir, que terminado el fuego y apagadas las brasas, estaba listo el artefacto diseñado. Adornaban artísticamente estas obras cerámicas, con figuras de animales.

Los Abipones usaban el hueso y la madera para fabricar diversos artefactos de uso diario o bélico. Aplicaban distintas técnicas, como ser el pulido y el tallado. El padre Martín Dobrizhoffer escribe: “…Cuando aún desconocían el hierro emplearon para combatir lanzas de madera a las que les habían fijado en la punta cuernos de ciervo…Lo que debe ponderarse en los abipones es que no sólo son expertos para arreglar sus armas sino para adornarlas, limpiarlas y pulirlas en forma casi excesiva. Las puntas de sus lanzas siempre resplandecen de modo que dirías que son de plata…”

Los objetos de piedra que tenían los abipones, al no existir montañas en la región, eran producto de su intercambio con otros pueblos. La aplicación de la piedra dio como resultado algunas herramientas como el hacha y otros punzones destinados a la agricultura, y por supuesto elementos indispensables para la guerra y la caza,  en especial puntas de flechas.

 

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LA ISLA DE PASCUA

Cientos de estatuas gigantescas —algunas erguidas sobre plataformas de piedra, otras enterradas o rotas sobre el suelo— dominan el horizonte de una remota isla de Polinesia de sólo 160 km2 de superficie: la Isla de Pascua, así llamada porque los europeos la descubrieron el día de Pascua de 1722.

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La Isla de Pascua (idioma rapanui: Rapa Nui) es una isla de Chile ubicada en la Polinesia, en medio del Océano Pacífico. Tiene una superficie de 163,6 km² (lo que la convierte en la mayor de las islas del Chile insular) y una población de 3.791 habitantes, concentrados principalmente en Hanga Roa, la capital y único poblado existente.

Aunque algunas de las estatuas (llamadas mocil por los polinesios) se hallan a la vera de caminos antiguos, fueron labradas originalmente para adornar los santuarios conocidos como ahu. Hasta la fecha se conocen 259 ahu. que son plataformas hechas con bloques de piedra de hasta 60 m de largo. En algunas de ellas se han encontrado tumbas: se sabe que los cadáveres se dejaban expuestos hasta que sólo quedaban los esqueletos, y después éstos se enterraban en bóvedas bajo los ahu.

Hay unas 1 000 estatuas en toda la isla, las cuales miden desde 1 m hasta 21 m de altura y al parecer son efigies de guerreros o de antepasados muy antiguos de sus constructores. La estatua más grande erguida alguna vez sobre un ahu medía 9.8 m de altura; hoy yace rota en el suelo, movida intencionalmente del ahu aunque no se sabe por qué. Se calcula que unos 90 hombres debieron de tardar 18 meses en labrarla y colocarla en su sitio.

Desde que la isla fue descubierta nunca ha tenido más de 4 000 habitantes, pero antaño su población debió de ser mucho mayor. Las estatuas no muestran raspaduras, lo que hace suponer que se usaron jaulas de madera para transportarlas. Hoy la isla casi carece de árboles, pero hay pruebas de que alguna vez tuvo bosques, así que seguramente había madera en abundancia para construir trineos de arrastre.

Las estatuas fueron labradas en toba, piedra formada por cenizas volcánicas arrojadas alguna vez por el pico Rano Raraku, situado en el este de la isla. Algunas tienen un enorme coronamiento labrado en una piedra llamada escoria roja; el más grande mide 1.8 m de altura por 2.4 m de ancho y pesa 11.5 toneladas, pero la mayoría de ellos son mucho más pequeños. Fueron extraídos del Punapau, pico volcánico ubicado en el suroeste de la isla.

En las canteras de Rano Raraku todavía pueden hallarse herramientas abandonadas que los habitantes de la Isla de Pascua llaman toki: azuelas y ciertas hachas de basalto, piedra volcánica oscura que se encuentra entre la toba, más blanda.

A medio camino enterrada hasta el pecho en una ladera del Rano Raraku, esta moai, como muchas otras, nunca llegó al santuario de destino. Labrada en la cantera, fue deslizada por la ladera hasta un foso para terminar de labrarla, pero allí se quedó para siempre.

Hay también allí 394 estatuas en diversas etapas de elaboración: algunas no son más que bosquejos trazados en la superficie de la roca; otras están casi terminadas y a punto de desprenderse de la cantera. Otras más yacen tiradas, y algunas se apoyan de costado en grietas de la roca.

La arqueóloga estadounidense Jo Anne Van Tilburg ha registrado y descrito 823 estatuas de la Isla de Pascua. Sus estudios revelan que cuanto más reciente es una estatua, más grande tiende a ser. La más voluminosa —aún en la cantera y sin terminar— mide 21 m de largo y pesa unas 200 toneladas. Al parecer las estatuas fueron hechas durante un periodo de varios siglos que terminó unos 200 años antes de que los europeos pusieran pie en la isla.

Cerca de la cima del Rano Raraku hay pares de hoyos de casi 1 m de profundidad, comunicados en el fondo de la roca por un canal y que al parecer se usaron para hacer pasar cuerdas. A los lados de dichos hoyos hay marcas que evidentemente fueron hechas por cuerdas de hasta 10 cm. de grosor, tal vez trenzadas con fibras vegetales como las del hibisco. También se usaron vigas de madera tendidas en canales de piedra para sujetar cuerdas, así como amarraderos labrados en las salientes rocosas.

Las estatuas eran bajadas lentamente con cuerdas por las laderas llenas de escombros del Rano Raraku. Hay 103 estatuas erguidas casi al pie de éste, en su mayoría enterradas hasta el cuello. Las excavaciones revelan que fueron deslizadas dentro de fosos abiertos ex profeso para colocarlas en posición erecta y poder así acabar de labrarlas.

Transporte de las estatuas

El finado profesor estadounidense William Mulloy planteó en ¡a década de 1970 que las estatuas eran trasladadas boca abajo hasta su sitio final, atadas a una especie de balsa o trineo de madera en forma de cuna. Pensaba que la forma barriguda de las moai se adecuaba a su idea y que dichas cunas pudieron haber sido movidas haciendo palanca entre dos postes grandes. Pero los estudios de Van Tilburg demuestran que debido al diseño de la mayoría de las estatuas ese método era imposible.

El método de transporte empleado por los antiguos polinesios debió de depender de una mano de obra suficiente y madera en abundancia. Recientemente han surgido pruebas de que ambos factores existían cuando fueron erigidas las estatuas. Los arqueólogos han descubierto los cimientos de piedra de muchas casas y aldeas, y rastros de que allí se construyeron estructuras de madera. Se calcula que entre 1000 y 1500 d.C., periodo en que fueron hechas las estatuas y los ahu, poblaban la isla unas 10 000 personas.

La primera prueba de que en la isla había madera provino del lago del cráter del propio Rano Raraku. El investigador inglés John Flenley tomó muestras del lecho del lago y descubrió que contenían grandes cantidades de polen fosilizado, que se había sedimentado con el paso de los siglos. El polen reveló que en la Isla de Pascua hubo durante unos 30 000 años una abundante vida vegetal, concretamente un bosque de palmas que perduró hasta hace unos 1.000 años.

Quizá los árboles fueron talados para ganar tierra de cultivo, cada vez más necesaria, y la competencia por el espacio tal vez ocasionó guerras que diezmaron la población.

Charles Love, otro profesor estadounidense, tiene una hipótesis más acerca del modo en que quizá fueron trasladadas las estatuas hasta su lugar: considera que fueron transportadas erguidas. Para probar su idea hizo una réplica de concreto de una de las estatuas y trató de trasladarla con un trineo movido sobre troncos de árboles.

Un grupo de voluntarios levantó la estatua jalándola con cuerdas, y luego mantuvo la tensión de éstas para evitar que se derrumbara mientras era trasladada. El dispositivo funcionó, aunque sólo algunas de las moai reales tienen base suficientemente grande para dicho método de transporte.

La arqueóloga Van Tilburg considera que el método básico de transporte era el horizontal: la estatua era parcialmente envuelta para protegerla y luego era colocada por medio de palancas y cuerdas en un trineo arrastrado sobre troncos. Con este método habría sido posible trasladar las estatuas de 4 o 5 m de altura, pero las más grandes quizá no habrían llegado a más de 1.6 km de la cantera.

Colocar una de las estatuas sobre su pedestal era una auténtica proeza. En la década de 1960 el profesor Mulloy y un grupo de isleños levantaron siete moai de 16 toneladas de peso en la parte occidental de la isla. Abajo se muestra cómo pudieron ser erigidas por los escultores originales.

LA ODISEA DE LA ESTATUA DEL SANTUARIO: Paro, la estatua más grande de la Isla de Pascua, yace rota frente a su ahu: quizá medía 9.8 m de altura y pesaba 82 toneladas. El profesor estadounidense William Mulloy calculó que fue necesario el trabajo de 30 hombres durante un año para esculpir la estatua, el de 90 durante dos meses para trasladarla casi 6 Km. de la cantera a la costa, y el de otros 90 durante tres meses para erigirla. El coronamiento, de 1.8 m de altura y 11 toneladas de peso, seguramente tuvo que ser rodado 13 Km. desde la cantera de Punapau. En 1970 Mulloy planteó que Paro quizá fue transportada boca abajo sobre un trineo de madera movido con dos postes atados en ángulo. Pero los expertos de hoy descartan dicha posibilidad.

El declive de la población de la isla de Pascua: Es posible que el auge del culto a Makemake significara que después del 1400 llegó a la isla otro grupo de colonizadores, pero nada puede afirmarse con certeza. Sí es sabido que, en algún momento con posterioridad al 1600, estalló la guerra. La madera comenzó a escasear, y sin ella la vida se hizo muy difícil.

Era imposible reemplazar las canoas perdidas, y no se podían construir buenas casas. Sin árboles, la tierra degeneró, y al no poderse contar con las cosechas, escasearon los alimentos. Mujeres y niños capturados en las acciones de guerra eran devorados. Y los ahu fueron invadidos por enemigos que derribaron las imágenes ancestrales.

Las leyendas refieren una gran batalla que tuvo lugar tan sólo una generación antes de la llegada de los buques europeos, y que terminó con la captura y exterminio de los «orejas largas» por los «orejas cortas». Estos pueblos debían de ser descendientes de diferentes culturas, del este y del oeste, impelidos a la guerra por la escasez de árboles y el hambre.

Los informes de las escasas naves europeas que visitaron la isla hablan de guerra continuada, hambre y miseria. En 1838 quedaban en pie pocas de las grandes estatuas. En 1862, los negreros peruanos se llevaron a todos los hombres y las mujeres aptos a las minas de Perú, donde sucumbieron víctimas de las enfermedades. Los pocos que lograron regresar llevaron a la isla la viruela y la lepra.

En 1877, la población de la isla estaba reducida a 110 habitantes. En 1888, el territorio quedó anexionado a Chile. Gracias a-una mejor alimentación y cuidados médicos, la población sobrevivió lo suficiente como para ver su isla convertida en sede de uno de los grandes enigmas del mundo moderno.

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Las plataformas funerarias llamadas ahu eran construidas con bloques de roca volcánica. Por la parte que daba a tierra, poseían largas rampas de piedras ordenadas en hileras. El ahu de mayores dimensiones es el de Vinapu, en la costa sur.

 

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Enigmas de la Humanidad Ciudades

PLANETA SEDNA

Un poco de historia

AVELLANEDA

 

 

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AVELLANEDA

 

Avellaneda es una ciudad pujante y progresista, emplazada a la vera de la ruta nacional Nº 11, en la margen izquierda del Arroyo El Rey, 330 km al norte de Santa Fe, y a 792 km de Capital Federal. Junto con su vecina Reconquista, conforma lo que se denomina el Área Metropolitana, un conglomerado urbano de más de 100.000 habitantes.

MONUMENTO A LA CIUDAD

MONUMENTO A LA CIUDAD

La ciudad de Avellaneda tuvo su origen el 18 de enero de 1879 con la llegada de un grupo de familias provenientes de la Región del Friuli – Venezia Giulia, y algunos de la provincia autónoma de Trento, Italia, atraídos por los postulados de la Ley 817 de Inmigración y Colonización, promulgada por el presidente argentino Nicolás Avellaneda. Aquellas familias se instalaron en la margen izquierda del arroyo, y esa fecha fue tomada como fundación de esta importante ciudad santafesina que lleva el nombre de aquel ilustre mandatario nacional.

PLAZA CENTRAL Y TEMPLO

PLAZA CENTRAL Y TEMPLO

 
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PRESIDENTE DE LA ARGENTINA - NICOLÁS AVELLANEDA

PRESIDENTE DE LA ARGENTINA – NICOLÁS AVELLANEDA

Los primeros habitantes se dedicaron fundamentalmente a la actividad agrícola. El trabajo, la unidad familiar y los principios cristianos que los mantuvieron firmes frente a las adversidades y les dieron fuerzas para vencer los múltiples obstáculos con que se encontraron, siguen siendo características distintivas de sus habitantes.

MONUMENTO A LOS INMIGRANTES

MONUMENTO A LOS INMIGRANTES

 

Cuenta la historia lugareña que en el mes de agosto de 1879, el coronel Manuel Obligado -fundador de Reconquista-, reunió a los inmigrantes para agasajarlos con un asado. Al finalizar el almuerzo, propuso que en homenaje al entonces presidente argentino, pusieran el nombre de Presidente Nicolás Avellaneda al pueblo que estaba surgiendo. Mudo testigo de ese importante momento fue un quebracho que aún se conserva en la plaza central.

QUEBRACHO HISTÓRICO

QUEBRACHO HISTÓRICO

 

JOSÉ NARDÍN - PRIMER NACIDO EN AVELLANEDA HIJO DE INMIGRANTES

JOSÉ NARDÍN – PRIMER NACIDO EN AVELLANEDA HIJO DE INMIGRANTES

 

plaza nueve de julio

plaza nueve de julio

 

ANFITEATRO EN LA PLAZA CENTRAL

ANFITEATRO EN LA PLAZA CENTRAL

 

MONUMENTO A LOS HÉROES DE MALVINAS EN AVELLANEDA

MONUMENTO A LOS HÉROES DE MALVINAS EN AVELLANEDA

 

AVELLANEDA Y RECONQUISTA

AVELLANEDA Y RECONQUISTA

 

GENERAL OBLIGADO

GENERAL OBLIGADO

DIONISIO SCARPÍN - INTENDENTE ACTUAL

DIONISIO SCARPÍN – INTENDENTE ACTUAL

 

UBICACIÓN DE AVELLANEDA EN EL DPTO.GRAL.OBLIGADO

UBICACIÓN DE AVELLANEDA EN EL DPTO.GRAL.OBLIGADO

 

Una batalla silenciada

Panorámica del campo de batalla, con la cruz por los caídos.

 

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Una batalla silenciada

 

En Vuelta de Obligado, la Argentina sostuvo un cruento combate frente a una flota de intervención anglofrancesa. Tras los barcos de guerra que subían hacia Corrientes, seguían 90 naves mercantes dispuestas a darle el verdadero sentido a la expedición: abrir los mercados y transformar al Paraná en un río internacional. San Martín consideró a la Guerra del Paraná como una “segunda” gesta de la Independencia. Sin embargo, buena parte de la historiografía argentina aún prefiere esquivar la incomodidad de memorar aquella jornada.

TEXTOS. DANIEL CICHERO. Foto. Daniel cichero y el litoral.

En 1845, el Sitio de Montevideo entraba en su tercer año. Por entonces, los defensores apenas lograban sostenerse merced a los exiliados argentinos, al generoso financiamiento francés y a una vasta red de legiones extranjeras, conducidas por el mercenario italiano Giuseppe Garibaldi.

 

De un lado, federales argentinos junto a blancos uruguayos. Del otro, nuestros unitarios abrazados a los colorados orientales resistiendo en su último reducto. En Montevideo, se resolvía -una vez más- un nuevo capítulo de las eternas guerras civiles platenses. El presagio rondaba un triunfo del cerco militar de Rosas, Oribe y Brown, salvo que -como ya había ocurrido en tiempos de Lavalle- mediara una intervención europea y la guerra civil se enroscase aún más con barcos, soldados y dinero llegados de Londres y París.

 

Y al cabo, éso fue lo que ocurrió. La llamada Guerra del Paraná formó parte de un conflicto interno, pero incrementado por la intervención directa de quienes portaban intereses políticos y económicos de alcance global.

 

RÍO CERRADO

 

En la segunda mitad del año, comenzaron a llegar a Montevideo vapores de guerra de Francia e Inglaterra. Y pronto la vieja Armada de la Confederación -al mando de Guillermo Brown- quedó rodeada y fue entregada a los europeos por orden directa de Rosas. La idea fue dejarlos venir, evacuar Montevideo, Colonia, Martín García y resistir el avance francoinglés a lo largo del Paraná.

 

En Vuelta de Obligado, cerca de San Pedro, el Paraná hace una curva pronunciada y se estrecha hasta tener apenas unos 800 metros de ancho. Ese fue el lugar que eligió Lucio Norberto Mansilla para “cerrar” el río con tres gruesas cadenas sostenidas por 24 lanchones y fortificar la posición con 4 baterías de cañones. Lo de “baterías” suena ampuloso, eran apenas 35 cañones de calibres en desuso. Viejos bronces de 30 años a los que las nuevas técnicas de artillería habían dejado en la prehistoria de la nueva guerra industrial. Los europeos traían barcos a vapor, cañones de precisión, cohetes explosivos y bombas con espoletas, ya probadas en cuanta aventura colonial protagonizaban alrededor del mundo.

 

Vuelta de Obligado estaba defendida por 220 artilleros y 780 combatientes del Regimiento de Patricios. Pero además, se habían preparado a unos 300 vecinos de San Pedro, armados de apuro. La flota europea se mantuvo anclada en las cercanías durante dos días, pero el 20 de noviembre se puso en marcha y a las ocho y media de la mañana comenzó el fuego. Para entonces, el General Mansilla había recitado una arenga que quedaría grabada en los corazones de todos: “¡Allá los tenéis! Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra Patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea! ¡Viva la Patria!

 

Durante toda la mañana, una parte de la flota disparó sus cañones, tratando de neutralizar las baterías ubicadas más hacia el sur para facilitar el avance del resto de la fuerza hacia el cierre de cadenas. Lograron hacerlo, pero como resultado de esa acción, quedaron fuera de combate los bergantines Dolphin y Pandour. Mientras tanto, el único barco argentino presente -el Republicano- fue volado por su comandante Craig, luego de haberse quedado sin municiones.

 

Después de nueve horas de fuego, los lanchones encadenados fueron objeto de un furioso ataque, pero las baterías argentinas asestaron certeros disparos sobre la Comus y pusieron fuera de combate al San Martín, que fuera capturado en Montevideo y ahora navegaba para Francia. Al final de la jornada, se le contaron 156 impactos en su estructura.

 

ROTAS CADENAS

Los vapores ingleses Firebrand y Fulton recién lograron cortar las cadenas a media tarde. Luego también pasó la barrera el Gorgon, y entonces los tres vapores con sus poderosos cañones dirigieron su fuego a la Batería Manuelita, defendida por el coronel Thorne. Uno de esos cañonazos le estalló cerca al jefe, que desde entonces se ganó un mote que lo acompañaría el resto de su vida: el “sordo de Obligado”.

 

La defensa de las baterías fue denodada, pero hacia las cinco de la tarde las municiones se terminaron y entonces los europeos decidieron un desembarco para acabar con la última resistencia argentina. Fue el momento en que Mansilla se puso al frente de una una carga de infantería a bayoneta calada -él mismo resultó herido con la explosión de una granada- que logró hacer retroceder a los europeos hacia sus botes.

 

Al final del día todas las baterías habían sido silenciadas.

 

La escuadra anglofrancesa procedió a reparar provisoriamente sus navíos y a transportar sus heridos de regreso a Montevideo. Luego prosiguió río arriba, pero a principios de diciembre sufrió nuevamente ataques desde la orilla santafesina en el Paso del Tonelero, San Lorenzo y Angostura del Quebracho.

 

Al cabo, la escuadra francobritánica llegó a Corrientes, seguida de sus 90 buques mercantes. La prosperidad augurada fue un fiasco y muchos barcos volvieron con sus cargas casi intactas. A mediados de 1846, cuando la flota regresaba río abajo, otra vez se le obsequió bala. Pero para ese momento, a las potencias interventoras ya no les quedaba la convicción de sostener la idea de que el Paraná fuera un río internacional.

Vuelta de Obligado fue -desde el punto de vista técnico- una derrota militar. Sin embargo, sirvió para galvanizar a la Confederación y consolidar la perspectiva política de Rosas en su relación con las grandes potencias. Fue, al decir de San Martín, una “Segunda Guerra de la Independencia”. Desde su autoexilio francés, lo dejó por escrito en una carta a su amigo Tomás Guido: “Los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”. Y más tarde, le legaría su sable a Rosas

 

VICTORIA DULCE Y EFÍMERA

 

El triunfo diplomático argentino en la Guerra del Paraná se tradujo en los tratados que Gran Bretaña (Arana-Southern) y Francia (Arana-Lépredour) debieron firmar por separado. Allí se reconoció que la navegación del Paraná quedaba sujeta únicamente a las leyes y reglamentos de la Confederación. La flota argentina fue devuelta. La isla Martín García fue evacuada por los invasores y hasta se dispuso desagravios a la bandera argentina por parte de ambas armadas.  Fue una capitulación en toda la línea para las potencias imperiales.

Sin embargo, fue una gloria efímera. Los barcos de guerra ingleses y franceses ya no regresaron, pero el sistema federal crujió en los siguientes años con la deserción de Urquiza y el regreso del Brasil como actor protagónico en el conflicto regional.

Después de Caseros, los vencedores escribieron el relato dominante de la Historia Argentina, y allí ya no quedaría demasiado lugar para explicar las razones de una batalla que hizo brillar el prestigio de la Confederación rosista en toda América. El relato de la Guerra del Paraná y los detalles escalofriantes de Obligado quedaron arrinconados tras la apertura de un tiempo de acuerdos comerciales, de disputas por la Aduana, de tratados de libre navegación fluvial y hasta de empréstitos otorgados… por los invasores de antaño.

Casi se podría decir que Vuelta de Obligado se convirtió en un hecho incómodo de presentar. Porque -al cabo- cualquier reflexión sobre el relato histórico conlleva una mirada sobre el presente. Y la Guerra del Paraná aún hoy pelea por un lugar en el memorial de los argentinos.

¿Qué fue Obligado? ¿Una orgía de sangre ofrecida por una tiranía contumaz? ¿Una exhibición de resistencia inútil frente al avance de la nueva civilización industrial? ¿Un emblema del valor que supone la decisión de resistir a toda costa? ¿Un sanmartiniano “no permitir jamás ser comidos como empanadas”?

El 20 de noviembre de 1845 ninguno de aquellos argentinos tuvo el privilegio de la reflexión. Estuvieron, pelearon, fueron derrotados, enterraron a sus muertos y -sin darse cuenta- entraron en la Historia grande. Aunque la batalla haya sido silenciada y nuestra memoria todavía no alcance a resignificarla.

 

EN LA CANCIÓN

“Vuelta de Obligado”.

Letra: Miguel Brascó; Música: Alberto Merlo. Las versiones más conocidas son las interpretadas por el propio Merlo (CD Canto Surero) y por el uruguayo Alfredo Zitarrosa (CD Guitarra Negra, 1977).

 

PARADOJA

El billete de 20 pesos ilustra la batalla de Vuelta de Obligado, pero desde la perspectiva del invasor. Al fondo -y sin mayor protagonismo- se alcanza a ver la línea del cierre del río.

 

cañon

 

El cañón apuntando hacia el río Paraná.

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UN ALMIRANTE INGLÉS, UNA BANDERA ARGENTINA Y UNA CARTA

Durante casi 40 años, una de las banderas argentinas capturadas en Obligado quedó en manos del almirante inglés Sullivan. Ya anciano, en 1883, este marino se presentó al consulado argentino en Londres para devolver aquella bandera y enviarla a Buenos Aires, junto con una carta que había escrito de puño y letra. Decía así:

“En la batalla de Obligado en el Paraná el 20 de noviembre de 1845, un oficial que mandaba la batería principal (se refiere a la “Manuelita’) causó la admiración de los oficiales ingleses que estábamos más cerca de él, por la manera con que animaba a sus hombres y los mantenía al pie de los cañones durante un fuerte fuego cruzado bajo el cual esa batería estaba expuesta. Por más de 6 horas expuso su cuerpo entero. Por prisioneros heridos supimos después que era el coronel Ramón Rodríguez del Regimiento de Patricios de Buenos Aires. Cuando sus artilleros fueron muertos, hizo maniobrar los cañones con los soldados de infantería y él mismo ponía la puntería.

“Cuando nuestras fuerzas desembarcaron a la tarde y tomaron la batería, con los restos de su fuerza se puso a retaguardia, bajo el fuego cruzado de todos los buques que estaban detrás de la batería, defendiéndola con armas blancas. La bandera de la batería fue arriada por uno de los hombres de mi mando y me fue dada por el oficial inglés de mayor rango. Al ser arriada, cayó sobre algunos cuerpos de los caídos y quedó manchada de sangre.

“Quiero restituir al Coronel Ramón Rodríguez, si vive, o al Regimiento de Patricios de Buenos Aires, si aún existe, la bandera bajo la cual y en noble defensa de su Patria cayeran tantos de los que en aquella época lo componían. Si el Coronel Rodríguez ha muerto o si el Regimiento de Patricios no existe, yo pediría que cualquiera de los miembros sobrevivientes de su familia la acepten en recuerdo suyo y de las muy bravas conductas de él, de sus oficiales y de sus soldados en Obligado.

“Los que luchamos contra él, y presenciamos su abnegación y bravura, tuvimos un gran y sincero placer al saber que había salido ileso hasta el fin de la acción”. Almirante Sullivan.

JEFES DE OBLIGADO

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– Lucio N. Mansilla. Era el jefe militar de la Región Norte y encargado de la fortificación del lugar. Luego de la batalla, volvió a combatir a los anglofranceses en Acevedo, San Lorenzo y Angostura del Quebracho.

– Coronel Ramón Rodríguez. Jefe del Regimiento de Patricios. Sus fuerzas fueron diezmadas, pero continuó disparando hasta agotar su parque de municiones. Más tarde, participó en el contraataque que permitió rechazar los desembarcos de los infantes invasores. Su valor fue reconocido hasta por los enemigos.

– Thomas Craig. Cuarenta años después de haber llegado a Buenos Aires como invasor, junto a Beresford (1806), este irlandés se hallaba al mando del único barco argentino, el bergantín Republicano. Cuando se le agotaron las municiones, hizo volar la nave para que no fuera capturada y pasó con sus hombres en botes a la orilla bonaerense. Allí continuó su pelea hasta el final de la jornada.

– Juan Bautista Thorne. Jefe de la batería Manuelita, este estadounidense de nacimiento resultó herido cuando una granada explotó sobre su cabeza. A partir de ese momento se lo conoció con el apodo del “Sordo de Obligado”. Al año siguiente, fue herido otra vez en el combate de Quebracho (Santa Fe).

– Álvaro de Alzogaray. Este bisabuelo de María Julia -la genética sigue siendo una ciencia misteriosa- fue el jefe de la Batería Restaurador Rozas, y disparó el último tiro de la jornada. Un año después del combate de Vuelta de Obligado, abordó -en lucha cuerpo a cuerpo- a la goleta Federal, que había sido capturada por las fuerzas anglofrancesas y que navegaba por el Paraná bajo bandera inglesa.

+cifras

 

Francia + Inglaterra Confederación Argentina
Naves de Guerra 14 vapores / 6 veleros 1 velero / 3 lanchones
Cañones 418 35
Cohetes Congreve No
Balas con espoletas No
Total de Soldados 880 infantes + 2.000 marineros 1.000 + 300 vecinos
Heridos 95 400
Muertos 28 250